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Full text of "Historia de la Unión Cívica"

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JOAQUIN    SECCO  ILLA 

HISTORIA 

DE  LA 

UNION  CIVICA 


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MONTEVIDEO -URUGUAY 


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HISTORIA 
DE  LA 
UNION  CIVICA 


JOAQUIN      SECCO  ILLA 


HISTORIA 
DE  LA 
UNION  CIVICA 


IMPRESORA 
ZORRILLA  DE  SAN  MARTIN 
MONTEVIDEO 
1946 


QUINTA  CLASE 


EL  CONGRESO  DE  1911  Y  LA  TRASCENDENCIA  DE 
SUS  RESOLUCIONES  •  LEGITIMIDAD  DE  LA  ACCION 
CIVICA  EN  LA  PRIMERA  ETAPA  •  TRABAJOS  DE 
ELABORACION.  DEBATES  Y  PREPARACION  DEL  CON- 
GRESO •  PROYECTO  DE  RESOLUCION  DE  LA  UNION 
CATOLICA  •  APROBACION  DEL  PRELADO  •  CONSTI- 
TUCION DEL  4<?  CONGRESO  •  LA  MEMORIA  DEL  DI- 
RECTORIO DE  LA  U.  CATOLICA  Y  UN  EXTRACTO  DE 
SU  INDICE  •  LAS  VEREDAS  DE  LA  CATEDRAL  •  LA 
COMISION  INFORMANTE  Y  EL  ESPIRITU  DEL  CON- 
GRESO •  CREACION  DE  LAS  TRES  UNIONES:  SOCIAL, 
ECONOMICA  Y  CIVICA  •  EL  PROYECTO  DE  UN  CO- 
MITE CENTRAL  •  LOS  ESTATUTOS  DE  LA  UNION 
CIVICA  •  LA  ELECCION  DE  LOS  TRES  CONSEJOS  A 
TRAVES  DE  LA  CRONICA  Y  LOS  DISCURSOS  DE  LOS 
PRESIDENTES  •  MEMORABLE  DISCURSO  DE  CLAU- 
SURA DEL  OBISPO  DIOCESANO  Mons.  ISASA. 


SEXTA  CLASE 

CONSTITUCION  DEL  CONSEJO  DIRECTIVO  DE  LA 
U.  CIVICA  •  LAS  TRES  TAREAS  PRINCIPALES  •  RE- 
ORGANIZACION Y  CREACION  DE  LOS  CENTROS  CI- 
VICOS •  INCIDENCIA  QUE  ACLARO  LA  INDEPENDEN- 
CIA DE  LA  U.  CIVICA  •  LA  CARTA  ORGANICA  •  EL 
PROGRAMA  DE  PRINCIPIOS  •  PROYECTOS  DEL  Dr. 
SECCO  ILLA  •  PRIMERA  CONVENCION  DE  LA  UNION 
CIVICA  DE  AGOSTO  DE  1912  •  SU  CONSTITUCION  Y 
AUTORIDADES  •  ESTUDIO  Y  APROBACION  DE  LA 
CARTA  ORGANICA  Y  EL  PROGRAMA  DE  PRINCI- 
PIOS •  RESUMEN  del  PROGRAMA  APROBADO  •  TRES 
DECLARACIONES  FUNDAMENTALES  •  LA  ESTRUC- 
TURA GUBERNATIVA  •  EL  ORDEN  POLITICO  E  INS- 
TITUCIONAL •  EL  ORDEN  ECONOMICO  •  EL  ORDEN 
FINANCIERO  •  EL  ORDEN  INTERNACIONAL  •  EL  MA- 
NIFIESTO-PROGRAMA Y  EL  SERVICIO  MILITAR  •  LOS 
PROBLEMAS  SOCIALES  •  EL  ORDEN  JERARQUICO 
DE  LOS  PROBLEMAS  Y  EL  CLIMA  ACTUAL  DE 
LIBERTADES. 


Palabras  pronunciadas  por 
el  doctor  Alfredo  Canzani, 
con  motivo  de  la  iniciación 
del  cursillo  dictado  por  el 
doctor  Joaquín   Secco  Illa. 


✓ 


/S^UANDO  ME  DIRIGI  al  doctor  Secco  Illa  solicitándole  nos 
— *  diera  unas  lecciones  sobre  la  historia  del  Partido,  estaba 
seguro  de  su  contestación  afirmativa.  No  es  el  doctor  Secco 
Illa  de  los  hombres  que  predican  para  los  otros  y  se  queda  en 
su  casa;  y  tratándose  de  lecciones,  este  curso  sería  uno  más  que 
se  agrega  a  los  que  diariamente  nos  ha  dado,  desde  la  for- 
mación de  nuestra  querida  y  grande  Unión  Cívica. 

Y  si  el  fundador  del  Partido,  con  su  generosidad  habitual, 
sin  medir  molestias,  con  la  sencillez  del  que,  habituado  a  darlo 
todo,  no  mide  la  importancia  de  sus  obras,  yo  quiero,  en  nom- 
bre de  los  presentes,  decirle  a  nuestro  maestro  que  apreciamos 
en  todo  su  valor  su  desinteresado  sacrificio.  Es  claro  que  para 
el  doctor  Secco  Illa  esto  tiene  un  significado  de  extraordinaria 
resonancia. 

Va  a  conversar  con  el  fruto  de  su  propia  obra,  con  la  obra 
que  soñó  Zorrilla,  pero  que  él  también  soñó,  cuando  realmente 
parecía  obra  no  realizable  fundar  un  Partido  que,  en  política, 
defendiera  los  ideales  religiosos  y  pospusiera  sus  mezquinos 
intereses  al  engrandecimiento  moral  y  material  de  nuestro  país. 

Tiene,  he  dicho,  extraordinaria  resonancia,  porque  va  a 
sentarse  a  la  sombra  del  árbol  que  sembró,  y  volviendo  la  vista 
al  pasado,  a  través  de  tres  décadas,  narrarnos,  con  cariño  de 
actor  — ¡y  qué  actor,  señores! —  las  peripecias,  los  sinsabores, 
los  sacrificios  y  — porqué  no  decirlo —  las  alegrías  de  este  largo 


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camino  recorrido,  sin  desviaciones,  sin  renuncios,  sin  temores, 
a  veces  con  temores,  pero  con  la  vista  siempre  fija  en  el  hori- 
zonte de  un  día  que  ha  llegado,  gracias  a  Dios,  para,  bien  de 
todos.  Pero  encontrándonos  en  esta  cumbre,  nuestro  horizonte 
se  amplía,  las  perspectivas  se  agrandan,  nuestros  deseos  se 
acrecientan,  y  queremos,  con  calor  de  hogar,  oír  al  viejo  lu- 
chador, que  nos  narre  su  historia,  confundida  con  la  historia 
de  nuestra  agrupación,  porque  ya  el  niño  se  ha  hecho  hombre 
y  fuerte,  y  queremos  más  y  más  luchas  y  esfuerzos,  y  más  y 
más  triunfos,  que  ansiamos  merecer  como  fruto  de  nuestros 
desvelos  y  trabajos. 

Doctor  Secco  Illa:  estoy  seguro  que  esto  compensa  vuestro 
nuevo  sacrificio  de  hoy,  pero  quiero  repetir,  en  alta  voz,  algo 
que  sabéis  bien:  nuestro  agradecimiento  por  la  tarea  que  os 
imponemos,  y  que  tan  gustoso  vais  a  realizar. 

He  terminado. 

(Prolongados  aplausos). 


PROLOGO 


EL  CONSEJO  DIRECTIVO,  recogiendo  una  iniciativa  del 
Presidente  doctor  Canzani,  ha  creído  útil,  en  esta  hora  de 
la  Unión  Cívica,  volver  un  poco  los  ojos  al  pasado,  y 
recordar  los  momentos  difíciles  que  algunos  hemos  vivido,  hoy 
que  todo  se  corona  de  rosas,  que  tan  escasas  fueron  durante  los 
primeros  tiempos. 

Cumpliendo  esé  pedido,  accedí  gustoso  a  dar  estas  clases; 
porque,  a  la  vez  que  son  enseñanza  para  la  juventud  que  no 
formó  parte  de  nuestras  filas  en  las  horas  primeras,  sirven  de 
aliento  a  los  de  entonces,  al  ver  la  prosperidad  y  el  prestigio 
a  que  ha  llegado  nuestra  obra,  tan  difícil  en  los  primeros 
esfuerzos. 

Como  pretendidas  clases,  estas  exposiciones  serán,  necesa- 
riamente, llanas  y  sencillas.  Yo  no  voy,  pues,  a  hacer  el  elogio 
de  lo  que  es  la  Unión  Cívica;  no  quiero  coronarla  de  alabanzas 
que,  por  otra  parte,  me  parecen  innecesarias.  Debo  relatar, 
simplemente,  los  hechos  tal  como  acontecieron  en  el  pasado, 
explicando  porqué  nació,  cómo  nació,  en  qué  condiciones  nació 
la  acción  cívica  de  los  Católicos  en  el  Uruguay.  Más  de  una 
vez  he  dicho  que  esta  obra  no  es,  ni  ha  podido  ser,  la  obra 
de  un  hombre:  fué  el  resultado  de  un  proceso  que  arranca  desde 
el  siglo  pasado,  en  su  génesis  primitiva,  y  que  se  extiende  en 
sus  realizaciones  a  los  tiempos  actuales. 

El  catolicismo  de  los  uruguayos  fué  siempre  puesto  a 
prueba  por  rudas  y  dolorosas  persecuciones,  en  distintas  épocas 
de  nuestra  historia.  No  necesitamos  remontarnos  allá  al  se- 
senta y  tantos,  para  recordar  el  conflicto  entre  el  poder  civil 
y  el  poder  eclesiástico  en  los  tiempos  de  Monseñor  Vera.  Esas 


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divergencias,  dolorosas  para  nuestra  causa,  se  repitieron  cons- 
tantemente y  en  períodos  más  o  menos  frecuentes,  con  las  pri- 
meras leyes  de  registro  civil,  que  agitaron,  en  tiempos  sañudos, 
la  opinión  de  nuestra  colectividad  creyente. 

En  esos  tiempos,  no  se  había  organizado  todavía  el  laicato 
católico,  pero  surgía  ya  — bajo  la  inspiración  de  sus  grandes 
apóstoles,  entre  los  que  se  destaca  la  figura  culminante  del  pri- 
mero Vicario  y  después  primer  Arzobispo  Monseñor  Soler —  la 
conciencia  de  los  mismos  para  la  defensa  pública  de  sus  ideales. 
Recién  en  el  año  1889  se  inician  las  grandes  asambleas  de  los 
católicos  en  el  Uruguay,  bajo  la  forma  de  los  Congresos  Cató- 
licos, fórmula  usual  entonces  en  el  mundo,  y  en  los  que  nuestro 
país  no  hace  otra  cosa  que  recoger  la  lección  de  los  grandes 
Congresos  europeos  de  Alemania,  Bélgica,  Francia  e  Italia.  En 
ese  molde  se  vertió  la  primera  iniciativa  colectiva  de  los  cató- 
licos en  el  Uruguay. 

Es  curioso  cuando  se  examinan  esos  Congresos  y  cuando 
se  releen  las  manifestaciones  de  sus  oradores,  cómo  puede  per- 
cibirse el  proceso  creciente  de  una  conciencia  colectiva  de  la 
masa  católica  en  el  país.  Muchos  años  separaron  el  primer  Con- 
greso de  1889  del  segundo  Congreso  de  1893,  y  éste  del  tercero 
de  1900.  Pero  al  leer  las  actas  de  los  mismos,  conservadas  en 
estos  folletitos,  que  es  difícil  encontrar,  porque  creo  que  están 
completamente  agotados,  se  percibe  claramente  que  hay  una 
sucesión,  sin  solución  de  continuidad;  que  hay  una  continuidad 
perfecta,  en  el  pensamiento  del  laicato  católico  uruguayo  de 
sostener  públicamente  la  fe  tradicional  del  país,  y  de  defen- 
derla con  manifestaciones  exteriores  y  públicas,  como  se  pro- 
puso desde  la  primera  hora  esa  Unión  Católica  que  fundó  el 
Congreso  del  89. 

Pero  esa  Unión  tenía  una  vacío:  el  vacío  de  la  organi- 
zación política;  aunque  el  pensamiento  flotaba  en  el  ambiente, 
como  se  notó  en  las  primeras  líneas  de  Francisco  Bauzá,  al 
fundar  el  89  la  Unión  Católica,  y  en  forma  más  concreta  y 


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expresiva,  en  las  de  Zorrilla  de  San  Martín,  en  el  Congreso 
de  1900. 

Desgraciadamente  tal  unión,  entonces,  no  era  posible.  Los 
católicos  que  actuaban  en  la  vida  pública,  estaban  aprehen- 
didos en  las  filas  de  los  partidos  tradicionales.  Tanto  es  así, 
que  en  las  épocas  duras,  de  persecuciones,  el  inconveniente  que 
se  notaba  para  la  eficacia  de  la  defensa  de  la  acción  pública 
católica,  era,  precisamente,  esa  divergencia  de  los  ideales  par- 
tidarios, i 

Yo  no  actuaba,  naturalmente,  en  1889,  ni  recuerdo  — sino 
vagamente —  las  cosas  de  1893.  Pero  desde  este  último  hasta 
el  Congreso  de  1900,  del  que  fui  uno  de  sus  Secretarios,  me 
tocó  actuar,  desde  luego,  en  la  Comisión  del  Club  Católico  pri- 
mero y  en  el  Directorio  de  la  Unión  Católica  después,  provo- 
cándome siempre  disgusto,  las  divergencias  políticas  de  nues- 
tros hombres.  Había  fines  de  reunión,  poco  menos  que  tumul- 
tuosos, cuando  aparecía  el  calor  del  cintillo  al  que  cada  uno 
profesaba  sus  apasionados  amores. 

Sin  embargo,  repito,  durante  ese  largo  proceso,  la  nece- 
sidad de  la  acción  colectiva,  aún  en  el  terreno  cívico  y  elec- 
toral, flotaba  constantemente  en  el  ambiente.  Hay  palabras 
más  o  menos  expresas,  o  más  o  menos  veladas;  pero  quien  lea 
atentamente  aquellos  discursos  y  adivine  su  espíritu,  eviden- 
temente tiene  que  reconocer  que  la  unión  de  los  católicos  en 
el  terreno  cívico,  era  algo  que  tenía  que  suceder;  que  la  se- 
milla pedía  el  tiempo  necesario  para  madurar,  y  que  un  buen 
día,  tenía  que  producirse  la  unión  electoral  de  los  católicos  en 
el  terreno  político,  como  cosa  fatal. 

Todos  vosotros  habéis  leído  el  discurso  de  Zorrilla  de  San 
Martín  en  el  Congreso  de  1900.  Es  tan  palpable  el  sentimiento 
colectivo  que  traduce,  sobre  todo,  ese  discurso,  que  nos  parece 
mentira  que  hayan  podido  pronunciarse  semejantes  palabras, 
sin  acusar  una  realidad.  Era,  pues,  una  fe  de  los  católicos  del 
Uruguay,  la  necesidad  de  defenderla  no  solamente  en  el  seno 


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de  la  sociedad  uruguaya,  sino  defenderla  también  en  el  terreno 
electoral  y  político. 

"No  era  la  hora"  dijo  Zorrilla;  así  lo  dijo  Lenguas,  también, 
en  el  Congreso  de  1900.  "No  era  entonces  la  hora".  Pero  el 
reloj  es  una  máquina  en  eterno  movimiento,  y  las  horas  se 
suceden  y  pasan  y  se  acercan;  tardan,  pero  llegan;  el  balanceo 
del  péndulo  ya  sonaba  en  aquellos  videntes  corazones;  la  hora 
de  realización  de  sus  evocaciones  y  de  sus  palabras,  tenía 
que  llegar. 

Esta  es,  pues,  la  primera  lección  del  cursillo  que  iniciamos, 
que  yo  llamaría  el  prólogo. 

No  creamos,  ni  pensemos  que  la  acción  cívica  de  los  ca- 
tólicos nació  armada  y  completa  desde  el  primer  instante. 
Fué  la  obra  de  un  largo,  penoso  y  meritorio  proceso,  que  no 
podemos  olvidar.  Debemos  guardar  en  el  fondo  de  nuestra 
memoria,  con  gratitud  y  con  veneración,  el  recuerdo  de  sus 
precursores.  Debemos  alegrarnos  de  que  hoy  podamos  contem- 
plarla en  tal  grado  de  prestigio  y  de  progreso,  de  suerte  que 
nos  inspire  mayor  veneración  hacia  el  ideal  que  ha  podido  en- 
cender en  el  terreno  de  nuestras  convicciones  cívicas,  tan  altos 
y  tan  nobles  esfuerzos. 

Mis  lecciones,  pues,  se  dividirán  en  varios  catítulos.  Este 
primero,  es  la  época  de  los  Congresos,  fórmula  adecuada  a  los 
efectos  de  reunir  a  los  católicos  en  asambleas  públicas,  hacerles 
cambiar  ideas,  planear  sus  organizaciones,  echar  sus  miradas 
sobre  el  porvenir. 

Entraremos  en  la  próxima  lección,  y  en  los  próximos  ca- 
pítulos, veremos  cómo  la  semilla  lanzada  en  los  Congresos  cató- 
licos prendió  en  tierra  generosa;  cómo  surgieron  diversas  ini- 
ciativas, a  raíz  del  tercer  Congreso  de  1900,  para  la  realización 
de  ese  pensamiento,  y  cómo  con  dura  labor,  con  esfuerzo  ins- 
pirado por  nobles  ideales  y  con  una  perseverancia  admirable 
a  pesar  de  las  dolorosas  y  continuas  dificultades,  ha  podido 
crecer,  congregando  grandes  almas,  para  el  servicio  de  Dios 
y  de  la  patria. 


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Mi  objeto,  señores,  no  es  de  ninguna  manera  — vuelvo  a 
repetir —  hacer,  en  este  momento,  la  apología  de  esta  obra.  Yo 
he  dicho  muchas  veces,  recordando  unas  palabras  de  Montalvo, 
a  quien  le  proponían  un  día  que  escribiera  la  historia  del 
Ecuardor  y  contestó:  "yo  no  voy  a  escribir  la  historia,  pienso 
hacerla,  otros  la  escribirán  después".  Todavía  estamos,  señores, 
en  nuestros  esfuerzos  cívicos  católicos,  haciendo  la  historia.  La 
historia,  si  vale  la  pena,  se  escribirá  en  el  momento  oportuno. 

He  terminado. 
(Polongados  aplausos). 


PRIMERA  CLASE 


N  ESTA  PRIMERA  CLASE,  propiamente  —ya  que  la  ante- 
^— -*  terior  no  fué  más  que  un  prólogo —  vamos  a  entrar  di- 
rectamento  al  tema  que  se  nos  ha  señalado:  el  origen  de  la 
Unión  Cívica. 

Mucha  gente  joven  — y  veo  que,  felizmente,  predomina  en 
los  presentes —  cree  que  la  Unión  Cívica  nació  como  tal  en  el 
Congreso  de  1911.  Sería  un  error  considerar  así  el  origen  de 
nuestra  agrupación  política.  Para  comprender  el  origen  de  la 
Unión  Cívica,  es  necesario  saber  qué  era  la  Unión  Católica, 
en  cuyo  seno,  real  y  verdaderamente,  nació  la  organización 
política  del  elemento  católico. 

En  síntesis,  podríamos  concretar  las  fechas  siguientes:  la 
Unión  Cívica  propiamente,  se  organizó  en  la  primera  Conven- 
ción que  celebró,  como  tal,  en  agosto  de  1912.  Fué  en  ella  — en 
esa  Convención —  que  se  aprobaron  su  carta  orgánica  y  su 
programa  de  principios.  La  Convención  de  1912,  tuvo  como 
antecedente  el  Congreso  Católico  — IV  Congreso  Católico —  de 
1911.  En  ese  Congreso  propiamente  se  fundó  la  Unión  Cívica, 
desmembrando  la  vieja  Unión  Católica  y  subdividiéndola  en 
tres  uniones:  La  Unión  Social,  la  Unión  Económica  y  la  Unión 
Cívica,  y  dándole  a  cada  una  de  esas  tres  uniones,  la  síntesis 
de  sus  estatutos,  entre  ellos  los  de  la  Unión  Cívica. 

Pero  el  Congreso  de  1911,  y  por  consiguiente  la  Conven- 
ción partidaria  de  1912,  no  hicieron  otra  cosa  que  recoger  y 
consagrar  el  movimiento  ya  existente,  la  organización  ya  exis- 
tente, creada  por  la  Unión  Católica  después  del  tercer  Congreso 
de  1900.  En  una  publicación  que  todos  pueden  obtener,  se  llama 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


a  ese  primer  período  de  1907  a  1911,  "la  primera  etapa".  Es, 
en  realidad,  la  etapa  constructiva  de  nuestra  agrupación  polí- 
tica, que  salión  del  terreno  vago,  ideal,  de  los  sueños,  de  las  as- 
piraciones, de  que  antes  hemos  hablado,  para  convertirse  en 
una  perfecta  realidad. 

La  Unión  Cívica,  pues,  tuvo  su  origen  en  la  Unión  Ca- 
tólica. 

¿Qué  era  la  Unión  Católica? 

Como  esta  es  una  cosa  vieja,  las  personas  que  no  cuentan 
en  su  vida  cívica  sino  pequeño  número  de  años,  probablemente, 
no  conocen  por  experiencia  e  ignoran  lo  que  era  la  Unión  Ca- 
tólica, y  me  parece  conveniente  aclararlo  y  recordarlo.  Ya  en 
parte  lo  dije  en  el  prólogo.  Vean  ustedes  cuál  es  el  des- 
arrollo, ligeramente  expuesto,  de  estas  obras  creadas  por  el 
elemento  laico  católico  en  el  país.  ' 

En  el  año  1878  se  creó  el  Club  Católico,  que  fué  la  primera 
organización  activa  de  apostolado  y  de  defensa.  En  el  Club 
Católico,  efectivamente,  se  congregaron  los  elementos  de  acción 
católica  existentes,  para  defenderse  de  los  ataques  ideológicos 
y  de  escuela  dirigidos  contra  la  fe  católica  en  el  país. 

Le  tocó  al  Club  Católico,  en  esa  primera  etapa,  luchar  por 
la  defensa  de  los  intereses  religiosos,  contra  las  leyes  primeras 
que  los  persiguieron:  las  leyes  de  registro  Civil  de  1879;  las  leyes 
de  matrimonio  civil  de  1885;  la  ley  de  conventos  de  la  misma 
fecha,  todavía  vigente;  las  de  enseñanza  laica  y  otras  diversas 
luchas  presentadas  a  la  causa  católica.  Pero  el  Club  Católico 
era  una  entidad  local,  reducida,  que  congregaba,  como  su  nom- 
bre lo  indicaba,  el  elemento  católico  de  Montevideo. 

En  1889,  por  iniciativa  de  Monseñor  Soler,  Vicario  enton- 
ces de  la  Diócesis,  pareció  que  era  necesario  crear  una  insti- 
tución que  reuniera  a  todos  los  católicos  del  país.  Con  ese  mo- 
tivo, se  organizó  y  convocó  el  Primer  Congreso  católico  de  1889. 
El  elemento  católico,  en  ese  momento,  estaba  sacudido  por  los 
ataques  llevados  contra  la  fe  y  contra  la  Iglesia. 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


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El  Primer  Congreso  católico  del  89,  aunque  el  más  modesto 
de  ellos,  fué,  sin  embargo,  de  una  gran  resonancia  en  el  país, 
de  gran  jerarquía  y  gran  sentido.  Ese  Congreso,  fué  presidido 
por  el  Obispo  entonces  Monseñor  Yéregui,  y  en  él  figuraban  las 
primeras  personalidad  católicas  del  país.  En  ese  Congreso 
nació  la  Unión  Católica  de  que  estamos  hablando.  Era  una 
institución  mucho  más  amplia  que  el  Club  Católico  de  Mon- 
tevideo. La  Unión  Católica  se  proponía  unir  a  todos  los  cató- 
licos del  país,  no  sólo  de  Montevideo,  sino  de  toda  la  Repú- 
blica, como  en  sus  propios  estatutos  se  dice,  en  términos 
suficientemente  precisos.  * 

Voy  a  leer  el  informe  de  la  Comisión  correspondiente  de 
ese  Congreso,  que  precisa  mejor  que  lo  que  yo  pudiera  impro- 
visar, los  fines  que  se  perseguían  al  crear  la  Unión  Católica. 
Dice  así:  "  Considerando  que  la  organización  del  laicato  cató- 
lico en  la  República  es  una  necesidad  imperiosa  de  los  tiem- 
pos; que  la  eficacia  de  esa  organización  sólo  puede  hacerse 
efectiva,  aunándose  los  católicos  en  defensa  y  propagación  de 
los  principios,  obras,  instituciones  e  intereses  de  la  comunidad, 
así  como  en  la  práctica  y  pública  manifestació  de  las  creencias; 
que  la  elección  libérrima  recaída  en  todos  y  cada  uno  de  los 
delegados  al  Congreso  Católico  Uruguayo,  la  naturaleza  del 
mandato  de  que  vienen  investidos  y  la  presencia  del  Jefe  de  la 
Iglesia  nacional,  presidiendo  sus  deliberaciones,  hacen  de  dicho 
Congreso  la  Asamblea  Constituyente  del  laicato  católico;  que 
la  voluntad  manifiesta  y  unánime  del  Congreso,  en  la  sesión 
inaugural  del  28  del  corriente  Abril,  ha  sido  fundar  la  Unión 
Católica,  con  el  objeto  de  organizar  a  los  católicos  en  la  prác- 
tica y  ejercicios  de  la  vida  pública;  la  Asamblea  resuelve: 
l9  La  Unión  Católica  del  Uruguay,  queda  establecida  en  la 
República  con  carácter  de  asociación  permanente  y  en  represen- 
tación de  las  aspiraciones  y  tendencias  del  laicato  católico. 
2°  La  Unión  Católica  se  regirá  por  los  Estatutos  y  Reglamen- 
tos que  la  Asamblea  apruebe  Oportunamente,  y  será  gober- 
nada en  la  forma  y  por  el  personal  que  ellos  designen  ". 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


Como  ustedes  ven,  los  propósitos  no  eran  fundar  una  sim- 
ple institución  particular,  con  panorama  de  acción  más  o 
menos  limitado,  sino  de  unir  los  esfuerzos  de  todos  los  católicos 
de  la  República,  y  para  ese  fin  que  ya  se  apreciaba  como  pre- 
ciso y  claro:  para  hacerlos  actuar  en  la  acción  pública.  No  diré 
en  la  vida  política;  entonces,  no  se  hablaba  de  eso.  Pero  tam- 
poco era  la  vida  enteramente  privada,  o  más  o  menos  limitada, 
en  el  círculo  de  las  instituciones  privadas. 

Las  palabras  de  Francisco  Bauzá  en  ese  Congreso,  al  fundar 
la  Unión  Católica,  de  una  elocuencia  admirable,  cuya  lectura, 
imposible  de  hacer  ahora,  recomendaría  a  todos  ustedes,  fueron, 
sin  embargo,  bastante  expresivas  en  el  sentido  de  que  aquella 
institución  era  la  semilla  y  la  base,  susceptible  de  ulteriores 
ampliaciones,  de  una  acción  más  amplia,  sin  límites  y  en  todos 
los)  terrenos,  para  los  católicos  del  país. 

Fueron  nombrados  miembros  del  primer  Directorio  de  esa 
Unión  Católica  que  se  fundaba  entonces,  don  Joaquín  Requena, 
don  Mariano  Soler,  don  Francisco  Bauzá,  don  Juan  Zorrilla  de 
San  Matín  y  don  Carlos  A.  Berro. 

La  Unión  Católica,  fundada  en  ese  primer  Congreso,  como 
lo  decía  el  doctor  Berro,  tiempos  después,  en  el  Segundo  Con- 
greso de  1893,  no  hizo  obra,  ni  definitiva,  ni  entonces  muy  fe- 
cunda; pero  sentó  la  semilla.  Habían  transcurrido  pocos  años 
desde  1889  a  1893. 

Esa  época  del  93  era  totalmente  distinta  a  la  que  se  había 
presentado  con  ocasión  del  primer  Congreso  del  89:  era  una 
época  de  paz,  de  bonanza,  de  prosperidad,  para  la  Iglesia  del 
Uruguay.  Se  había  creado  el  Arzobispado;  las  relaciones  de  la 
Iglesia  con  el  Estado,  no  podían  ser  mejores.  El  Segundo  Con- 
greso de  1893,  celebrado  o  reunido  a  iniciativa  del  Club  Cató- 
lico de  Montevideo,  tenía  el  doble  objeto  de  reorganización  de 
la  Unión  Católica  y  de  rendir  homenaje  a  Su  Santidad  León 
XIII,  en  sus  bodas  de  plata  Episcopales.  De  manera  que  eñ  los 
discursos  pronunciados  y  en  la  relación  de  los  actos  y  en  las 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


31 


nuevas  directivas  ajustadas,  no  aparece,  todavía,  ningún  nuevo 
espíritu  de  lucha,  fuera  del  apostolado  laico. 

En  ese  segundo  Congreso,  se  renovó  la  composición  del 
Directorio  de  la  Unión  Católica,  y  quedaron  nombrados:  Joaquín 
Requena,  Carlos  Berro,  Miguel  V.  Martínez,  Francisco  Durán, 
Eugenio  O'Neill,  Héctor  Pareja,  Rodolfo  Amargos,  Jacinto  Du- 
rán, José  María  Carafí  y  el  Delegado  Diocesano. 

De  1893  en  adelante,  las  cosas  comenzaron  a  cambiar;  co- 
menzaron a  cambiar  en  el  ambiente  interno  entre  los  cató- 
licos y  frente  a  los  Poderes  del  Estado.  Es  preciso  recordar  que 
estos  acontecimiento  que  estamos  relatando,  marchan  al  mismo 
diapasón  que  los  acontecimientos  políticos  del  país;  terminó  el 
Gobierno  favorable  del  Presidente  Borda,  y  subió  en  sustitución 
de  él  el  Presidente  Cuestas. 

Las  cosas  cambiaron  totalmente;  la  época  de  Cuestas  re- 
produjo, en  gran  parte,  las  jornadas  oscuras  para  la  causa  ca- 
tólica del  país  y,  lo  que  es  más  doloroso,  es  que  estos  acon- 
tecimientos, actuando  en  el  campo  de  la  grey  católica,  los  ha- 
llaron profundamente  divididos  por  obra  de  los  partidos  tra- 
dicionales, que  no  permitieron  la  unión  total  en  el  aposto- 
lado laico  y,  por  consiguiente,  la  obtención  de  los  propósitos 
que  perseguía  la  Unión  Católica  desde  su  fundación. 

En  esas  circuntancias,  nos  encontramos  a  la  terminación 
del  siglo  XIX  y  los  albores  del  1900. 

Por  un  movimiento  nacido  en  Roma,  se  provocó  una  serie 
de  actos  para  festejar  la  llegada  del  nuevo  siglo.  En  el  país,  se 
creó  un  Comité  especial  por  Monseñor  Soler,  entonces  Arzo- 
bispo de  Uruguay  y  uno  de  los  números  programados  consis-  ^ 
tió,  precisamente,  en  la  reunión  del  Tercer  Congreso  Católico. 

Sería  muy  interesante  — no  tenemos  tiempo  para  ello — 
seguir  el  proceso  de  ese  Congreso,  para  darse  cuenta  de  cómo 
había  cambiado  el  estado  de  los  espíritus,  dentro  de  la  Unión 
Católica,  que  entonces  fué  reorganizada;  cómo  aparece  un 
nuevo  impulso  en  la  acción  de  los  católicos,  que  trasciende  en 


32 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


casi  todas  las  manifestaciones  y  está  gráficamente  impreso  en 
los  discursos;  cómo  se  acelera  la  época  de  un  nuevo  género  de 
acción  entre  nuestros  hombres. 

Consta,  por  ejemplo,  en  las  actas  de  ese  Tercer  Congreso 
Católico  de  1900,  que  el  doctor  Manuel  Tiscornia,  que  hablaba 
en  nombre  de  los  delegados  del  interior,  saludando  a  sus  co- 
rreligionarios de  Montevideo,  podía  decir,  en  aquella  gran 
Asamblea,  lo  siguiente:  "  Los  católicos  debemos  también  ser 
una  fuerza  en  el  organismo  político  como  lo  somos  en  el  organis- 
mo social.  Nuestra  religión  es  de  paz,  es  de  fraternidad,  es  de  li- 
bertad. SiOriunfo  importa  la  abolición  de  las  guerras  fratri- 
cidas y  el  establecimiento  del  arbitraje  en  las  cuestiones  inter- 
nacionales, porque  suplanta  el  imperio  de  lo  legítimo  al  fu- 
nesto imperio  de  la  fuerza;  importa  el  predomino  de  la  igualdad 
entre  los  hombres,  el  socorro  a  la  desgracia,  multiplicando  las 
manifestaciones  de  la  caridad  que  es  virtud  nacida  y  engran- 
decida por  el  cristianismo;  importa  el  reinado  de  la  justicia  y 
del  derecho . . .  ". 

Ya  el  doctor  Manuel  Tiscornia,  en  nombre  de  los  delegados 
del  interior,  en  pleno  Congreso,  en  donde  estaban  represen- 
tados todas  las  instituciones  católicas,  las  piadosas  y  las  mera- 
mente sociales  y  el  clero  y  las  congregaciones,  podía  hablar  de 
que  era  necesaria  la  creación  del  organismo  político  para  la 
acción  de  los  católicos. 

Habló  también  en  ese  Tercer  Congreso,  el  doctor  Luis 
P.  Lenguas,  en  nombre  de  los  Círculos  Católicos  de  Obreros, 
que  ya  existían  en  el  país,  como  existía  también  el  vínculo  de 
unión  entre  ellos  que  era  el  Consejo  Superior  de  los  Círculos 
Católicos  de  Obreros,  constituido  por  delegaciones  de  estos 
mismos.  El  doctor  Lenguas  se  expresaba  en  estos  fuertes  y 
categóricos  términos:  "  Sí,  señores,  hay  que  propagarlos  y  di- 
fundirlos — refiriéndose  a  los  Círculos  Católicos  de  Obreros — 
porque  ellos  serán  la  semilla  del  gran  Partido  Católico,  que 
estamos  en  la  obligación  de  fundar  y  organizar,  del  único  par- 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


33 


tido  que  lógicamente  está  llamado  a  actuar,,  pues  es  a  su  vez 
el  único  que  puede  hacer  la  felicidad  de  los  pueblos,  puesto 
que  con  sus  miradas  fijas  en  el  Cielo,  proporciona  a  los  hom- 
bres la  relativa  felicidad  a  que  pueden  aspirar  en  la  tierra. 
Sólo  en  el  pueblo  encontramos  el  gérmen  de  ese  gran  partido, 
que  ha  de  formarse,  Dios  mediante,  con  un  poco  de  buena  vo- 
luntad de  nuestra  parte,  y  ha  de  ocupar  el  puesto  que  le  corres- 
ponde en  el  concierto  de  nuestra  vida  ciudadana  ". 

Cuando  desapasionadamente  se  leen  ahora  esos  anteceden- 
tes, no  es  extraño  que  aparezca  hoy,  en  el  país,  plenamente 
constituida,  con  tan  alta  jerarquía,  la  organización  cívica  de  los 
católicos  del  Uruguay. 

Habló  también  Zorrilla  de  San  Martín,  sobre  lo  que  debía 
ser  la  Unión  Católica.  Ya  no  era  un  mero  discurso;  ya  no  era 
una  exposición  sobre  el  tema  candente:  era  la  definición  con- 
creta y  clara  de  lo  que  debía  ser  la  Unión  Católica  en  el  país. 

Su  discurso  tan  inolvidable,  para  ser  apreciado  merecía 
ser  leído  desde  el  principio  hasta  el  fin.  Todos  vosotros  lo  co- 
nocéis, porque  muchas  veces  se  ha  mencionado.  Él  tradujo,  en 
ese  hermoso  e  incomparable  discurso,  su  gran  sueño  de  gran 
católico,  de  gran  ciudadano  y  de  gran  poeta.  En  aquella  imagen 
de  la  ráfaga  matutina,  que  pasa  sobre  la  aldea  y  despierta  al 
gallo  dormido  y  le  dice:  Canta!,  y  toca  las  campanas  silenciosas 
y  les  dice:  Tocad!,  y  sacude  las  ramas  de  los  árboles  inmóviles 
y  les  dice:  Despertada  a  vuestros  nidos;  pero  pasa  sobre  el  ce- 
menterio y  dice  a  los  muertos:  Dormid!;  no  es  hora  todavía. 
Definía  él,  con  hermosas  palabras,  la  sitación  de  1900.  Apa- 
rece, anunciando  una  acción  más  fecunda  y  más  eficiente  para 
la  defensa  de  nuestros  ideales;  pero  en  su  sueño  de  poeta, 
todavía  no  había  sonado  la  hora. 

La  semilla,  aunque  parecía  lejana  — del  primer  Congreso 
del  89 —  vivía  bajo  la  capa  generosa  y  fecunda  de  la  tierra;  es- 
taba prosperando  y  germinando.  Y,  efectivamente,  pasó  el  año 
1900,  y  para  que  ustedes  perciban,  en  esta  exposición  retros- 
pectiva, lo  que  la  idea  había  caminado,  nos  encontramos  en 


34 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


seguida  con  el  Segundo  Congreso  de  los  Círculos  Católicos  de 
obreros,  celebrado  en  1902;  es  una  lástima  que  esté  tan  olvi- 
dado, porque  es  una  de  las  páginas  más  hermosas  de  la  causa 
católica  del  Uruguay.  Fué  en  ese  Congreso  que  empezaron 
a  revelarse  las  primeras  aspiraciones  de  la  acción  social  ca- 
tólica, en  nuestra  patria.  Vemos  en  él,  tratados  admirable- 
mente, temas  sobre  habitaciones  para  obreros,  huelgas,  asocia- 
ciones cooperativas  de  ahorro  y  crédito  y  otros  semejantes. 

En  ese  Congreso  de  los  Círculos  Católicos  de  Obreros  de 
1902,  no  pudo  dejar  de  hablarse  — estaba  cercano  el  Congreso 
de  1900 —  también  de  la  acción  política  de  los  católicos.  Habló 
entonces,  en  nombre  de  la  Unión  Democrático-Cristiana,  fun- 
dada poco  tiempo  antes,  el  Presbítero  don  Pedro  Oyazbehere. 
Sus  palabras  fueron  terminantes  y  claras.  La  acción  social  de 
los  católicos,  debía  encaminarse  directamente  a  hacer  preva- 
lecer en  la  legislación  del  país  sus  postulados  y  sus  aspiracio- 
nes, es  decir,  la  necesidad  de  la  acción  electoral.  Dijo  el  Pres- 
bítero don  Pedro  Oyazbehere:  "  Una  buena  mayoría  de  los  ciu- 
dadanos que  en  las  épocas  de  sufragio  ejerce  los  derechos  cons- 
titucionales, no  tiene  más  educación  que  la  recibida  de  labios 
de  un  factor  electoral;  sobre  la  idea  del  valimento  cívico  prima 
la  del  color  político.  No  es  para  muchos  católicos  el  criterio 
cristiano  que  ha  de  influir  en  el  voto.  Es  la  imposición  de  la 
bandera  partidaria.  En  este  terreno,  la  democracia  cristiana, 
tan  recomendada  por  la  voz  del  Pontífice,  no  ha  dado  ni  un 
solo  paso  entre  nosotros  ". 

Estamos  en  1902,  y  en  ese  Segundo  Congreso  organizado 
por  los  Círculos  Católicos  de  Obreros,  también  le  tocó  hablar 
— y  cómo  no  había  de  hacerlo —  a  Zorrilla  de  San  Martín.  Nue- 
vamente repite,  en  el  acto  final,  sus  nobles  e  inspirados  sueños, 
y  como  fuera,  tal  vez,  un  poco  atrevido  en  la  afirmación,  él 
mismo  se  excusa  ante  el  auditorio,  que  se  alarma,  en  los  si- 
guientes términos:  "Pero,  señores;  a  pesar  de  todo  eso,  yo  no 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


35 


he  venido  aquí  a  proponeros  la  formación  de  un  partido  político 
católico.  Eso  reclama  trabajos  previos,  y  esos  trabajos  no  están 
hechos.  Cuando  lo  estén,  entonces  pensaremos  en  el  asunto,  si 
los  acontecimientos  nos  conducen  a  ese  terreno;  no  se  forman 
ejércitos  sin  estado  mayor  y  sin  soldados;  y  no  se  tiene  sol- 
dados, sin  instrucción,  sin  disciplina  y  sin  espíritu  militar.  Mis 
palabras,  son  sólo  un  reflejo  de  mi  espíritu  que  pasa  sobre  los 
vuestros;  es  algo  así  como  aquella  ráfaga  de  la  mañana  — y 
repite  la  imagen —  de  que  habla  el  poeta,  que  pasa  muy  de 
madrugada  por  sobre  la  frente  del  labrador  dormido  y  le  dice: 
"  Levántate  y  trabaja  ";  sigue  corriendo  y  pasa  por  la  vecina 
alquería  y  toca  al  gallo  entumecido  en  las  plumas  y  le  dice: 
"  Despierta  y  canta  ";  atraviesa  en  seguida  por  el  bosque  to- 
cando, uno  a  uno,  todos  sus  árboles  embozados  en  las  medias 
tintas  de  la  mañana,  y  les  dice:  "  Despertad  a  vuestros  nidos, 
que  es  la  hora  ";  pero  pasa  por  el  cercano  cementerio  de  la 
aldea,  y,  al  ir  tocando  las  distintas  tumbas,  les  dice  con  un  ritmo 
melancólico  sutil:  "  Muertos  dormid:  no  es  hora  todavía ". 
"'No  es  tiempo  todavía,  señores  — repite  Zorrilla — .  El  espíritu 
político  católico  está  todavía  en  el  limbo,  está  casi  muerto 
en  apariencia;  pero  espera  un  advenimiento,  porque  tiene  un 
gran  gérmen  de  resurrección  ". 

Yo  he  querido  leeros  todos  estos  antecendentes,  porque  estoy 
seguro  que  llevan  a  vuestros  espíritus,  la  convicción  de  que  en 
esa  época  la  creación  de  un  organismo  cívico  destinado  a  de- 
fender nuestros  ideales  religiosos  y  sociales,  estaba  en  el  espí- 
ritu de  todos:  era  casi  un  necesidad. 

Efectivamente;  después  de  1902,  de  este  Congreso  de  los 
Círculos  Católicos  de  Obreros,  actuando  el  Directorio  de  la 
Unión  Católica,  nombrado  en  el  Tercer  Congreso,  no  creáis 
que  todas  esas  ideas  cayeron  en  el  vacío;  que  todos  esos  im- 
pulsos murieron;  que  todos  esos  nobles  estímulos,  se  agotaron. 
No;  estaban  germinado.  Esa  es  la  pura  verdad. 

En  efecto,  el  propio  doctor  Lenguas,  en  el  seno  del  Direc- 
torio de  la  Unión  Católica,  con  un  fundado  Memorándum  pre- 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


sentaba  un  proyecto  preliminar  — el  23  de  mayo  de  1905 —  para 
la  organización  del  partido  católico.  Ese  proyecto,  después  de 
haber  sido  informado  por  una  Comisión  Especial,  de  la  que 
formó  parte  el  autor  y  los  doctores  Zorrilla  de  San  Martín,  Ca- 
saravilla,  Rius,  Ponce  de  León  (Vicente),  fué  aprobado  en  se- 
sión de  30  de  mayo,  en  los  iguientes  términos:  "  Artículo  1?  El 
Directorio  estudiará  la  forma  que  considere  más  práctica  para 
obtener  del  Cuerpo  Legislativo  la  sanción  de  una  ley  propor- 
cional de  elecciones.  Artículo  2°  Se  nombrará  una  Comisión 
que  se  ponga  de  acuerdo  con  todos  los  Curas  Párrocos  de  la 
República  y  todas  las  corporaciones  de  relativa  importancia, 
para  informar  al  Directorio  sobre  los  elementos  con  que  pueda 
contarse  para  la  organización  del  elemento  católico.  Artículo  3o 
Una  vez  oírdo  el  informe  de  esa  Comisión,  el  Directorio  re- 
solverá si  conviene  o  no  la  organización  y  acción  política  de 
los  católicos  y  se  sancionará  el  proyecto  definitivo  para  la  rea- 
lización de  las  ideas  expresadas  en  el  Memorándum  pre- 
sentado ". 

Ese  proyecto  no  se  llevó  adelante.  Repito:  estamos  en  el 
terreno  de  las  ideas;  todavía  no  habíamos  entrado  en  el  terreno 
de  los  hechos.  Pero  son  ideas  que  avanzan  y  que  se  palpan  con 
la  mano. 

Poco  tiempo  después  del  proyecto  Lenguas,  en  el  propio 
seno  del  Directorio  de  la  Unión  Católica,  el  doctor  Rius  leyó 
un  nuevo  proyecto  de  reorganización  de  los  elementos  cató- 
licos — el  15  de  noviembre  de  1905 —  comprendiendo,  entre 
otras  cosas,  la  acción  política  de  estos  elementos.  Ese  proyecto 
pasó  a  informe  de  una  Comisión  Especial,  compuesta  por  Mon- 
señor Luquese,  Dr.  Ponce  de  León  y  Dr.  Novoa,  y  fué  aprobado, 
en  general,  en  sesiones  del  13  de  julio  y  10  de  agosto  de  1906. 
El  artículo  29  del  referido  proyecto  — que  por  su  extensión  no 
menciono —  decía  lo  siguiente:  "  La  Unión  Católica  resuelve 
organizar  los  elementos  católicos  de  la  capital  y  campaña  para 
que,  de  acuerdo  con  oportunas  indicaciones  de  la  Unión  Cató- 
lica, actúen  en  la  vida  política  ". 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CIVICA 


37 


Se  ve  bien  el  proceso  creciente  en  la  marcha  de  esta  idea. 
El  doctor  Lenguas,  con  su  proyecto,  provoca  el  movimiento; 
pasó  a  una  Comisión;  debía  ser  estudiado  y  oportunamente  re- 
suelto. El  doctor  Rius,  poco  tiempo  después,  repite  la  idea, 
plantea  el  asunto  en  el  Directorio  y  éste  resuelve  la  organiza- 
ción de  los  católicos. 

¿Qué  pasaba?  La  hora  se  acercaba. 

Estábamos  en  1906.  Al  año  siguiente  — en  1907 —  que  coin- 
cidió con  las  elecciones,  después  de  la  campaña  batllista  ini- 
ciada después  de  la  guerra  de  1904  contra  la  Iglesia  y  contra 
los  católicos,  hubo  un  estremecimiento  general  para  acudir 
organizados  a  las  urnas.  Infelizmente,  los  trabajos  preparato- 
rios no  se  habían  hecho.  Pero  al  terminar  esas  elecciones,  a  las 
que  concurrió  escaso  número  de  ciudadanos,  nos  dimos  cuenta 
— "  nos  dimos  cuenta  ",  digo,  porque  yo  ya  actuaba  entonces, 
en  ese  momento —  de  que  era  posible  presentar  un  núcleo  de 
importancia  para  hacer  valer  nuestros  derechos  en  el  terreno 
cívico. 

La  idea  se  concretó  en  este  caso,  en  el  Consejo  Superior 
de  los  Círculos  Católicos  de  Obreros.  Fué  autor  de  ella,  don 
Evaristo  Novoa,  miembro  de  ese  Consejo,  quien  presentó  el  1°  de 
noviembre  de  1907  un  proyecto  para  organizar  los  elementos  de 
los  Círculos  Católicos  de  Obreros,  el  que  pasó  a  una  Comisión, 
que  estudió  el  asunto  y  propuso  al  Consejo  Superior  de  los 
Círculos,  la  siguiente  resolución:  "Persuadidos  de  que  es  un  de- 
ber imperioso  de  la  hora  presente  aportar  la  poderosa  acción 
de  los  elementos  obreros  a  la  defensa  del  orden  social  cristiano, 
que  acaba  de  ser  hondamente  herido  por  leyes  desmoralizado- 
ras y  disolventes  y  se  halla  amenazado  de  nuevos  y  más  gra- 
ves ataques  todavía;  y  a  fin  de  pugnar,  como  ya  lo  ha  dicho  el 
Consejo,  pero  con  mayor  eficacia,  porque  se  incorporen  S  nues- 
tra legislación  los  principios  de  protección  al  obrero  y  de  jus- 
ticia en  las  relaciones  del  capital  y  el  trabajo,  tal  cual  han  sido 
establecidos  por  el  inmortal  Pontífice  de  los  Obreros  S.  S.  León 


38 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


XIII;  el  Consejo  Superior  de  los  Círculos  Católicos,  fiel  a  sus 
antecedentes,  inspirándose  en  la  misión  propia  de  los  Círculos, 
e  invocando  el  Sagrado  Corazón  de  Jesús  para  que  se  digne 
aceptar  este  medio  para  reinar  sobre  nuestro  pueblo,  resuelve: 
1°.  Prestigiar  la  organización  cívica  de  los  elementos  obreros; 
2°.  Para  la  organización  de  este  propósito,  el  Consejo  Superior 
constituye  un  Comité  de  organización  cívica  con  el  siguiente 
cometido:  a)  emprender,  por  los  medios  que  crea  conducentes, 
una  activa  propaganda  para  la  inscripción  en  el  Registro  Cívico 
de  los  elementos  de  los  Círculos,  así  nacionales  como  extran- 
jeros, proporcionando  a  estos  últimos,  todos  los  medios  y  fa- 
cilidades a  su  alcance  para  obtener  carta  de  ciudadanía;  b )  for- 
mar los  registros  de  inscriptos  y  adherentes  con  las  especifica- 
ciones necesarias;  c )  llevar  a  cabo  los  demás  trámites  prepa- 
ratorios para  concurrir  con  dichos  elementos  a  los  comicios  de 
1910,  y  reunir  los  fondos  y  recursos  necesarios  para  ese  objeto. 
Los  Directorios  de  los  Círculos  Católicos  de  Obreros,  no  toma- 
rán participación  activa,  en  carácter  de  tales,  en  los  trabajos 
de  ese  Comité.  3°  No  teniendo  más  objeto  la  presente  inicia- 
tiva que  concurrir  con  los  elementos  obreros  y  afines  a  los 
Círculos,  a  la  acción  cívica  de  todas  las  fuerzas  católicas  del 
país,  como  parte  integrante  de  éstas,  el  Consejo  Superior  pro- 
clama su  adesión  e  incorporación  a  la  organización  que  al 
efecto  establezca  la  Unión  Católica".  (Firmados)  Hipólito  Ga- 
llinal,  Elbio  Fernández,  Joaquín  Secco  Illa,  Federico  Nin  y 
Aguiar,  Evaristo  Novoa,  Miguel  Perea. 

En  sesión  de  fecha  6  de  diciembre,  el  Consejo  Superior 
aprobó  por  aclamación  el  proyecto  que  antecede,  y  resolvió  que 
pasara  con  nota  al  Directorio  de  la  Unión  Católica  que  aca- 
baba de  reorganizarse,  sometiendo  este  asunto  a  su  alta  consi- 
deración, como  así  se  hizo,  con  fecha  9  de  diciembre  de  1907. 

El  Directorio  de  la  Unión  Católica,  elegido  en  el  Tercer 
Congreso,  o  sea  en  1900,  se  había  disuelto  por  la  terminación 
de  su  mandato,  y  el  Directorio  y  el  Comité  Ejecutivo  estaban 
acéfalos.   Con  motivo  del  movimiento  iniciado  en  el  Consejo 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


39 


de  los  Círculos,  se  activó  su  constitución  y  se  eligió  nuevo 
Comité  Ejecutivo,  en  la  forma  siguiente:  Presidente:  doctor 
Joaquín  Secco  Illa;  Vice,  doctor  Hipólito  Gallinal;  Vocales, 
doctores  Juan  Zorrila  de  San  Martín,  Jacinto  Casaravilla, 
Luis  P.  Lenguas  y  Miguel  Perea;  Secretario,  doctor  Elbio  Fer- 
nández. Por  no  haber  aceptado  el  doctor  Zorrila  de  San  Martín, 
fué  integrado  el  Comité  con  el  doctor  Alejandro  Gallinal. 

La  Unión  Católica  recibió  la  nota  del  Consejo  Superior  de 
los  Círculos  y  en  su  primera  sesión  de  9  de  diciembre  de  1907, 
el  Comité  Ejecutivo  se  hizo  cargo  de  los  antecendentes  que  le 
habían  sido  remitidos,  acordando  someter  al  Directorio  pleno 
el  siguiente: 

"Proyecto  de  resolución:  El  Directorio  de  la  Unión  Cató- 
lica del  Uruguay,  tomando  en  consideración  la  exposición  de 
motivos  y  el  proyecto  de  organización  cívica  de  los  elementos 
de  los  Círculos  Católicos  de  Obreros,  los  que  le  han  sido  ele- 
vados por  el  Consejo  Superior  de  los  Círculos  en  nota  de  fecha 
9  del  corriente,  acuerda:  1?)  Prestar  su  superior  aprobación 
al  referido  proyecto,  y  felicitar  calurosamente  a  dicho  Consejo 
Superior  por  su  importante  y  auspiciosa  iniciativa;  2?)  Pro- 
ceder, como  suprema  autoridad  del  laicato  católico,  a  la  orga- 
nización cívica  de  todos  los  elementos  católicos  del  país,  con- 
siderando que  esa  organización  es  una  necesidad  general  de  la 
causa  y  al  mismo  tiempo  una  vehemente  aspiración  en  las  ac- 
tuales circunstancias;  3°)  Delegar  en  el  Comité  Ejecutivo  sus 
amplias  facultades  para  los  trabajos  de  organización  prepara- 
torios en  tal  sentido,  debiendo  dar  cuenta  al  Directorio  de  con- 
formidad con  los  estatutos.  Y  siendo  el  principal  objeto  de  la 
Unión  Católica  propender  al  reinado  social  de  Jesucristo  en 
nuestro  país,  el  Directorio  de  la  Unión  Católica  acuerda,  por 
fin,  invocar  en  esta  iniciativa  al  Sagrado  Corazón  de  Jesús 
para  que  se  digne  protegerla  y  valerse  de  ella  para  imperar 
sobre  la  patria". 


40 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


En  la  sesión  del  11  de  diciembre  de  1907,  el  Directorio 
aprobó  por  votación  unánime  ese  proyecto,  resolviéndose  ele- 
varlo con  nota  al  Prelado. 

Yo  tuve  el  honor  y  la  satisfacción  de  redactar,  en  mi  mesa 
de  estudio,  ese  proyecto  de  resolución,  conjuntamente  con  el 
doctor  Elbio  Fernández,  que  era  el  Secretario  del  Comité 
Ejecutivo. 

Había  sonado  la  hora;  esa  hora,  que  estaba  por  marcarse  en 
el  reloj  desde  1878,  cuando  inició  sus  primeras  batallas  el  Club 
Católico;  que  sonaba  dolorosamente  cada  vez  que  la  causa  era 
herida  por  ataques  injustos;  cuya  aurora  apareció  en  el  Tercer 
Congreso,  cuando  soñaba  nuestro  inmortal  poeta,  nuestro  gran 
ciudadano,  y  que  llegó,  por  fin,  el  11  de  diciembre  de  1907. 

No  se  extinguió  jamás  esta  vez,  la  obra  que  se  inició  en- 
tonces; no  descansó  jamás  el  Comité  que  tomó  a  su  cargo  rea- 
lizarla. Todas  las  etapas,  una  a  una,  se  cumplieron  desde  en- 
tonces, hasta  la  primera  jornada  electoral  en  que  hizo  su  pri- 
mer ensayo  político  la  Unión  Católica  del  Urugauy,  en  noviem- 
bre de  1910. 

Yo  vi  nacer  la  acción  cívica  de  los  católicos,  desde  la  Di- 
rección de  "El  Bien  Público",  que  ocupaba  desde  1905,  y  le 
dedicaba  mis  editoriales,  a  veces  imprudentemente,  a  veces  con 
enojos,  en  la  impaciencia  de  ver  iniciar  los  trabajos  políticos 
en  el  Uruguay.  Hay  muchos  editoriales  sobre  esa  materia,  re- 
cogidos en  esa  publicación  de  artículos  que  se  llama  "  Tres  años 
de  periodismo ".  "  Hacia  lo  práctico ",  por  ejemplo,  uno  de 
ellos,  escrito  en"1906,  decía  así:  "  Las  posiciones  perdidas  por  la 
Iglesia  Católica  en  nuestro  país,  las  posiciones  perdidas  por  la 
causa  católica  en  general  — lo  dijimos  ayer  claramente —  ya 
no  podrán  reconquistarse  sino  por  un  solo  medio:  la  organi- 
zación cívica  de  los  elementos  católicos.  Y  agregaremos  más 
aún.  Las  posiciones  que  aún  conserva  la  Iglesia  Católica  en  el 
Estado  por  mandato  de  su  Constitución  y  las  escasas  posicio- 
nes que  aún  conserva  la  causa  católica  en  las  leyes  y  en  las 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


41 


instituciones,  ya  no  podrán  mantenerse  y  las  perderemos  irre- 
misiblemente sino  se  acude  a  la  vida  cívica,  para  hacer  sentir 
en  la  balanza  del  sufragio  el  peso  de  todos  nuestros  elementos 
organizados  con  ese  fin.  Ese  es  único  remedio,  claro,  palmario, 
evidente;  y  es  necesario  dejar  de  una  vez  los  falsos  rumbos, 
para  encaminarnos  directamente  por  el  sendero  práctico  y  ne- 
cesario que  hemos  descuidado  hasta  hoy.  Ya  lo  dijimos  ayer 
bien  claramente.  Desde  los  primeros  lustros  de  nuestra  vida 
independiente  — sería  necio  negarlo —  la  causa  católica,  con 
todos  sus  ideales  y  aspiraciones,  ha  existido  en  el  país  encar- 
nada en  el  pueblo  y  acompañado  con  sus  consejos  o  con  sus 
protestas  el  movimiento  general,  en  las  altas  y  en  las  esferas 
populares.  Compartido  el  juego  de  la  política  activa  entre  nues- 
tros dos  partidos  tradicionales,  que  nacieron  casi  a  raíz  de 
nuestra  independencia,  la  causa  católica,  como  entidad  activa 
e  independiente,  nada  tuvo  que  hacer  en  aquellos  apartados 
lustros  de  vida  ciudadana,  a  pesar  de  existir  encarnada  y  la- 
tente en  la  opinión.  Blancos  o  colorados,  casi  todos  los  hom- 
bres que  en  esas  épocas  actuaban  en  la  política,  eran  ciuda- 
danos católicos  o  por  lo  menos  de  ideas  en  nada  hostiles  a  los 
principios  de  nuestra  religión.  La  Iglesia  Nacional,  lejos  de 
ser  perseguida  recibía  de  los  gobiernos  y  de  las  Cámaras  el 
apoyo  establecido  preceptivamente  en  nuestra  Carta  Consti- 
tucional. Las  obras  y  las  instituciones  católicas  florecían  bajo 
el  respetuoso  amparo  de  los  Poderes  Públicos,  prevaleciendo 
su  saludable  influencia  en  todo  el  territorio  de  la  República. 
La  acción  cívica  de  los  ciudadanos  católicos  no  tenía,  pues,  ra- 
zón de  ser;  y  nadie  se  preocupaba  de  ello,  actuando  cada  uno 
por  separado  en  las  filas  de  los  partidos  existentes,  que  comen- 
zaban por  secundar  sus  ideas  y  respetar  su  legítima  influencia 
en  el  alma  de  la  Nación.  Primero  los  rozamientos,  los  peque- 
ños conflictos  después  y  más  tarde  los  avances  hostiles,  no  tar- 
daron infelizmente  en  aparecer.  Camarillas  posesionadas  tem- 
poralmente de  los  destinos  del  gobierno,  comenzaron  a  pro- 


42 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


nunciar  sus  avances  en  el  dominio  común,  planteando  algunos 
desacuerdos  contra  las  facultades  de  la  Iglesia  y  contra  las 
influencias  católicas  para  despojarlas  de  su  lugar.  Pero  esos 
nubarrones  pasajeros  pasaban  con  sus  inspiradores  y  las  exci- 
taciones del  alma  popular  volvían  a  su  equilibrio  sin  alterar 
sustancialmente  la  faz  de  la  vida  común.  Los  ciudadanos  de 
aquellas  camarillas  eran  sustituidos  pronto  por  otros,  con  me- 
jores propósitos,  y  la  misma  evolución  de  los  sucesos  se  en- 
cargaba de  hacer  innecesarios  otros  medios  más  eficaces  de 
reacción.  Los  católicos  estaban  convencidos  de  su  influencia  y 
no  pensaban  por  tanto  en  levantar  un  esfuerzo  cívico  indepen- 
diente frente  a  los  dos  partidos  tradicionales.  A  la  larga,  ese 
germen  de  indolencia  explicable  tuvo  sin  embargo  que  ser  per- 
judicial, los  conflictos  y  los  ataques  recrudecieron  con  más  fre- 
cuencia y  mayor  intensidad.  Poco  a  poco,  alejados  de  las  altu- 
ras, la  ola  perseguidora,  comenzó  a  hervir,  moviéndose  con  fá- 
cil desahogo  por  falta  de  elementos  suficientes  par  oponerse  a 
su  avance.  Y  sin  recordar  nada  más  que  algunas  de  sus  obras, 
vinieron  con  el  gobierno  de  Latorre  las  primeras  leyes  del  Re- 
gistro Civil  y  las  leyes  primeras  de  Id  Instrucción  Primaria, 
para  mutilar  las  derechos  de  la  Iglesia  y  las  sanas  influencias 
de  la  educación  religiosa  en  la  juventud.  Grandes  sacudimien- 
tos y  grandes  protestas  de  la  población  católica  respondieron 
a  esos  ataques,  elevando  de  una  manera  inolvidable  el  poderío 
y  el  prestigio  de  la  causa  católica  encarnada  en  casi  toda  la 
masa  popular.  Los  católicos  comenzaron  a  congregarse  y  a  mo- 
verse. Entonces,  nacieron  instituciones  tan  prestigiosas  como  el 
viejo  Club  Católico,  y  esfuerzos  tan  valientes  como  el  de  nuestra 
hoja,  El  Bien.  La  vida  activa  fué  entonces  acentuándose,  pero 
en  el  llano;  las  obras,  la  propaganda  y  la  acción  fueron  multipli- 
cándose, aunque  en  el  pueblo.  Pero  la  política  y  con  ella  el  po- 
der, siguió  siendo  el  patrimonio  de  los  hombres  de  la  divisa  y 
éstos  siguieron  dueños  de  las  leyes  y  del  país.  La  causa  católica, 
herida  por  esos  primeros  sacudimientos,  dejó  entonces  de  ser 
indolente  y  comenzó  a  luchar  contra  todas  sus  poderosas  in- 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


43 


fluencias  en  el  llano,  la  ola  perseguidora  siguió  su  camino  y  por 
conductos  fáciles  nos  descargó,  desde  las  alturas,  con  el  gobierno 
de  Santos,  las  leyes  de  conventos  y  del  matrimonio  civil.  Sus 
influencias  demoledoras  se  infiltraron  en  casi  todos  los  terre- 
nos y  por  todos  los  lugares,  comenzando  a  producir  sus  frutos 
la  escuela  pública  antirreligiosa  y  la  Universidad  descreída  y 
liberal.  Y  la  causa  católica,  mutilada  y  sacudida,  multiplicó 
sus  energías  en  millares  de  instituciones  activas,  pero  siguió 
errando  el  camino;  y  nada  pudo  reconquistar  ni  contener  si- 
quiera, ante  el  avance  y  el  poderío  oficial.  Como  un  paso  aus- 
picioso de  sus  inspiraciones  y  energías  y  por  iniciativa  del  Club 
Católico,  en  abril  de  1889,  se  reunió  en  Montevideo  el  primer 
Congreso  Católico,  bajo  la  presidencia  de  honor  del  inolvida- 
ble Obispo  Monseñor  Yéregui  y  con  delegados  de  todas  las  pa- 
rroquias, de  todas  las  instituciones  y  de  todos  los  rincones  de 
la  República.  Nació  en  ese  Congreso,  como  fruto  de  las  aspira- 
ciones generales,  brillantemente  fundada  por  don  Francisco 
Bauzá,  la  Unión  Católica  del  Uruguay,  como  centro  y  autori- 
dad superior  del  laicato  católico  en  el  país,  "para  fomentar  la 
unión  permanente  de  los  católicos  en  la  vida  pública  y  organi- 
zados a  manera  de  apostolado  seglar",  bajo  un  amplio  pro- 
grama de  acción.  Pero  bien  lo  dijo  su  propio  fundador,  "las 
dificultades  no  provenían  de  la  falta  de  unión  en  la  fe,  sino  de 
la  divergencia  de  miras  para  propagarla".  El  primer  Directo- 
rio de  la  Unión  Católica  reunió  entonces  en  su  seno  personali- 
dades de  la  talla  de  Monseñor  Soler,  de  Joaquín  Requena,  de 
Francisco  Bauzá,  de  Carlos  Berro  y  de  Juan  Zorrilla  de  San 
Martín;  y  dedicó  con  sano  empeño  sus  actividades  a  la  unión 
de  los  católicos,  a  la  enseñanza  católica,  a  la  prensa  católica  y 
a  la  protección  del  pueblo  por  medio  del  Círculo  Católico  de 
Obreros  fundado  en  nuestra  capital.  Nada  se  reconquistó,  sin 
embargo,  de  lo  perdido  y  la  ola  demoledora  siguió  su  marcha. 
Mientras  los  católicos  agotaban  sus  energías  en  la  propaganda 
y  en  la  acción  privadas,  los  gobiernos  y  las  cámaras  siguieron 
descristianizando  a  las  leyes  y  a  las  instituciones  públicas,  em- 


44 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


peorando  cada  vez  más  la  situación  eficiente  de  nuestra  causa. 
El  segundo  Congreso  Católico  de  enero  de  1893,  convocado 
también  por  el  Club  Católico  para  la  reorganización  de  la 
Unión  Católica,  y  el  tercer  Congreso  Católico  de  noviembre  de 
1900,  que  se  ocupó  del  mismo  fin,  no  fueron  más  felices  en  sus 
resultados  efectivos.  Si  desde  entonces  acá  lanzáramos  una 
breve  ojeada  sobre  la  marcha  de  los  sucesos  podríamos  con- 
templar un  cuadro  lleno  de  dolorosas  pérdidas.  Todas  las  ener- 
gías y  los  esfuerzos  consumados  en  la  acción  han  sido  estériles 
en  su  objetivo  final  y  preferente.  La  influencia  católica  en  el 
pueblo  puede  haber  crecido  con  los  ardores  de  nuestra  causa; 
pero  nada  hemos  reconquistado,  lo  repetimos  otra  vez,  y  el  es- 
pectáculo de  nuestras  pérdidas  constituye  un  verdadero  desas- 
tre. A  la  ley  del  matrimonio  civil  ha  seguido  la  ley  del  divor- 
cio; a  las  leyes  de  enseñanza  indiferente  ha  seguido  el  hecho 
de  la  enseñanza  hostil,  en  la  escuela  y  en  la  Universidad;  a  la 
instrucción  pública  hostil,  sigue  la  beneficencia  pública  secta- 
ria; el  sectarismo  jacobino,  el  despojo  y  el  cercenamiento  de 
los  subsidios  al  clero  y  a  la  Iglesia;  a  los  golpes  al  presupuesto 
eclesiástico,  la  persecución  de  las  hermandades  y  congregacio- 
nes y  aún  de  los  mismos  católicos;  a  todo  esto  y  mucho  más  al 
destierro  de  todas  las  altas  posiciones  por  la  maquinación  in- 
fernal para  reformar  nuestra  Carta  Fundamental  y  ahogar  a 
mansalva  la  religión!  Ya  no  tenemos,  como  al  principio,  que 
confiar  en  los  sucesos  ni  en  el  apoyo  de  los  partidos  actuales. 
Los  colorados  proscriben  hoy  francamente  a  los  católicos  en 
sus  filas;  y  los  nacionalistas,  sino  los  proscriben,  no  los  ayu- 
dan y  pueden  llegar  a  proscribirlos!.  Los  moldes  de  la  causa 
católica  tienen,  pues,  que  reformarse.  Toda  nuestra  obra  en  el 
llano  ha  sido  grande,  pero  ya  no  basta.  Un  solo  mandato,  una 
sola  ley  abruma  y  somete  toda  la  enorme  masa,  toda  la  enorme 
influencia  construida  y  que  nos  acompaña.  Hemos  errado  el 
rumbo  y  ya  es  hora  de  repararlo!  Vamos,  pues,  hacia  lo  prác- 
tico. Preparemos  nuestras  fuerzas  para  la  vida  cívica.  Las 
fuerzas  están  prontas.  Démosle  vida.  No  hay  otro  remedio." 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CÍVICA 


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Congratulémosnos,  hoy,  al  recordar  esos  hechos  pasados, 
que  ya  no  es  sólo  una  idea  lo  que  logró  arraigarse  en  el  alma 
popular,  sino  el  hecho;  y  que  ese  hecho,  gracias  a  Dios,  lo  po- 
demos contemplar  rodeado  del  más  grande  prestigio  y  de  los 
mejores  auspicios  para  la  felicidad  de  nuestro  país. 

En  la  próxima  clase,  entraremos  ya  más  directamente  a  la 
primera  etapa,  o  sea  el  trabajo  efectivo  realizado  por  ese  Co- 
mité constituido  en  el  seno  de  la  Unión  Católica  en  noviembre 
de  1907. 

He  terminado. 


I 


SEGUNDA  CLASE 


LA  CLASE  ANTERIOR,  quedamos  en  la  resolución  del 
Directorio  de  la  Unión  Católica  de  11  de  noviembre  de  1907, 
por  la  que  se  decretó  la  organización  cívica  del  elemento  cató- 
lico, y  de  la  cual  ya  dimos  lectura.  Antes  de  esa  resolución  del 
año  1907,  como  ustedes  recordarán,  mencionamos  dos  iniciati- 
vas presentadas  en  el  seno  del  Directorio  de  la  Unión  Católica, 
después  del  Tercer  Congreso:  una  de  1905,  por  el  doctor  Len- 
guas, y  otra  de  1906,  por  el  doctor  Rius.  Sigue  como  tercera 
— la  tercera  siempre  es  la  definitiva —  ésta  a  que  me  refiero 
de  11  de  diciembre  de  1907,  con  una  diferencia  respecto  de  las 
anteriores,  y  es  que  aquéllas  no  tuvieron  consecuencia,  no  tu- 
vieron resultado;  quedaron  simplemente  en  el  plano  de  los 
propósitos.  La  resolución  de  diciembre  de  1907,  fué,  realmente, 
la  promotora  de  la  organización  cívica  del  elemento  católico 
en  el  país,  que  desde  esa  hora  ya  no  se  interrumpió  más. 

Por  consiguiente,  para  los  cívicos  es  una  fecha  memora- 
ble; es  la  fecha,  realmente,  del  nacimiento  de  la  organización 
cívica  en  el  país. 

Por  esa  resolución  llevada  al  terreno  de  los  hechos,  la  idea 
de  la  acción  cívica  de  los  católicos  en  el  terreno  electoral  dejó 
de  ser  una  simple  idea  o  un  simple  sueño,  para  convertirse  de- 
finitivamente en  una  realidad.  , 

Pero  yo  he  querido  en  esa  primera  clase,  recordar  los  an- 
tecedentes, aún  los  más  remotos,  desde  el  primer  Congreso  del 
año  1889;  para  reflejar  bien  la  exactitud  del  proceso,  porque  no 
sería  verdad  presentar,  en  la  historia,  el  nacimiento  de  la  ac- 
ción cívica  como  el  de  algo  espontáneo  y  sin  antecedentes,  sur- 


50 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


gido  en  una  fecha  determinada.  Hay  que  reconocer,  y  creer, 
y  sostener,  que  la  resolución  del  año  1907,  que  concretó  la  or- 
ganización en  el  terreno  electoral,  no  fué  más  que  el  resultado 
de  un  proceso,  de  una  evolución  lenta  de  ideas,  de  propósitos, 
de  entusiasmos,  que  databa  de  mucho  tiempo  atrás,  lo  que  no 
quita  — repito —  que  el  11  de  diciembre  de  1907  sea,  para  la 
acción  cívica,  una  fecha  memorable  y,  en  rigor,  la  fecha  del 
nacimiento  de  la  organización  cívica  de  los  católicos  en  el  país. 

Se  constituyó  en  esa  época  un  nuevo  Comité  Ejecutivo  de 
la  Unión  Católica,  al  que  se  le  asignó  ese  cometido  concreto: 
organizar  la  acción  cívica  de  los  católicos.  El  Comité,  que  tuve 
el  honor  de  presidir,  puso  de  inmediato  manos  a  la  obra,  y 
cumpliendo  el  propósito  de  que  se  había  hablado  al  concebir 
y  dictarse  aquella  resolución,  lo  primero  que  hizo  fué  someter 
el  plan  nuevo  de  acción  al  Prelado,  que  lo  era  entonces  el  Ar- 
zobispo Monseñor  Soler.  No  porque  no  supiéramos  qué  pen- 
saba Monseñor  Soler,  porque,  naturalmente,  en  todas  las  ges- 
tiones previas,  la  consulta  ya  había  sido  hecha  y  formulada; 
pero  queríamos  la  palabra  oficial,  ya  que  nacía  un  nuevo  mo- 
vimiento en  el  seno  de  un  organismo  católico,  como  era  la 
Unión  Católica  del  Uruguay. 

El  Prelado  contestó  en  diciembre  de  1907,  en  seguida,  en 
los  siguientes  términos:  "Montevideo,  diciembre  de  1907.  Se- 
ñor doctor  don  Joaquín  Secco  Illa,  Presidente  de  la  Unión  Ca- 
tólica. Estimado  doctor:  He  tenido  el  agrado  de  recibir  los 
antecedentes  sobre  la  determinación  del  Directorio  y  Comité 
Ejecutivo  a  proceder  a  la  organización  cívica  de  todos  los  eie- 
mentos  católicos  del  país.  Como  Prelado  y  como  ciudadano 
bendigo  y  aplaudo  tan  viril  y  trascendental  resolución,  que 
han  tenido  el  tino  cristiano  de  colocar  bajo  los  auspicios  del 
Sagrado  Corazón,  propendiendo  así  al  reinado  social  de  Jesu- 
cristo, que  es  el  ideal  de  la  Acción  Católica.  Bendigo  y  aplaudo 
esa  determinación,  porque  los  comicios,  así  como  la  prensa,  son 
en  la  hora  presente,  la  gran  esperanza  para  la  santa  causa; 
pues,  como  lo  afirma  el  Cardenal  Labouré,  Arzobispo  de  Ren- 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


51 


nes:  «Ya  ha  pasado  la  hora  de  edificar  Iglesias  y  adornar  alta- 
res. .  .  La  prensa  y  los  comicios,  esas  son  las  obras  del  tiempo 
de  guerra  en  que  vivimos;  las  otras  lo  son  del  tiempo  de  paz, 
cuando  lleguemos  a  conquistarla  por  nuestros  esfuerzos».  En 
efecto,  ya  está  visto  que  no  existe  medio  más  eficaz  que  el 
ejercicio  de  los  derechos  cívicos  para  defender  nuestras  obras, 
nuestras  instituciones  y  nuestra  causa.  Por  no  haberlo  recono- 
cido así,  la  racha  jacobina  lo  arrasó  todo  en  una  nación  cris- 
tianísima como  Francia.  O  disponerse  a  perderlo  todo,  o  de- 
terminarse a  luchar  entusiasta  y  eficazmente  con  esas  dos 
armas  poderosas:  la  prensa  y  la  organización  cívica  de  los  ca- 
tólicos. Y  tanto  más  seguros  debemos  estar  acerca  de  la  obra 
emprendida  ya  que  es  notorio  que,  así  León  XIII  como  Pío  X, 
han  recomendado  con  insistencia  ambas  cosas.  Contando,  pues, 
con  la  aprobación  del  Sumo  Pontífice,  y  con  el  auxilio  de  la 
gracia  divina,  el  triunfo  será  nuestro,  por  más  dificultades  que 
se  encuentren  en  el  camino,  como  sucede  con  todas  las  gran- 
des empresas.  Sólo  podría  temerse  el  fracaso  por  falta  de  una 
cooperación  entusiasta  y  eficaz  de  todos  los  católicos,  lo  que  no 
es  de  esperar  si  es  que  en  verdad  aman  la  santa  causa  y  el 
reinado  de  la  civilización  cristiana.  Con  tal  motivo,  me  es  grato 
reiterar  a  usted  y  demás  miembros  del  Directorio  y  del  Co- 
mité Ejecutivo,  las  consideraciones  de  mi  estimación  distin- 
guida. —  MARIANO  SOLER,  Arzobispo  de  Montevideo." 

Les  he  querido  leer  textualmente  la  contestación  de  Mon- 
señor Soler,  para  recalcar  todo  su  alto  y  expresivo  significado. 
Desde  luego,  fíjense  el  tono  enérgico  y  decidido  con  que  el  Pre- 
lado nos  habla  de  la  necesidad  de  sostener  la  lucha  y  defender 
a  la  Iglesia  de  los  avances  contrarios.  Porque,  efectivamente, 
en  1907  vivíamos  en  plena  época  perturbadora.  Había  comen- 
zado la  época  jacobina,  iniciada  bajo  la  Presidencia  de  Batlle, 
contra  todo  lo  que  significaba  el  predominio  — ni  siquiera  el 
predominio,  la  simple  conservación —  de  los  intereses  religio- 
sos en  el  país.  Quiero  destacar  también,  en  las  expresivas  pa- 
labras de  esta  contestación  del  Prelado,  el  aplauso  decidido  y 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


categórico  a  la  nueva  acción  cívica  iniciada  por  los  católicos, 
que  él  considera  como  una  de  las  armas  eficaces  y  necesarias 
para  defender  la  ideología  cristiana  en  la  patria  oriental.  Sin 
reticencias  y  sin  reservas;  no  con  términos  ambiguos  y  equívo- 
cos, sino  con  expresiones  categóricas.  Y  quiero,  por  fin,  desta- 
car que  nuestra  acción  cívica  tuvo  una  cuna  legítima. 

Cuando  hoy  en  día  la  Unión  Cívica,  heredera  de  aquella 
acción  iniciada  en  1907,  se  atribuye  la  defensa  de  los  ideales 
católicos  en  el  país,  no  usurpa  ningún  título.  En  las  jornadas 
agitadas  y  contradictorias,  vísperas  de  elecciones,  solemos  en- 
contrar algunos  grupos  que  nos  increpan  indebidamente  el  in- 
vocar ese  título  para  la  lucha  electoral,  como  si  la  Acción  Cí- 
vica hubiera  nacido  de  un  movimiento  privado  y  particular, 
organizado  por  un  grupo  de  ciudadanos  en  el  uso  de  sus  dere- 
chos, y  no  tuviera  tan  legítima  cuna,  más:  tan  autorizado  co- 
metido como  el  que  le  ha  dado,  desde  los  primeros  momentos, 
la  causa  católica  en  el  país.  La  organización  decretada  el  11 
de  noviembre  de  1907,  nació  no  solamente  por  la  voluntad  de 
la  asamblea  constituyente  de  la  causa,  que  era  la  Unión  Cató- 
lica entonces,  sino  con  la  plena  autorización  del  Prelado,  para 
defender  los  intereses  católicos  en  el  país. 

No  olviden  esto,  porque  esa  imputación  de  usurpar  títu- 
los, como  si  fuera  obra  nuestra,  puede  volver  a  reproducirse,  y 
se  reproducirá,  constantemente.  Hay  partidos  políticos,  de  lo- 
dos los  colores,  no  hago  cargos  determinados  a  ninguno,  pero 
hay  partidos»  políticos,  en  todos  los  sectores,  que  siempre  tie- 
nen que  hablar  de  la  defensa  de  los  intereses  católicos,  por 
ejemplo,  cuando  les  conviene.  La  Unión  Cívica  no  hace  mer- 
cadería de  estos  ideales:  es  un  deber,  y  lo  ha  cumplido  en  las 
buenas  y  en  las  malas,  en  terreno  propicio  y  en  terreno,  muchas 
veces,  ingrato,  pero  lo  ha  cumplido  siempre. 

Decía  que  desde  el  11  de  noviembre  de  1907,  fecha  memo- 
rable, en  que  nace,  propiamente,  la  organización  cívica  de  los 
católicos,  la  labor  no  desmayó  ni  un  solo  instante.  Emprendida 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


53 


de  inmediato  la  tarea,  mes  a  mes,  año  a  año,  en  el  curso  de 
1908,  1909  y  1910,  preparó  y  organizó  el  cumplimiento  de  su 
cometido,  que  era  actuar  en  las  próximas  elecciones  — que  erar, 
las  de  1910 —  con  el  elemtento  católico  organizado.  Así  lo  cum- 
plió firme  y  decididamente,  venciendo  — lo  veremos  en  el  de- 
talle—  innúmeras  dificultades,  de  todo  género,  de  toda  especie, 
no  sólo  las  de  afuera,  sino,  lo  que  era  más  doloroso,  las  de 
adentro;  pero  con  una  firmeza  que  no  desmayó  jamás,  nuncio 
de  las  actuales  victorias.  La  perseverancia  de  esa  acción,  fué 
la  obra  oscura,  silenciosa  y  oculta  de  cavar  cimientos.  Se  ex- 
perimentaron duras  derrotas,  pero  si  no  hubieran  existido,  los 
éxitos  posteriores  tampoco  hubieran  aparecido  jamás. 

Ese  período  que  comprende  desde  el  11  de  diciembre  de 
1907  a  diciembre  de  1910,  fecha  de  las  primeras  elecciones  a 
que  concurrió  la  Acción  Cívica,  es,  en  rigor,  la  etapa  construc- 
tiva. Todos  los  elementos  fundamentales  están  allí;  están  las 
instrucciones  primeras,  están  los  lincamientos  del  programa, 
están  los  reglamentos  fundamentales,  que  después  estructura- 
ron la  Carta  Orgánica  en  1912;  están,  sobre  todo,  los  organis- 
mos constituidos  en  casi  todas  las  secciones  de  la  capital  y  en 
muchas  lecciones  del  interior,  como  Canelones,  Flores,  Minas 
y  Durazno.  Hasta  dónde  llegó  el  esfuerzo  de  los  pocos  traba- 
jadores de  las  primeras  horas. 

A  raíz  de  la  resolución  de  diciembre  de  1907,  se  abrió,  en 
los  primeros  meses  de  1908,  el  primer  período  de  inscripción. 
Lógicamente,  la  preocupación  de  la  Unión  Cívica  no  podía  ser 
otra  que  concitar  a  los  católicos  a  la  inscripción  en  el  Registro 
Cívico.  Eso  lo  hizo  el  Comité  en  la  circular  que  debería  leer 
íntegra,  si  no  fuera  realmente  muy  larga.  Esa  circular,  sola- 
mente algunos  párrafos  voy  a  leer,  es  digna  de  anotarse,  por- 
que fija  y  aclara  ya  el  problema  que  durante  muchísimos  años, 
y  todavía  actualmente,  se  presenta  a  los  católicos  en  el  país. 
¿Qué  era  lo  que  había  pretendido  organizar  el  Directorio  de  la 
Unión  Católica?    ¿Un  partido  determinado,  con  la  obligación 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


dogmática,  para  todos  los  católicos,  ae  incorporarse  a  él?  No; 
esto  nunca  se  ha  pretendido.  No  hemos  sido  jamás  contrarios 
a  los  demás  partidos,  cuando  su  ruta  estaba  marcada  por  un 
afán  aceptable,  de  buscar  el  bienestar  del  país,  ni,  lo  que  es 
más,  jamás  hemos  impuesto  a  los  católicos,  como  obligación  de 
conciencia,  la  necesidad  de  afiliarse  a  ese  partido. 

Hemos  proclamado  la  libertad  para  los  católicos,  de 
acuerdo  a  la  doctrina  de  la  Iglesia,  de  actuar  en  el  partido  que 
consideren  más  conveniente,  según  los  dictados  de  su  concien- 
cia, y  bajo  la  responsabilidad  de  esos  dictados.  Pero  no  les  he- 
mos increpado  jamás,  con  carácter  dogmático,  el  hecho  de  no 
haberse  incorporado  a  esa  acción  cívica.  Hemos  creído,  eso  sí, 
que  la  línea  de  conducta  para  el  católico  — y  para  el  católico 
integral —  es  no  ejercer  todos  los  dictados  de  su  norma  católica 
en  la  vida  privada  y  olvidarlos  en  la  vida  pública;  que  nadie 
ni  nada  se  beneficia  con  ello. 

Pues  bien.  Esa  primera  circular.,  inmediatamente  dictada, 
en  abril  de  1908,  por  el  Comité  Ejecutivo,  con  motivo  de  la 
instalación  de  las  mesas  inscriptoras,  con  la  que  acordó  iniciar, 
sin  más  demoras,  las  tareas  cívicas  que  se  le  habían  encomen- 
dado, creyó  del  caso  publicarla  para  conocimiento  y  definición 
de  sus  nuevas  actitudes. 

En  ella  se  decía  así:  "  La  Unión  Católica  cree  llegado  el 
momento  de  dar  justa  satisfacción  a  legítimas  impaciencias,  y 
entrando  de  lleno  en  el  nuevo  campo  abierto  al  entusiasmo  y 
celo  de  sus  correligionarios,  viene  a  hacer  pública  manifesta- 
ción de  las  tendencias  y  fines  que  persigue  en  su  acción  demo- 
crática, requerida  por  las  exigencias  de -la  época  presente.  El 
deber  primordial  de  todos  los  católicos,  en  la  hora  que  atra- 
vesamos, es  propender  al  triunfo  de  sus  ideas,  convencidos, 
como  debemos  estarlo,  de  que  ellas  encarnan  genuinámente  la 
solución  más  elevada  y  justa  de  los  problemas  políticos,  econó- 
micos y  sociales  de  la  vida  nacional.  Para  realizar  esos  propó- 
sitos, es  indispensable  ejercer  una  acción  ordenada,  vigorosa, 
abnegada  y  de  todos  los  momentos  sobre  las  masas  populares, 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


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dueñas  de  los  destinos  del  país.  Comenzar  por  fomentar  el 
desarrollo  de  una  educación  cristiana  en  las  escuelas,  donde  se 
modelan  las  generaciones  sucesivas,  exigiendo  que  el  régimen 
del  monopolio  y  de  la  absorción  oficial  ceda  su  puesto  a  una 
real  y  justiciera  libertad  en  materia  de  enseñanza.  Vigorizar 
la  propaganda  oral  y,  sobre  todo,  escrita,  con  el  apoyo  cons- 
tante y  generoso  hacia  la  prensa  católica  que,  como  un  deno- 
dado centinela,  vela  día  a  día  por  el  decoro  y  honor  de  la  causa, 
dispuesto  a  convocar  a  sus  soldados  en  los  momentos  precisos 
para  la  acción  o  la  lucha.  Pugnar  con  todo  género  de  esfuer- 
zos por  el  mejoramiento  moral  y  económico  de  todas  las  clases 
y  agrupaciones  sociales  en  general,  y  en  particular  de  las  cla- 
ses laboriosas,  realizando  obras  de  carácter  social  que  benefi- 
cien la  situación  del  pueblo  y  exterioricen  la  sinceridad  y  no- 
bleza de  nuestros  propósitos.  Actuar,  en  fin,  e  influir  directa- 
mente sobre  la  marcha  de  los  sucesos,  interviniendo  en  el  mo- 
vimiento político  del  país,  para  hacer  que  los  poderes  públicos 
no  se  aparten  de  su  verdadera  misión  en  el  gobierno,  y  para 
que  las  leyes  tiendan  a  reflejar  siempre,  y  en  su  justa  medida, 
el  imperio  del  derecho,  de  la  justicia  y  del  bienestar  legítimo 
de  todos.  La  aspiración  patriótica  de  todos  los  elementos  sanos 
del  país,  es  la  de  llegar  a  un  régimen  de  libertad  electoral  sin- 
cera y  firme;  la  de  obtener  una  representación  proporcional 
exigida  por  los  progresos  de  la  razón  pública,  para  que  todas 
las  opiniones  tengan  su  manifestación  legítima  en  la  represen- 
tación nacional.  En  esa  obra  de  regeneración  que  a  todos  al- 
canza, no  tienen  los  católicos  porqué  considerarse  adversarios 
de  todos  aquellos  que,  actuando  en  los  partidos  tradicionales  o 
permaneciendo  ajenos  a  ellos,  aspiren  a  que  las  instituciones 
democráticas  sean  una  conquista  definitivamente  asegurada,  y 
a  que  los  derechos  de  los  ciudadanos  se  ejerciten  en  la  repú- 
blica con  libertad  y  sin  coacciones,  ni  intervenciones  corrup- 
toras. " 

En  las  primeras  líneas  en  que  habla  al  país  la  nueva  orga- 
nización de  los  católicos,  reclama,  en  primer  lugar,  su  actúa- 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


ción  en  la  vida  pública;  y  por  medio  de  una  reforma  de  la  ley 
electoral,  que  se  reconozcan  los  derechos  legítimos  de  todos, 
por  medio  de  la  representación  proporcional. 

Fué  la  primera  entidad  del  país  que  habló  de  la  necesidad 
de  la  representación  proporcional.  Estamos  en  1908.  Muy  pos- 
teriores son  las  iniciativas  y  las  propagandas  de  otros  campos 
para  reformar  nuestras  leyes  electorales.  Vivíamos  entonces 
bajo  el  concepto  — mínimo  entonces —  de  la  representación  de 
las  minorías,  modificación  alcanzada,  a  su  vez,  tan  sólo  des- 
pués de  la  revolución  de  1897. 

La  acción  cívica  católica,  desde  los  primeros  instantes,  in- 
sistió en  esto:  en  la  necesidad  de  la  reforma  de  las  leyes  elec- 
torales y  el  establecimiento  de  la  representación  proporcional. 
Y  no  insistió  solamente  con  su  propaganda,  escrita  o  verbal: 
insistió  con  sus  hechos,  lo  que  es  mucho  más  elocuente,  por- 
que en  las  elecciones  — como  lo  veremos  después —  de  1910,  no 
había  representación  proporcional.  Las  leyes  entonces  vigen- 
tes, no  admitían  más  que  la  representación  de  dos  agrupacio- 
nes políticas  que,  naturalmente,  era  absorbida  por  los  grandes 
partidos  tradicionales.  Pero  cuando  golpeamos  al  Parlamento 
— como  también  lo  veremos  más  adelante —  para  pedir  la  san- 
ción y  la  reforma  de  una  ley  electoral,  creímos  que  la  manera 
de  asegurar  que  ese  petitorio  respondía  a  una  necesidad  de  he- 
cho de  justicia,  para  el  elemento  cívico  del  país,  era  probar 
que  iba  a  las  urnas,  desamparado  en  absoluto  por  las  leyes,  un 
grupo  de  ciudadanos  que  levantaba  un  nuevo  ideal,  como  así 
ocurrió. 

De  esta  primera  circular  que,  repito,  no  leo  totalmente 
por  su  extensión,  menciono  %implemente  algunos  de  sus  párra- 
fos, y  entre  ellos  el  siguiente:  "  Sea  esa,  pues,  la  primera  etapa 
de  nuestra  marcha  por  el  nuevo  campo  que  ha  abordado  la  causa. 
La  obra  que  nos  proponemos  no  es  sólo  del  momento;  es  una 
iniciativa  cuyos  frutos  recogerán  tal  vez  otros;  pero  se  habrá 
cumplido  siempre  un  deber  superior  no  encerrando  a  los  afi- 
liados a  nuestro  credo,  ni  en  un  egoísmo  estrecho,  ni  en  una 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


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labor  oscura,  frente  a  los  males  que  afectan  fundamentalmente 
el  porvenir  de  la  República/" 

Esta,  circular  de  2  de  mayo  de  1908,  está  firmada  por  todo 
el  Comité. 

Así  empezó,  diremos,  el  primer  impulso  de  acción  pública 
del  Comité  que  se  había  organizado  el  11  de  noviembre  de 
1907.  El  resultado  de  esta  circular,  no  cayó  en  el  vacío. 

Como  lo  presumíamos,  en  vísperas  de  un  período  de  ins- 
cripción, se  iban  a  agitar  no  solamente  todas  las  instituciones 
católicas  de  distinta  índole,  como  los  Círculos  Católicos  de 
Obreros,  la  Unión  Democrático-Cristiana  y  los  Centros  de  Jó- 
venes, sino  que,  posiblemente,  surgirían  organismos  de  carác- 
ter netamente  cívico,  que  hasta  entonces  no  existían.  Así  es 
que  hubo  una  gran  conmoción  en  todas  las  instituciones  cató- 
licas, más  o  menos  ajenas  a  la  organización  cívica,  y  surgieron, 
también,  clubes  cívicos  propiamente  tales. 

El  8  de  junio  de  1908,  se  me  presentó  la  primer  solicitud, 
patrocinada  por  el  Comité  del  Cordón,  de  un  grupo  de  ciuda- 
danos de  esa  sección  de  la  capital,  pidiendo  autorización  para 
fundar  un  club  cívico.  Yo  recuerdo  la  expresión  y  el  gesto 
de  mis  compañeros  del  Comité  de  la  Unión  Católica,  cuando 
al  abrir  una  sesión,  se  dió  cuenta  de  que  había  una  petición 
para  fundar  un  club  cívico.  ¿"Un  club  cívico?",  me  pregun- 
taban. "Un  club  cívico,  ¿qué?",  les  contestaba.  "No  puede 
llamar  la  atención.  ¿No  hemos  tratado  de  organizar  el  ele- 
mento católico,  debidamente  autorizado  por  la  autoridad  com- 
petente? Más:  ¿no  estamos  encomendados  por  ella  de  hacerlo, 
y  con  la  aprobación  del  Prelado?".  Era  tan  convincente  la 
situación,  que  se  aceptó  la  organización  del  primer  club  cívico. 

Aquí  tengo  el  texto  de  la  nota  del  Comité  del  Cordón,  que 
firman  Román  Lezama,  Vicepresidente,  y  Francisco  Welker, 
Secretario.  El  Presidente  era  don  Adolfo  Isasa  que,  por  cir- 
cunstancias ocasionales,  no  pudo  firmarla,  y  aquí  tengo  la  nota 
firmada,  a  su  vez,  por  un  grupo  de  ciudadanos  en  la  que  pe- 
dían "  se  sirva  correr  los  trámites  de  orden,  solicitando  de 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


nuestra  primera  autoridad  se  digne  acompañarla  a  presidir  la 
asamblea  en  la  cual  quedará  constituido  nuestro  centro  cívico 
seccional  ".  Al  pie  áparecen  las  firmas,  de  las  cuales  yo  me 
permito  sacar  una,  para  recordarla  especialmente  en  este  mo- 
mento: la  de  nuestro  actual  Presidente,  doctor  Canzani. 

Después  de  pasar  a  una  Comisión  para  su  estudio,  a  fin  de 
resolver  si  eso  encuadraba  dentro  de  los  propósitos  que  había 
previsto  la  Unión  Católica  al  decretar  la  organización  cívica, 
si  correspondía  autorizar  la  organización  de  un  club  cívico  de 
la  Unión  Católica,  ella  se  expidió,  naturalmente,  en  sentido 
favorable,  y  el  Directorio  aprobó  la  solicitud,  resolviendo  con- 
currir al  acto  de  inauguración,  como  efectivamente  lo  hizo  en 
la  noche  del  29  de  junio  de  1908.  Seis  meses  pesados,  difíciles, 
porque  toda  esta  organización  demandaba  visitas,  entrevistas 
y  conferencias  previas,  del  día  en  que  tuvo  lugar  una  reunión 
preliminar,  asistiendo  el  Presidente  de  la  Unión  Católica,  los 
miembros  del  Comité  parroquial  del  Cordón  y  un  grupo  de  los 
iniciadores  de  dicho  club.  Y,  efectivamente,  después  de  esa 
reunión  preliminar,  se  realizó  la  Asamblea,  y  quedó  consti- 
tuida la  novedad  de  la  organización  cívica  católica:  el  Club 
Cívico  de  la  Unión  Católica,  el  primero  en  el  país.  Ese  honor 
corresponde  a  la  7. 9  — hay  que  reconocer  que  la  1°  mantiene 
con  honor  el  privilegio  que  tiene  desde  ese  hecho. 

Los  acontecimientos  se  precipitaban.  Después  de  la  cons- 
titución, un  poco  fuera  de  toda  norma  prevista,  del  primer 
club  cívico  — éste  de  la  1°  sección —  el  Directorio  resolvió  en- 
comendar a  los  doctores  Casaravilla,  Vivas  Cerantes  y  Joaquín 
Secco  Illa,  que  cada  uno  de  ellos  presentara  un  proyecto  res- 
pecto de  la  organización  que  debía  darse  a  la  Unión  Católica. 
El  problema,  dudoso,  equívoco,  todavía  flotaba,  a  pesar  de  la 
resolución  anterior  de  noviembre  de  1907. 

El  8  de  marzo  de  1909,  presenté  un  proyecto  de  Qarta 
Orgánica,  compañado  de  la  siguiente  nota:  "Honorable  Direc- 
torio de  la  Unión  Católica  del  Uruguay.  —  Cumpliendo  el 
encargo  que  me  fué  confiado  por  el  Comité  Ejecutivo  de  la 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CIVICA 


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Unión  Católica  del  Uruguay,  en  sesión  de  fecha  7  de  diciembre 
de  1908,  vengo  a  poner  en  vuestras  manos  el  adjunto  proyecto 
de  carta  orgánica  de  la  Unión  Cívica  Popular  (partido  cató- 
lico). Tengo  la  grata  ilusión  de  que  el  adjunto  proyecto  pueda 
servir  de  base,  al  menos,  para  la  discusión  y  estudio  que  ese 
H.  Directorio  debe  hacer  de  tan  importante  asunto;  saiisfa 
ciendo  así  la  impaciente  expectativa  de  nuestros  correligiona- 
rios, deseosos  de  encauzar  ordenadamente,  de  una  vez,  su» 
energías  y  actividades  ciudadanas  para  la  defensa  y  protección 
de  nuestros  ideales.  Después  de  la  discusión  del  proyecto,  en 
cuya  oportunidad  podrá  ser  ampliado  y  corregido  seguramente, 
creo  que  nuestra  causa  podrá  contar  con  un  nuevo  organismo 
disciplinado  y  práctico,  que  ha  de  prestarle,  en  la  época  pre- 
sente, muchos  y  valiosos  servicios.  Quiero  simplemente  ad- 
vertir aquí  que  la  mayor  parte  de  l=«s  disposiciones  de  mi  pro- 
yecto, son  tomadas  de  las  cartas  orgánicas  vigentes  de  los  par- 
tidos blanco  y  colorado,  a  las  cuales  me  he  atenido  en  primer 
término,  porque  pienso  que  deben  ser  apreciadas  como  las  más 
adecuados  a  nuestro  país,  siendo,  como  son,  el  fruto  de  tan 
larga  experiencia  ciudadana.  Haciendo  votos  al  Altísimo  para 
que  él  se  digne  iluminar  con  sus  luces  nuestras  deliberaciones, 
me  es  grato  presentar  al  H.  Directorio  las  protestas  de  mi 
mayor  consideración.  —  Montevideo,  febrero  25  de  1909.  — 
JOAQUIN  SECCO  ILLA." 

El  proyecto  de  carta  orgánica  fué  aprobado  por  el  Comité 
Ejecutivo  con  ligeras  modificaciones,  en  sesión  de  15  de  marzo 
de  1909,  y  se  resolvió  someterlo  a  la  consideración  del  Directo- 
rio, conjuntamente  con  el  programa  de  principios,  pero  éste  no 
llegó  a  redactarse. 

Vean  ustedes  en  esos  primeros  pasos  genésicos,  un  poco 
anormales,  un  poco  fuera  de  toda  norma  establecida  de  ante- 
mano, cómo  va  estructurándose  lentamente  la  organización  cí- 
vica en  el  país. 

El  Directorio,  como  ya  habían  surgido  algunos  otros  clu- 
bes cívicos  — como  lo  veremos  en  seguida —  creyó  del  caso  dic- 


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» 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


tar  algunas  disposiciones  referentes.  Fíjense  ustedes  la  dul- 
zura que  tienen  algunas  de  las  primeras  resoluciones  dignas 
de  nuestra  veneración.  En  abril  de  1909,  el  Comité  Ejecutivo 
resuelve:  "1?  Otorgar  una  subvención  de  quince  pesos  mensua- 
les, a  contar  desde  el  1°  de  abril  del  corriente  año,  a  cada  uno 
de  los  clubes  cívicos  que  se  han  constituido  hasta  el  presente 
o  se  constituyan  en  lo  sucesivo  bajo  el  patrocinio  de  la  Unión 
Católica  del  Uruguay.  " 

Uno  de  los  misterios  era  de  dónde  salía  el  dinero,  en  esas 
épocas.  Pero  esa  es  una  mina  inagotable,  que,  transcurridos 
tantos  años,  todavía  hoy  da  margen  a  las  inquietudes  constan- 
tes de  nuestro  actual  tesorero,  el  doctor  Alejandro  André.  Y 
continuaba  diciendo  la  resolución  del  Comité  Ejecutivo:  "  2. 9 
Donar  a  cada  uno  de  los  referidos  clubes  cívicos  una  bandera 
nacional  y  un  escudo  que  deberá  ser  colocado  al  frente  del 
respectivo  local,  y  que  contendrá  la  siguiente  leyenda:  "Unión 
Católica  del  Uruguay.  —  Club  Cívico .  . .  — y  el  número  de  la 
sección.  El  mencionado  escudo  será  de  forma  oval  e  impreso 
con  letras  de  color  negro  sobre  fondo  de  color  marfil". 

Elegimos  desde  entoncés  el  color  del  Partido,  el  color  mar- 
fil, equivalente  al  color  Papal.  No  éramos  ni  blancos  ni  colo- 
rados; éramos  amarillos,  como  se  denominaba,  en  Europa,  al 
movimiento  democrático-cristiano. 

Y  más  adelante  decía  la  resolución:  "  3.9  Comunicar  esta 
resolución  por  nota  a  las  directivas  de  los  clubes  constituidos, 
a  fin  de  que  éstas  se  sirvan  indicar  al  Comité  Ejecutivo:  a)  el 
nombre  de  la  persona  autorizada  para  cobrar  en  la  tesorería 
del  Comité,  la  subvención  mensual  acordada;  y  b)  el  día  y 
hora  señalado  para  recibir  públicamente  la  bandera  y  escudo 
mencionados",  como  efectivamente  se  hizo. 

Cada  club  cívico  constituido,  recibió,  públicamente,  por  un 
delegado  del  Directorio,  la  bandera  nacional  y  el  escudo  corres- 
pondiente, que  el  Directorio  había  mandado  hacerles,  y  en  esos 
actos,  intervinieron  todos  los  miembros  del  Comité  Ejecutivo, 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


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los  doctores  Casaravilla,  Perea,  Lenguas,  Alejandro  Gallinal  y 
Fernández,  además  de  la  Mesa. 

Por  fin,  dictó,  también,  el  Comité  Ejecutivo,  en  esos  pri- 
meros tiempos,  el  Reglamento  de  los  Clubes  Cívicos,  que  está 
casi  incorporado  a  la  Carta  Orgánica  actual. 

Como  acabo  de  decir,  cuando  se  dictaron  estos  reglamen- 
tos, ya  se  habían  constituido  diversos  clubes  cívicos.  La  histo- 
ria de  cada  uno  de  ellos  está  documentada,  desde  luego,  en 
"  El  Bien  ",  porque  se  publicaban,  por  trabajo  especial  de  la 
Secretaría,  todos  los  comunicados  del  Directorio.  Además,  es- 
tan  recogidas  en  un  libro,  que  no  es  otra  cosa  que  los  capí- 
tulos correspondientes  a  la  acción  cívica,  cumplida  por  ese  Co- 
mité organizado  el  11  de  diciembre  de  1907,  y  que,  con  otros 
más  voluminosos,  se  presentaron  al  cuarto  Congreso  Católico 
de  1911,  en  la  gran  Memoria  leída.  Porque  hay  que  tener 
presente  que  la  Unión  Católica  no  era  un  organismo  esta- 
blecido especialmente  para  ocuparse  de  la  acción  cívica.  La 
Unión  Católica,  como  ya  lo  hemos  visto,  era  una  Asamblea  de 
los  representantes  de  la  causa,  que  se  ocupaba  de  todos  los 
problemas,  y  en  esa  época,  los  problemas  fueron  extraordina- 
rios y  abundantes,  algunos  de  ellos  trascendentales,  como,  por 
ejemplo,  la  vigilancia  del  censo  de  1908. 

En  1908  se  hizo  el  último  censo  que  existe  practicado  en  todo 
el  país.  En  los  boletines  del  censo,  entre  otras,  figuraba  la  con- 
sabida pregunta:  "  ¿Tiene  usted  una  religión?  ¿Qué  religión?  " 
Como  era  una  época  de  grandes  luchas  y  grandes  discusiones, 
en  que  solía  afirmarse  que  ya  el  número  de  católicos  había 
mermado  extraordinariamente  en  el  país,  el  Comité  Ejecutivo 
se  preocupó  muchísimo  de  vigilar  ese  hecho.  Y  por  medio  de 
circulares,  de  publicaciones  y  de  visitas  a  casi  todo  el  país, 
trató  de  que  la  población  nacional  reflejara  en  el  boletín,  al 
firmarlo,  su  verdadero  pensamiento  en  la  materia.  Hay  un 
tomo  del  resultado  del  censo,  pero  no  divulgado,  porque  fué 
tal  el  éxito  del  porcentaje  católico  obtenido  en  el  país,  que 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


acalló  todas  las  dudas,  y  pareció,  para  muchos  contrarios,  me- 
jor dejarlo!  en  el  silencio.  Exito  total,  no  solamente  en  el  por- 
centaje de  la  población  católica  del  país,  que  llegó  al  setenta  y 
tantos  por  ciento,  sino  que,  desmenuzando,  acallaba  todas  las 
salvedades  y  todas  las  objeciones.  Porque  a  los  que  decían  que 
era  el  porcentaje  de  mujeres  y  no  de  hombres,  se  les  demostró 
que  igual  mayoría  existía  al  clasificarse  las  boletas  de  los  hom- 
bres; también  la  mayoría  de  los  hombres,  era  católica  en  el 
país.  Si  se  descontaba  a  los  niños,  a  los  que  se  les  hacía  firmar 
que  eran  católicos,  sin  saber  qué  firmaban,  resultaba  que  igual 
mayoría  mantenían  los  mayores  de  edad  y  los  ancianos.  En 
una  palabra,  la  vigilancia,  respondiendo,  por  otra  parte,  a  la 
realidad  de  los  hechos,  fué  tal,  que  el  resultado  del  censo  fué 
un  verdadero  triunfo  en  el  país. 

Repito:  estos  capítulos  no  son  más  que  los  de  la  memoria 
presentada  al  cuarto  Congreso  Católico  relativos  a  la  acción 
cívica.  Por  eso  están  especialmente  reunidos  en  todo  este  tomo 
que  publicó  la  Unión  Cívica,  después  de  la  Convención  de  1912. 

Es  muy  interesante  relatar  la  formación  de  cada  uno  de 
los  clubes;  pero  como  yo  desearía  tratarlos  uno  por  uno,  no 
solamente  como  homenaje  a  las  firmas  de  muchos  de  sus  ini- 
ciadores, este  aspecto  lo  vamos  a  dejar  para  la  próxima  clase. 
Yo  quiero  decir,  para  terminar  la  de  hoy,  que  simultáneamente 
con  la  fundación  de  cada  club  cívico,  aquí  muchos  de  ellos  por  la 
acción  del  Comité  Ejecutivo,  se  fundaron  en  otros  departamen- 
tos, como  Canelones,  Flores,  Durazno  y  Minas,  que  es  hasta 
donde  pudo  llegar  la  acción  de  la  Unión  Católica.  Aunque  la 
propaganda  excedió  los  límites  territoriales  de  esos  departa- 
mentos especialmente  en  su  insistencia  constante  y  permanente 
por  la  reforma  de  la  ley  electoral,  reforma  que  sólo  se  obtuvo 
como  producto,  en  gran  parte,  del  ambiente  creado  por  la 
Unión  Católica  para  las  elecciones  de  Constituyente,  de  la  Cons- 
tituyente que  se  realizó  en  virtud  de  la  ley  de  4  de  setiembre 
de  1915,  y  que  se  reunió  en  el  año  1916. 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


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Con  razón  pedía  la  Unión  Cívica  la  reforma  proporcional 
de  la  ley  de  elecciones,  y  los  hechos  lo  demostraron,  porque 
cuando  en  virtud  de  esa  ley  rigió  el  régimen  proporcional,  la 
Unión  Cívica  consiguió  lo  que  la  ley  le  negaba.  En  las  elec- 
ciones de  1915,  consiguió  los  dos  primeros  constituyentes, 
siendo  electo  Constituyente  por  Montevideo,  el  doctor  Zorrilla 
de  San  Martín,  conjuntamente  conmigo,  proclamado  primer  ti- 
tular en  la  lista  de  Canelones.  Como  Zorrilla,  funcionario  en- 
tonces, no  pudo  ocupar  ese  cargo,  entró  en  su  lugar  el  doctor 
Antuña. 

En  la  próxima  clase  vamos,  pues,  a  hablar  del  nacimiento 
de  cada  club  cívico,  de  los  de  Montevideo  y  de  los  de  Canelo- 
nes, y  así  vamos  haciendo  un  poco  el  recuerdo  de  los  pasos, 
lentos,  difíciles,  llenos  de  dificultades,  en  un  ambiente  que  no 
se  asemejaba  al  de  hoy.  Tan  distinto  al  de  hoy,  que  una  de 
las  cosas  que  más  nos  costaba  vencer,  no  era  la  contradicción 
ni  la  oposición,  ni  las  dificultades  naturales,  sino,  lo  que  es  te- 
rrible para  nuestra  raza:  ¡el  ridículo!  Convocábamos  para  una 
reunión,  por  ejemplo,  en  la  Plaza  Garibaldi,  Treinta  y  Tres 
abajo,  y  aunque  "  metíamos  "  mucho  barullo,  teníamos  tres  co- 
rreligionarios de  buena  fe  y  otros  curiosos  que  se  les  impor- 
taba muy  poco  lo  que  estábamos  diciendo  en  esa  reunión;  y  a 
mí  me  pasaba  muy  a  menudo  un  hecho  que  me  mortificaba 
sobre  manera.  Al  día  siguiente  de  realizada  la  reunión,  venía 
un  cliente  de  la  más  alta  responsabilidad  a  mi  estudio,  y  me 
decía:  "  Doctor,  ya  lo  vi  ayer  hablando  solo  en  la  Plaza  Gari- 
baldi!-" 

( Hilaridad  ). 

— Nosotros  teníamos  tanta  fe  en  que  la  semilla  de  esta 
obra,  a  la  que  estábamos  dedicando  todos  nuestros  esfuerzos, 
tenía  algún  día  que  progresar  — fe  que  no  sé  de  dónde  venía, 
si  no  de  la  fe  de  Dios —  que  no  nos  amilanábamos  por  esa  cir- 
cunstancia. Hoy  nuestras  reuniones,  son  plenamente  satisfac- 
torias, son  orgullo,  no  solamente  por  el  número,  sino  por  la  ca- 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


lidad  de  los  que  concurren,  y  para  los  que  en  épocas  pasadas, 
vimos  otros  aspectos,  esa  es  nuestra  más  eficaz  y  más  profunda 
compensación. 

He  terminado. 


TERCERA  CLASE 


/  A  ESTRUCTURA  DE  LA  UNION  CATOLICA,  en  donde 
/"s^'  nació  la  organización  del  elemento  cívico  católico  — se- 
gún hemos  visto  en  las  clases  anteriores —  no  se  ajustaba  a  las 
necesidades  de  la  ley,  como  organismo  electoral. 

Los  estatutos  de  la  Unión  Católica  — creada,  como  ya  he- 
mos visto,  en  el  primer  Congreso  del  89  — fueron  ampliados  y 
modificados  en  los  Superiores  Congresos  de  1893  y  de  1900, 
y  su  estructura  era  la  siguiente:  existía  un  Directorio,  que  se 
integraba  con  un  delegado  de'  cada  una  de  las  instituciones 
católicas  existentes,  de  cierta  importancia.  Era  una  especie  de 
asamblea  representativa  de  todas  las  entidades  existentes  en 
la  organización  de  la  causa  católica.  Este  Directorio  elegía  a 
un  Comité  Ejecutivo  de  su  seno,  que  era,  en  síntesis,  la  repre- 
sentación del  organismo.  Existían  comités  departamentales  de 
la  Unión  Católica  — uno  en  cada  departamento —  y  comités 
seccionales  — uno  en  cada  parroquia — .  Además  de  esto,  exis- 
tía una  Junta  Nacional  y  Juntas  Departamentales  y  Parroquia- 
les de  señoras. 

Cuando  el  Directorio  de  la  Unión  Católica,  en  las  resolu- 
ciones de  que  hemos  hablado,  acordó  la  organización  cívica 
del  elemento  católico,  no  dictó  normas  especiales  para  la  orga- 
nización de  este  nuevo  género  de  acción;  de  manera  que  en  los 
primeros  momentos,  la  estructura  de  la  acción  cívica  no  fué 
otra  que  la  misma  estructura  preestablecida,  que  tenía  en  su 
organización  la  vieja  Unión  Católica.  Y  así,  en  los  primeros 
pasos  de  la  organización  cívica,  vemos  actuar  entidades  inde- 
pendientes de  la  Unión  Católica,  pero  representadas  en  su  Di- 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


rectorio,  como  los  Círculos  Católicos  de  Obreros,  la  Democra- 
cia Cristiana,  los  Centros  de  Jóvenes,  y  vemos  actuar,  también, 
organismos  propios  de  la  Unión  Católica,  como  los  Comités 
Parroquiales. 

Pero  la  necesidad  impuesta  por  la  ley  electoral,  ya  desde 
entonces,  no  permitía  este  género  de  organización.  Era  indis- 
pensable amoldar  la  nueva  organización  a  las  exigencias  lega- 
les. Las  exigencias  legales  imponían  la  organización  de  clubes 
netamente  políticos,  netamente  cívicos.  Por  eso  el  Comité  Eje- 
cutivo de  la  Unión  Católica,  a  raíz  de  las  resoluciones  del  Di* 
rectorio,  que  resolvió  la  organización  cívica  del  elemento  cató- 
lico, se  vió  en  la  forzosa  necesidad  de  pensar  en  la  organiza- 
ción, además  de  sus  organismos  propios,  de  clubes  cívicos. 

Durante  un  tiempo,  siguieron  actuando  en  el  seno  de  las 
organizaciones  comités  cívicos.  Así  pasó  en  algunos  Círculos 
Católicos  de  Obreros;  así  pasó  en  la  Democracia  Cristiana,  así 
pasó  en  los  Centros  de  Jóvenes.  Pero  bien  pronto  compren- 
dieron, a  instancias  del  Comité  Ejecutivo,  que  era  mejor  armo- 
nizar, organizar  definitivamente  la  acción  cívica  de  los  clubes, 
es  decir,  dentro  de  los  moldes  legales  o  exigidos  por  la  ley. 

Así  lo  comprendió,  por  ejemplo,  el  Consejo  Superior  de 
los  Círculos  Católicos  de  Obreros,  quien  en  una  comunicación 
de  abril  23,  inmediata  a  la  resolución  tomada  para  la  organi- 
zación cívica  del  elemento  católico,  dirigiéndose  al  Comité  Eje- 
cutivo de  la  Unión  Católica  del  Uruguay,  decía  lo  siguiente: 
"  Comunico  a  usted  que  el  Consejo  Superior  de  los  Círculos 
Católicos  de  Obreros  se  ha  ocupado  de  la  actitud  que  le  corres- 
pondía adoptar  con  motivo  de  la  organización  cívica  de  los  ele- 
mentos católicos  proclamada  por  la  Unión  Católica,  y  que  en 
sesión  de.l  día  23  del  corriente,  ha  resuelto  lo  siguiente:  El 
Consejo  superior,  consecuente  con  sus  resoluciones  de  fecha  6 
de  diciembre  de  1907  y  20  del  que  rige,  declara  que  mira  con 
simpatía  la  organización  cívica  iniciada  por  la  Unión  Católica 
del  Uruguay;  resuelve,  en  consecuencia,  que  su  órgano  en  la 
prensa  — el  "Amigo  del  Obrero" —  la  apoye  y  prestigie;  ex- 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CÍVICA 


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horta  a  todos  sus  miembros  a  que,  en  cumplimiento  de  su  deber 
de  católicos,  secunden  con  patriótico  y  cristiano  entusiasmo  la 
acción  de  los  clubes  cívicos  y  traten  de  que  se  incorporen  a 
ellos  todos  sus  consocios  de  los  Círculos  Católicos  de  Obreros. 
Montevideo,  abril  23  de  1909.  -  Dios  guarde  a  usted  muchos 
años.  —  Luis  Pedro  Lenguas,  presidente;  Juan  Natalio  Qua- 
glioiti,  secretario." 

Esta  comunicación  la  he  leído,  porque  tiene  evidente  sig- 
nificado. Desde  luego,  los  Círculos  Católicos  de  Obreros,  que 
eran  los  organismos  de  hombres  más  importantes  existentes, 
y  en  donde,  en  rigor,  nació  el  propósito  de  la  organización 
cívica  de  los  católicos  — según  ya  lo  hemos  visto  en  las  clases 
anteriores —  resolvieron  apoyar  decididamente  la  organización 
que  la  Unión  Católica  diera  a  este  nuevo  género  de  acción, 
sin  intervenir  directamente,  colectivamente,  corporativamente, 
pero  estimulando  la  intervención  individual  de  cada  uno  de 
sus  asociados.  No  es  posible  olvidar  nunca  que  los  Círculos 
Católicos  de  Obreros  fueron  el  apoyo  inicial,  y  uno  de  los  más 
fuertes  apoyos  en  las  primeras  horas,  por  lo  menos,  de  la  or- 
ganización cívica.  Cosa  semejante  pasó  con  otras  entidades, 
con  la  Unión  Democrático  -  Cristiana,  con  los  Centros  de  Ju- 
ventud, que  vertiendo  sus  actividades  y  sus  esfuerzos  en  el 
molde  exigido  por  la  ley,  es  decir,  la  constitución  de  clubes 
seccionales  de  carácter  netamente  político,  estimularon  e  ini- 
ciaron la  organización  de  muchos  de  los  clubes  cívicos  en- 
tonces fundados. 

Me  ha  parecido  conveniente  esta  aclaración  previa,  porque 
como  muchos  de  nuestros  elementos  actuales  no  intervenían  en 
esas  épocas,  se  les  suelen  confundir  un  poco  los  recuerdos,  y 
las  ideas  y  las  nociones,  cuando  se  les  habla  de  la  Unión  Ca- 
tólica, de  la  organización  cívica  y  de  la  Unión  Cívica,  cuya 
organización  es  posterior. 

Esa  primera  etapa  que  se  inició  entonces,  fué  una  etapa 
totalmente  inorgánica.  Repito:  nació  el  impulso  en  el  seno  del 
Directorio  de  la  Unión  Católica;  la  Unión  Católica  no  tenía 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


una  estructura  adecuada,  adaptable  a  las  necesidades  de  la 
legislación  electoral.  Fué  necesario  improvisarla,  sin  remedio, 
para  que  la  acción  pudiera  prosperar.  La  acción  se  desarrolló 
más  bien  por  el  esfuerzo  y  por  la  espontánea  cooperación  de 
las  instituciones,  en  forma  individual,  no  en  forma  colectiva. 
El  peso  de  toda  la  organización  recayó  en  el  Comité  Ejecutivo 
de  la  acción  católica.  Era,  pues,  indispensable,  para  colocarse 
dentro  de  una  acción  electoral  contemplada  por  la  ley,  orga- 
nizar clubes  cívicos,  y  en  ese  sentido  se  estimuló  y  desarrolló 
su  primera  acción  de  propaganda;  que  se  organizaran  clubes 
cívicos.  No  bastaba  estimular  en  los  Círculos  o  en  los  Centros 
de  Juventud  o  en  la  Unión  Democrático-Cristiana,  el  desarrollo 
del  pensamiento  cívico  católico;  era  necesario  llevarlos  a  orga- 
nizarse en  forma  legal,  dentro  dé  cada  sección,  por  medio  de 
clubes  cívicos.  Sin  ello  no  tendrían  representación  en  las  mesas 
inscriptoras,  ni  en  las  mesas  receptoras  de  votos,  ni  delegados 
suficientemente  autorizados  como  para  hablar  en  su  nombre 
en  cualquiera  de  los  episodios  electorales. 

El  esfuerzo,  pues,  primero,  se  dedicó  a  formar  el  cuerpo 
orgánico  de  la  acción  cívica  nueva,  mediante  la  constitución 
de  clubes  cívicos.  En  esta  materia  — lo  vamos  a  ver  en  se- 
guida—  nos  ayudaron  enormemente  algunos  comités  parro- 
quiales de  la  Unión  Católica,  órganos  de  su  estructura  propia. 
Pero  la  adhesión  de  esas  entidades,  de  esos  núcleos,  se  hacía 
mediante  la  agregación  individual  de  sus  elementos,  y  no  me- 
diante la  actuación  colectiva  de  las  entidades. 

En  el  período  que  hemos  llamado  la  primera  etapa,  es 
decir,  desde  que  se  resolvió  organizar  los  elementos  cívicos 
católicos  en  1907  hasta  1910,  fecha  de  la  primera  elección  a 
que  concurrimos,  todo  el  esfuerzo  predominante  fué  hacer 
surgir  de  la  nada,  de  la  nada  absoluta,  es  decir,  de  la  no  exis- 
tencia, la  estructura  de  la  futura  acción  política. 

Cuando  pasadas  las  primeras  elecciones  a  que  concurrimos 
en  1910,  se  pensó  en  el  Cuarto  Congreso  de  1911,  en  crear  la 
Unión  Cívica,  podemos  decir  que  el  elemento  corporal,  o  sean 


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HISTORIA  DE  LA  UNION  CIVICA  71 

los  clubes  cívicos,  que  eran  sus  organismos  vitales,  ya  existían, 
y  no  se  luchó,  entonces,  con  la  dificultad  de  la  primera  hora, 
de  improvisar  todo,  porque,  en  rigor,  casi  todo  estaba  hecho. 
Cuando  en  el  Cuarto  Congreso  de  1911,  conjuntamente  con  la 
Unión  Cívica,  se  fundaron  la  Unión  Social  y  la  Unión  Eco- 
nómica, y  se  disolvió  la  vieja  Unión  Católica,  la  Unión  Cívica 
ya  existía  de  hecho,  constituida  con  organismos  departamen- 
tales y  seccionales,  en  todas  las  secciones  de  Montevideo  y  en 
todas  las  secciones  de  Canelones  y  algunas  de  los  demás  depar- 
tamentos del  interior.  Ahí  está  la  obra  de  romanos,  y  en 
donde  se  puso  a  prueba  la  constancia  y  la  perseverancia  en  el 
esfuerzo  que,  naturalmente,  no  fué  a  descubrir  valores  donde 
no  existían,  sino  a  ponerlos  a  la  luz  del  sol  donde  ya,  real- 
mente, existían  en  el  fondo. 

Por  eso  he  querido  que  las  conferencias  iniciales  nos  mos- 
traran el  estado  de  espíritu  de  la  causa  del  tiempo  atrás,  pro- 
picio estado  de  espíritu  para  que  esta  semilla  prendiera  en 
tierra  fecunda. 

Los  clubes  cívicos  dé  Montevideo,  como  digo,  se  desarro- 
llaron sucesivamente  en  el  período  de  los  primeros  meses  de 
-  1908  hasta  los  últimos  meses  de  1910,  vísperas  electorales.  La 
resolución  — recordaremos  una  vez  más —  era  de  diciembre 
de  1907;  es  decir,  que  esa  organización,  a  que  yo  estaba  ha- 
ciendo referencia,  no  se  dejó  esperar;  fué  casi  inmediata  e 
ininterrumpida,  hasta  las  vísperas  electorales. 

El  primer  club  cívico  de  Montevideo,  fué  el  club  "General 
Artigas",  de  la  7g  Sección.  Un  grupo  de  católicos  de  la  7° 
Sección  se  dirigió  al  Comité  Parroquial  de  la  Unión  Católica 
— estructura  antigua —  pidiéndole  autorización  para  fundar  el 
club  cívico.  La  trastienda  de  esos  primeros  pasos,  no  aparece 
en  la  documentación,  pero,  evidentemente,  fué  motivo  de  re- 
petidas y  numerosas  conferencias,  con  los  miembros  del  Co- 
mité Parroquial  y  con  los  iniciadores  del  movimiento  en  favor 
del  Club,  y  con  los  del  Centro  de  Jóvenes  del  Cordón.  Coope- 
raban entonces,  así,  como  he  explicado  antes,  entidades  viejas, 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


el  Comité  Parroquial,  el  Centro  de  Jóvenes,  con  sus  individuos, 
para  constituir  el  nuevo  organismo  indispensable:  el  club  cí- 
vico de  la  sección. 

El  Comité  Parroquial  del  Cordón,  que  presidía  don  Adolfo 
Isasa,  y  del  cual  era  Vice-presidente  don  Román  Lezama,  fué 
uno  de  los  grandes  motores  prácticos  del  primer  paso  de  la 
organización.  Acogió  inmediatamente  con  gran  entusiasmo  la 
iniciativa,  le  dió  curso,  pasó  la  solicitud  al  Comité  Ejecutivo 
de  la  Unión  Católica,  y  entonces  se  produjo  la  escena  de  que 
ya  antes  he  hablado:  el  Comité  Ejecutivo  de  la  Unión  Cató- 
lica, cuya  presidencia  yo  ejercía,  y  eran  miembros  los  doctores 
Hipólito  Gallinal,  Casara  villa,  Perea,  Lenguas,  Alejandro  Ga- 
llinal  y  el  doctor  Elbio  Fernández  como  Secretario,  cuando  se 
le  presentó  la  solicitud,  un  poco  sorpresiva,  se  quedó  con  una 
expresión  desconcertada.  "¿Pero,  un  club  cívico  dentro  de  la 
Unión  Católica?",  preguntaban.  Y  se  les  contestaba:  "¿Pero 
no  es  eso,  acaso,  lo  que.  nos  han  encomendado:  organizar  cívi- 
camente el  elemento  católico?  Y  si  hay  que  organizarlo,  y 
organizarlo  cívicamente,  ¿en  qué  otro  molde  será  posible  ha- 
cerlo, si  no  en  el  molde  legal,  con  el  organismo  que  la  ley 
reconoce,  en  cada  sección,  que  es  el  club  cívico?"  Y  entonces, 
la  proposición  fué  aceptada  y  aprobada. 

Esa  resolución  tuvo  mucha  importancia  ,porque  no  crean 
que  no  dejó  de  despertar  ciertas  suspicacias  en  algunos  ele- 
mentos. Cuando  apareció  la  primera  noticia  de  que  la  Unión 
Católica  había  autorizado  la  constitución  de  un  club  cívico, 
mucha  gente,  vacilante,  se  preguntó:  "¿Qué  es  lo  que  se  hace? 
¿Un  nuevo  partido  político?  ¿Quién  lo  ha  creado?  ¿Cómo  se 
llama?  ¿Cómo  se  gobierna?  ¿Qué  fin  tiene?"  Y,  sobre  todo: 
"¿Qué  relación  tiene  con  los  otros  partidos  tradicionales?" 
Problema  arduo,  como  que  no  fué  definido  en  el  primer  mo- 
mento. Lo  que  interesaba  era  que  la  costura  marchara;  no 
queríamos  discutir  el  primer  momento  en  que  se  enhebraba 
la  aguja.  Preferimos  que  los  hechos  dieran  la  sentencia  y  di- 
jeran la  palabra  definitiva.  Si  la  idea  marchaba,  si  había  la 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CIVICA 


73 


posibilidad  de  crear  un  organización,  los  hechos  serían  la  mejor 
respuesta;  si  el  asunto  fracasaba,  decididamente  era  excusado 
detenerse  a  deliberar,  antes  de  haber  hecho  algo. 

A  muchos  que  en  esa  época  preguntaban:  "¿Pero  no  te- 
nemos carta  orgánica,  todavía,  no  tenemos  programa,  no  tene- 
mos esto,  no  tenemos  aquello?"  yo  recuerdo  que,  como  una 
obsesión,  contestaba  siempre  esta  frase:  "Las  cosas,  se  hacen 
haciéndolas".  Y  así  se  creó  el  primer  club  cívico  de  la  Unión 
Católica,  patrocinado  por  el  Comité  Parroquial  del  Cordón. 

Yo  no  puedo  detenerme,  como  hubiera  sido  mi  deseo,  a 
historiar  minuciosamente  la  fundación  de  cada  club.  Eso,  por 
otra  parte,  está  en  el  libro,  "El  Civismo  Católico",  por  si  alguno 
quisiera  enterarse  de  ello,  con  más  detalles.  El  segundo  club 
cívico,  fué  el  "Constituyente  Larrobla",  de  la  15°  Sección.  Este 
club,  también  fué  patrocinado  y  propiciado  ante  el  Directorio 
por  el  Comité  del  Cordón,  y  por  el  Centro  de  Jóvenes  del 
Cordón.  Es  una  cosa  graciosa  e  interesante,  al  leer  las  firmas 
del  grupo  de  católicos  que  se  dirige  al  Comité  pidiendo  auto- 
rización para  formar  el  club  cívico,  encontrar  algunos  que  en- 
tonces eran  muy  jóvenes  — hoy  ya  no  lo  son — ;  que  entonces 
eran  jóvenes  católicos  de  la  parroquia  y  que  permanecen  to- 
davía; fervorosos  cívicos  y  que  todavía  lo  son.  Desgraciada- 
mente, hay  muchos  que  en  aquel  entonces  lo  fueron,  y  que 
hoy  ya  no  los  contamos  en  las  filas.  Pero  no  quiero  perso- 
nalizar en  este  momento.  De  modo  que  paso  a  otro  asunto. 

Quiero  hacer  notar  aquí,  sí,  que  en  ese  momento  era  tal 
el  espíritu  con  que  se  iniciaba  la  obra,  que  obtenía  una  per- 
fecta amalgama  de  todas  las  actividades:  el  profesional  y  el 
obrero,  el  laico  y  los  sacerdotes.  Casi  todos  los  sacerdotes  que 
actuaban  en  las  respectivas  parroquias,  nos  acompañaban  en 
ese  movimiento  inicial. 

No  puedo  dejar  de  leer  los  nombres  de  la  primera  Comisión 
del  club  cívico  de  la  7a  Sección  y  de  la  primera  Comisión  del 
club  cívico  de  la  15a.  De  la  7a  Sección:  Presidente,  Antonio 
Abella  y  Jourdán;  vicepresidente,  Floro  E.  Berruti;  secretarios, 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


bachiller  Tomás  Arrospide  y  Juan  Berterreche;  pro-secretarios, 
Luis  Zaffaroni  y  Juan  A.  Manzi;  tesorero,  Luis  Rebagliatti; 
vocales,  doctor  Luis  Barattini  y  Juan  E.  Mosca.  De  la  15?  Sec- 
ción: Presidente,  Cipriano  Semería;  vicepresidente,  Juan  Vá- 
rese; tesorero,  José  María  Pérez  Olivero;  secretarios,  Juan  José 
Fernández  Más  y  Juan  P.  Martínez  Gutiérrez;  vocales*  Fran- 
cisco Cochi,  Antonio  José  Beretta,  Santiago  Parodi  y  Alfredo 
Várela.  Más  tarde  fué  elegido  Presidente  de  este  club,  el  señor 
Francisco  Tosar,  y  como  vice,  Federico  Demartini  Morales  y 
como  vocal  Santiago  Graseni. 

El  tercer  club  cívico,  fué  el  "Francisco  Bauzá",  de  la  3? 
Sección.  Este  club  cívico  fué  patrocinado  y  propiciado,  en  su- 
gestiones ante  el  Directorio,  por  el  Comité  de  la  Unión  Cató- 
lica de  la  Parroquia  de  la  Aguada.  Los  primeros  nacieron  bajo 
el  patrocinio  de  la  Parroquia  del  Cordón,  por  su  Comité  Pa- 
rroquial de  la  Unión  Católica.  Este  lo  fué  por  el  Comité  de 
la  Aguada.  Los  cargos,  en  la  Asamblea  correspondiente,  se 
distribuyeron  así:  Presidente,  Luis  Pedro  Lenguas;  vice,  Tomás 
S.  Blanco;  secretario,  Alberto  Alonso;  tesorero,  Juan  Carlos 
Beramendi;  vocales,  Pablo  J.  Rochietti,  José  Bernasconi  y  Luis 
Antón.  Este  club  se  reorganizó  más  tarde,  quedando  consti- 
tuida su  Comisión  de  la  siguiente  manera:  Presidente,  Alberto 
Alonso;  vice,  J.  A.  Bernasconi;  secretario,  Alfonso  Solari;  teso- 
rero, Juan  C.  Beramendi;  vocales,  Pablo  Rochietti,  J.  Cánepa 
Franco  y  Gabriel  Monestier  (hijo).  • 

El  cuarto  club,  fué  el  "Mariano  Soler",  de  lalS?  Sección 
de  la  capital.  Este  club,  a  diferencia  de  los  otros  tres  anteriores, 
se  constituyó  por  generación  espontánea.  No  fué  patrocinado 
por  ningún  comité  parroquial  de  la  Unión  Católica.  Los  ve- 
cinos de  Pocitos,  previamente  complotados,  resolvieron  convo- 
car a  una  Asamblea  para  constituir  el  club  seccional.  Invita- 
ron para  ello  al  Comité  Ejecutivo  de  la  Unión  Católica,  quien, 
como  en  todas  las  asambleas,  se  hizo  representar,  y  eligió  su 
primera  Comisión  Directiva,  que  quedó  compuesta  de  la  si- 
guiente manera:  Presidente,  Damián  Vivas  Cerantes;  vice,  Do- 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


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roteo  García  Lagos;  secretario,  Justo  C.  Veres;  tesorero,  Félix 
Castillo;  vocales,  comandante  Antonio  Mendieta,  Constante  Fa- 
cello  (hijo),  Carlos  L.  Puig,  Sabino  Doldán,  Evaristo  A.  Gon- 
zález. Por  renuncia  del  doctor  Vives  Cerantes,  fué  elegido  más 
tarde  presidente  el  señor  Carlos  L.  Puig. 

El  quinto  club  cívico,  fué  el  club  de  la  12°  Sección,  del 
Reducto,  el  cual  fué  propiciado  y  patrocinado,  ante  el  Direc- 
torio de  la  Unión  Católica,  por  el  Comité  Parroquial  del  Re- 
ducto. Quedó  constituido  en  una  gran  Asamblea  — una  de  las 
mayores —  en  octubre  de  1908,  y  su  primera  Comisión  se  formó 
así:  Presidente,  Felipe  Venturino;  vicepresidente,  Pablo  Be- 
rrutti;  secretario,  Ciríaco  Santín;  pro-secretario,  Pablo  A.  La- 
baca;  tesorero,  Bernardo  Ardoguein;  vocales,  Carlos  Rossi,  Luis 
Firpo,  Santiago  Venturini  y  Dámaso  Puig. 

El  sexto  club,  fué  el  club  "Ituzaingó",  de  la  6a  Sección. 
Este  club  fué  patrocinado  y  propiciado,  no  por  ningún  comité 
de  la  Unión  Católica,  sino  por  la  Democracia  Cristiana.  La 
Democracia  Cristiana  había  sentado  sus  reales,  justamente,  en 
esa  sección.  Tenía  un  famoso  local  de  disputas  en  la  Avenida 
Rondeau,  en  donde  hicieron  sus  primeros  ensayos  muchos  de 
nuestros  grandes  católicos  de  la  hora,  como  Cayota,  pero  en 
donde  predominaba  la  figura  enérgica  del  Padre  Oyazbehere, 
que  era  Director  de  "El  Bien",  precisamente,  en  esos  tiempos. 
Este  club  quedó  constituido,  y  su  primera  Comisión  se  formó 
así:  Presidente,  Luis  A.  Pizzorno  Scarone;  vicepresidente,  Hi- 
lario Garayalde;  tesorero,  José  Notaroberto;  secretarios,  Luis 
Muzio  y  Jorge  R.  Bullessich;  vocales,  Ignacio  Arcos  Ferrand, 
S.  Morales  Herrera,  Juan  V.  Algorfa  y  Antonio  Garbarino. 

El  séptimo  club  — y  voy  a  abreviar  un  poco,  porque  temo 
ser  un  poco  fastidioso  en  estas  recordaciones —  fué  el  llamado 
"Unión  Católica",  de  la  9a  Sección,  es  decir,  de  Villa  Colón. 
También  este  club  se  constituyó  por  generación  espontánea, 
sin  ser  propiciado  ni  presentado,  a  la  aceptación  de  la  Unión 
Católica,  por  ningún  comité  ni  por  ninguna  institución  preexis- 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


tente.  Pero  fué  aceptado  de  plano,  porque  el  nido  donde  crecía, 
era  nada  menos  que  el  Colegio  Pío  de  Villa  Colón. 

El  octavo  club,  fué  el  club  "25  de  Agosto",  de  la  19?  Sec- 
ción. También  se  constituyó  por  un  grupo  de  correligionarios 
de  aquella  sección,  que  se  presentó  directamente  al  Directorio 
de  la  Unión  Católica,  citándola  para  asistir  a  la  Asamblea  de 
la  inauguración.  Y  tuvo  lugar  ésta,  eligiendo  su  primera  Co- 
misión de  la  siguiente  manera:  Presidente,  Carmelo  Carvallo 
Viñole;  vice,  Enrique  Tolosa;  secretario,  Rodolfo  Campos  Tu- 
rreiro;  pro-secretario,  Rodolfo  Vivas;  tesorero,  Manuel  Iglesias; 
pro-tesorero,  Vicente  Altieri;  vocales,  Juan  M.  Angelou,  An- 
tolín  M.  Urioste,  Edmundo  Conti,  Vicente  Ponce  de  León  (hijo). 
Muchos  de  estos  nombres,  cuando  yo  los  pronuncio,  para  la 
gente  un  poco  antigua,  les  dicen  muchas  cosas,  y  por  eso  no 
resisto  la  tentación  de  citarlos. 

El  noveno  club,  fué  el  "Zorrilla  de  San  Martín",  de  la  4° 
y  5°  Secciones,  que  también  se  constituyó  por  convocatoria  de 
un  grupo  de  correligionarios  de  aquella  sección,  que  se  pre- 
sentaron a  la  Unión  Católica.  Se  realizó  la  Asamblea  corres- 
pondiente — asamblea  siempre  pública,  nunca  la  organización 
cívica  católica  se  apartó  de  las  normas  enteramente  democrá- 
ticas—  y  allí  se  eligió  la  primera  Comisión,  en  la  siguiente 
forma:  Presidente,  Francisco  J.  González;  vicepresidente,  An- 
tonio Parodi;  secretario,  Carlos  M.  García;  tesorero,  Jaime 
Rius;  vocales,  Enrique  Rius,  Juan  F.  Compaloniere,  Luis  Irizar. 

El  décimo  club,  fué  el  "Libertad  o  Muerte",  de  la  llq  Sec- 
ción. Como  el  club  de  la  9°  Sección,  Villa  Colón,  el  club  de 
la  11a  Sección,  pasando  la  Unión,  nació  por  generación  espon- 
tánea. Se  presentó  a  la  Unión  Católica  pidiendo  autorización 
para  incorporarse  a  ella,  sin  ser  especialmente  patrocinado,  pero 
la  sede  era  nada  menos  que  el  Colegio  de  Manga,  y  aquí,  de 
paso,  quiero  subrayar  cómo  nos  ayudaron,  desde  el  primer 
momento,  los  centros  donde  se  educaban  los  alumnos  salesianos. 

El  undécimo  club,  fué  el  "Agraciada",  de  la  14  Sección, 
también  constituido  en  forma  espontánea,  y  su  primera  Co- 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


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misión  se  constituyó  así:  Presidente,  Eleuterio  Ramos  Varan- 
got;  vicepresidente,  Román  Lezama;  tesorero,  Pedro  A.  Ber- 
nasconi;  secretario  1°,  Plácido  Juan  Vendrell;  secretario  2°, 
Luis  Eusserbauer;  vocales,  Juan  A.  Firpo,  Pedro  Baccino,  Es- 
teban Formento;  secretario  1°,  José  Julio  Balparda;  secretario 
2p,  Antonio  A.  Crestanello;  vocales,  Marcos  Lezama  Muñoz, 
Antonio  Greppo  (hijo),  Carlos  Heuguerot,  Angel  Banchero. 

Estos  fueron  los  clubes  que  se  pudieron  organizar  antes 
de  las  elecciones  de  1910.  Como  ustedes  ven,  el  esfuerzo  inicial 
no  alcanzó  a  dotar  de  clubes  cívicos  a  todas  las  secciones  de 
Montevideo.  El  vacío,  fué  llenado  por  Comisiones  Especiales, 
nombradas  directamente  por  el  Comité  Ejecutivo. 

Simultáneamente  con  este  movimiento  de  organización  en 
la  capital,  se  atendía  el  movimiento  correspondiente  al  interior, 
y  así  nació  el  club  en  Durazno,  presidido  por  Francisco  Torre- 
grosa,  y  siendo  secretario  del  mismo  don  Pedro  G.  Giordano, 
cuya  disolución  se  produjo  antes  de  las  elecciones  de  1910.  Y  el 
club  de  Flores,  cuya  actividad  fué  especialmente  ejemplar  desde 
la  primera  hora  hasta  la  última,  realizando  innúmeras  asam- 
bleas, de  toda  especie,  con  un  entusiasmo  sin  igual,  dejando 
en  la  historia  de  la  organización  cívica  católica,  el  más  grato 
e  imborrable  recuerdo.  A  todas  esas  asambleas,  las  animaba 
con  su  espíritu  orgnizador  y  decidido,  el  entonces  Cura  Párroco 
Presbítero  Angel  Navea,  y  a  todas  esas  asambleas,  muchas 
veces  preparadas  desde  la  capital,  se  enviaban  inevitablemente 
sus  delegados,  perturbándoles,  en  ciertas  ocasiones,  jornadas 
enteras,  dedicadas  al  estudio  y  a  la  preparación  de  sus  exá- 
menes, para  que  fueran  a  representar  la  nueva  organización 
en  esos  pedazos  de  nuestro  querido  territorio.  El  doctor  Can- 
zani,  recordará  cuántas  veces  yo  lo  fui  a  buscar  a  la  casa, 
pidiéndole  que  ejerciera  nuestra  representación. 

Y  además  de  Durazno  y  de  Flores,  y  de  Minas,  se  obtuvo 
la  organización  del  clubes  seccionales  en  todas  las  secciones  de 
Canelones.  No  voy  a  repetir  la  revisación  que  acabo  de  hacer 
dentro  de  la  capital,  para  no  ser  demasiado  extenso,  recomen- 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


dando,  una  vez  más,  la  historia  de  la  organización,  de  la  es- 
tructura de  la  acción  cívica,  que  puede  leerse  con  toda  exac- 
titud en  esta  memoria,  llamada  "El  Civismo  Católico". 

Ello  quiere  decir,  que  durante  los  tres  años  de  organiza- 
ción, 1908,  1909  y  1910,  la  labor  permanente,  esforzada  e  infa- 
tigable, pudo  crear  el  cuerpo  organizado  de  una  nueva  entidad 
política,  venciendo  innúmeras  dificultades,  hasta  donde  fué 
posible  hacerlo. 

Y  se  acercaba,  entonces  — pasamos  a  un  segundo  punto  de 
la  disertación  de  hoy —  el  acto  electoral  de  1910.  Las  elecciones 
debían  realizarse  en  noviembre  de  ese  año.  Fué  un  año  de 
grandes  perturbaciones  de  orden  político  general.  Al  comienzo 
del  año,  el  Partido  Nacional  y  el  Partido  Colorado  se  dispo- 
nían a  ir  a  las  urnas,  sobre  la  base  de  una  reforma  electoral, 
mejorando  el  antiguo  régimen  de  mayorías  y  minorías,  pero 
rechazando  las  mociones  formuladas  en  la  discusión  para  la 
implantación  del  régimen  proporcional. 

Fué  una  gran  decepción  para  nuestra  obra  que,  desde  el 
primer  momento  — la  primera  palabra  de  la  nueva  organiza- 
ción cívica —  fué  la  de  pedir  la  reforma  electoral,  la  represen- 
tación prooprcional,  como  lo  hemos  dicho  en  las  clases  ante- 
riores; propaganda  continua,  que  se  produjo  ante  el  Parla- 
mento y  en  asambleas  populares  y  en  la  prensa  y  por  todos 
los  medios  de  propaganda  posibles.  Por  dos  veces.el  Directorio 
de  la  Unión  Católica,  se  presentó  a  las  Cámaras,  pidiendo  y 
fundando  la  implantación  de  la  representación  proporcional, 
y  al  discutirse,  en  los  comienzos  del  año  1910,  la  reforma  de 
la  ley  electoral,  se  abrigaban  esperanzas  de  que  esa  solicitud 
tan  justa  fuera  atendida.  Pero  se  reformó  la  ley,  y  la  repre- 
sentación proporcional  no  salió  de  un  propósito. 

Entonces  se  planteó  en  las  altas  autoridades  de  la  Unión 
Católica,  en  el  propio  seno  del  Comité  Ejecutivo,  la  duda  de 
si  era  conveniente  continuar  el  esfuerzo  realizado.  Fracasado 
el  propósito  de  la  reforma  electoral,  cerradas  las  puertas  a  los 
partidos  que  no  eran  blanco  o  colorado,  por  ministerio  de  la 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


79 


ley,  para  ir  al  Parlamento,  ¿valía  la  pena  continuar  con  ese 
esfuerzo?  Y  aquel  optimismo  de  las  primeras  horas,  fué  mer- 
mando, y  llegaron  muchos,  que  no  habían  alcanzado  a  sentirse 
totalmente  dominados  por  el  idealismo  de  la  nueva  obra,  al 
desaliento  completo. 

Preparando,  pues,  los  partidos  tradicionales  la  campaña  de 
pse  año,  se  constituyeron  comités,  a  los  cuales,  muchos  cató- 
licos no  creyeron  del  caso  negarles  su  concurso,  blancos  y  co- 
lorados, restándoles,  por  consiguiente,  elementos  cooperadores 
de  nuestro  propio  esfuerzo.  A  tal  punto,  que  una  de  las  crisis 
graves  sufridas  en  sus  comienzos,  por  la  organización  cívica, 
fué  esa:  el  desmembramiento  del  primitivo  Comité  Ejecutivo 
de  la  Unión  Católica.  Tres  de  nuestros  más  ilustres  compañe- 
ros, el  doctor  Hipólito  Gallinal,  el  doctor  Jacinto  Casaravilla 
y  el  doctor  Alejandro  Gallinal,  creyeron  del  caso  incorporarse 
al  movimiento  político  de  su  partido,  al  cual  ellos  no  habían 
querido  renunciar  nunca.  Y  un  buen  día  en  vísperas  de  reunión 
del  Ejecutivo,  me  entero  de  que  habían  aceptado  cargos  en  un 
comité.  Insubordinándome  contra  canas,  siempre  respetables 
— en  ese  tiempo  yo  no  las  tenía — . . . 

(Hilaridad) 

—  ...siendo  un  joven  de  veintinueve  años,  frente  a  vene- 
rables figuras  de  nuestra  causa,  yo  no  sé  qué  movimiento  ve- 
nido de  lo  más  íntimo,  me  llevó  a  decirles:  "Esto  no  es  po- 
sible; o  en  la  Unión  Católica,  o  en  el  Partido  Nacional". 

— Y  me  decían:  "No;  es  que  ya  no  tiene  razón  de  ser  el 
movimiento  de  la  Unión  Católica".  "Para  mí,  sí",  les- contes- 
taba. "Si  muchos  opinan  como  ustedes,  quedaré  solo  y  deja- 
remos. Pero  si  algunos  nos  acompañan,  seguiremos".  Y  eso 
provocó,  como  es  lógico,  la  renuncia  de  estos  tres  buenos  com- 
pañeros, que  tanto  nos  habían  ayudado,  dejando  un  gran  vacío 
en  la  organización  que  estaba  en  sus  albores. 

Quedaron  en  el  Comité  el  doctor  Lenguas,  el  doctor  Perea, 
y  el  doctor  Fernández.  Había  que  llenar  tres  dolorosas  va- 
cantes. Nos  acompañaron  y  aceptaron  llenar  ese  vacío,  el  doctor 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


Carlos  Ferrés,  el  doctor  Antonio  J.  Harán  y  don  Adolfo  Isasa, 
y  el  Comité  quedó  de  nuevo  completo. 

Pero  ese  año  1910,  era  verdaderamente  fatídico.  Partido 
Colorado  y  Partido  Nacional  unidos  — entonces  no  existían 
tantos  sectores  como  hoy —  ilusionados  con  la  reciente  reforma 
electoral,  se  disponían,  decididamente,  a  concurrir  a  las  urnas, 
y  nos  disponíamos  nosotros  también,  que  no  teníamos  entrada 
por  la  ley. 

Pero  ocurrió  lo  que  no  se  preveía:  casi  en  vísperas  de 
elecciones,  un  Jefe  Político  de  uno  de  los  departamento  fron- 
terizos, Abelardo  Márquez,  se  levanta  en  armas  y  provoca  una 
nueva  revolución,  como  las  que  se  habían  producido  en  1903 
y  1904.  Era  el  problema  de  las  urbanas.  Se  había  dividido  el 
país  en  tantas  jefaturas  para  un  partido  y  tantas  para  otro, 
como  consecuencia  de  los  pactos  celebrados  después  de  1903 
y  1904,  entre  el  Presidente  Batlle  y  Saravia.  Y  cada  jefatura 
tenía  sus  fuerzas,  que  llamaban  urbanas.  Cuando  una  fuerza 
que  no  era  del  departamento  de  Rivera,  quiso  entrar  en  él,  por 
disposición  de  Batlle,  Abelardo  Márquez,  con  sus  fuerzas  ur- 
banas, se  levantó  en  armas,  y  provocó  lo  que  se  llamó  una 
chirinada,  porque  ni  siquiera  llegó  a  ser  una  revolución. 

No  lo  fué,  efectivamente,  en  el  orden  militar,  pero  lo  fué 
en  el  orden  electoral.  Porque,  acalladas  las  armas,  dominado 
el  movimiento,  el  Partido  Nacional  se  dividió,  la  mitad,  en  abs- 
tencionistas, a  título  de  que  la  chirinada  les  había  impedido 
organizarse,  y  la  otra  mitad,  empeñados  en  concurrir  a  las 
urnas.  Yo  recuerdo  perfectamente,  las  sesiones  que  se  reali- 
zaban en  la  sede  del  Partido  Nacional,  en  la  calle  25  y  Treinta 
y  Tres.  Algunas  muy  acaloradas,  pero,  en  definitiva,  no  ha- 
biendo discordia,  el  Partido  Nacional  resolvió  la  abstención. 

Entonces,  se  presentó  esta  situación  curiosa  para  la  orga- 
nización cívica:  frente  al  Partido  Colorado,  quedaba  como  única 
fuerza  política,  la  acción  cívica  católica.  La  posibilidad  legal 
existía  de  tener  representación.  Pero  fué  tal  la  campaña  que 
se  hizo  contra  la  organización  cívica,  de  que  aprovechábamos 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


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la  situación  favorable,  que  no  hubo  cosa  omitida  para  decirla. 
Todo  el  vocabulario,  con  todas  las  sílabas  y  todas  las  letras  del 
alfabeto,  cayeron  sobre  nuestra  organización  cívica.  Y  los  ata- 
ques más  horrorosos,  no  venían  de  afuera  — que  siempre  hay 
que  esperarlos —  sino  de  adentro,  con  lo  que  era  doblemente 
dolorosa  la  situación  en  que  nos  encontrábamos. 

Pero  ni  siquiera  nos  dieron  el  gusto,  porque  veinte  y  tantos 
días  antes  de  las  elecciones,  se  organizó  un  Comité,  sin  partido, 
que  se  llamó  el  Comité  de  la  Unión  Liberal-Socialista,  y  pre- 
sentó a  la  Junta  Electoral,  como  lo  disponía  la  ley  entonces, 
una  lista  encabezada  por  el  doctor  Pedro  Díaz  en  representa- 
ción de  los  liberales,  y  en  segundo  término  por  el  doctor  Emi- 
lio Frugoni,  en  representación  de  los  socialistas.  Y  esa  lista, 
sin  clubes,  sin  organización  previa,  sin  diario,  contaba  con  votos 
sobrantes  — exacta  realidad  de  las  cosas —  del  Partido  Colo- 
rado, especialmente  del  club  de  la  7?  Sección,  que  dirigía  el 
entonces  caudillo  de  la  localidad  doctor  Pedro  Manini  Ríos, 
y  obtuvo  la  minoría  necesaria  para  sacar  dos  diputados  en  re- 
presentación de  las  fuerzas  no  coloradas. 

En  esa  situación  es  donde,  según  mis  recuerdos,  he  visto 
más  comprometida  la  iniciativa  que  surgió  en  diciembre  de 
1907.  No  por  las  dificultades  a  vencer,  que  siempre  las  cono- 
cimos y  contemplamos,  sino  por  el  género  de  dificultades:  la 
división  entre  los  que  habían  iniciado  la  obra  de  la  organi- 
zación cívica. 

Ustedes  me  van  a  permitir  leer  — aunque  sea  un  poco  largo, 
pero  me  duele  mutilarlo —  el  manifestó  con  que  el  nuevo  Co- 
mité integrado,  afrontó  la  realidad  de  la  hora. 

Dice  así:  "Como  antes  se  ha  dicho,  la  Unión  Católica,  du- 
rante el  desenvolvimiento  de  su  acción  cívica,  no  creyó  indis- 
pensable decretar  primero,  y  ante  todo,  el  régimen  de  su  or- 
ganización, por  medio  de  fórmulas  frías  y  generalmente  impre- 
visoras. Considerando  con  acierto,  que  las  obras  no  se  crean 
por  la  fuerza  de  las  pragmáticas  y  estatutos  escritos,  sino  por 
la  intensidad  de  acción  y  actividad  de  los  hombres,  creyó  más 


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conveniente,  desde  un  principio,  dejar  al  Comité  Ejecutivo  una 
amplia  libertad  de  acción  para  el  cumplimiento  y  realización 
de  sus  aspiraciones.  Por  eso  el  Directorio,  en  resolución  de 
11  de  diciembre  de  1907,  se  limitó  a  decretar  la  organización 
cívica  de  los  católicos,  delegando  en  el  Comité  ejecutivo  am- 
plias facultades  para  ello,  sin  que,  en  esa  oportunidad,  ni  tam- 
poco después,  como  lo  hemos  indicado,  creyera  necesario  re- 
formar o  ampliar  antes  sus  estatutos.  En  cuanto  a  las  facul- 
tades del  Directorio  para  tomar  una  resolución  de  esa  natu- 
raleza, cosa  esa  que  nunca  le  fué  discutida,  y  sí  muchas  veces 
reconocida.  Las  funciones  cívicas  de  la  Unión  Católica  estaban 
en  las  sesiones  del  3er.  Congreso  Católico  de  1900.  Las  reso- 
luciones tomadas  en  1905  y  1906  por  el  Directorio,  referentes 
a  la  acción  cívica,  y  que  por  razones  extrañas  no  llegaron  en- 
tonces a  ejecutarse,  significaban  ya  algo  más;  pues  revelaban  la 
capacidad,  la  competencia  y  la  disposición  para  encarnar  aquel 
espíritu  en  la  realidad  de  las  cosas,  dentro  de  la  Unión  Cató- 
lica constituida.  Ese  mismo  reconocimiento  explícito  se  trans- 
parenta  en  la  resolución  del  Consejo  Superior  de  los  Círculos 
Católicos  de  Obreros,  de  6  de  diciembre  de  1907,  al  someter 
a  la  Unión  Católica  su  propósito  de  iniciar  la  organización  cí- 
vica. Pero  Si  todos  estos  antecedentes  pudieran  dejar  en  pie 
alguna  duda,  la  aprobación  y  bendición  expresa  del  Prelado, 
que  había  sido  su  fundador,  en  su  memorable  carta  de  16  de 
diciembre  de  1907,  y  el  asentimiento  unánime  de  todos  los  ca- 
tólicos e  instituciones  de  más  prestigio  del  país,  demuestran  la 
legitimidad,  y  algo  más,  la  oportunidad  feliz  de  la  resolución 
que  tomó  el  Directorio.  ,  Para  contemplar  las  nuevas  necesi- 
dades creadas  por  la  organización  cívica,  el  Directorio  se  limitó 
a  tomar  resoluciones  aisladas  y  generales,  a  medida  que  lo 
creyó  conveniente.  La  carta  orgánica  general  proyectada,  no 
llegó  nunca  a  aprobarse  por  el  Directorio;  pero  los  clubes  sec- 
cionales tuvieron  su  Reglamento  complementario  que  les  sirvió 
de  norma  durante  su  actuación.  No  de  otro  modo  procedió  el 
Directorio  en  la  definición  de  sus  rumbos  y  tendencias.  La 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


83 


Unión  Católica  no  inició  su  acción  al  ruido  altisonante  de  pro- 
gramas y  manifiestos,  con  extensas  declaraciones  de  principios. 
Por  el  contrario,  en  su  primera  circular  de  2  de  mayo  de  1908, 
se  limitó  a  exponer  someramente  que  no  pretendía  dar  por 
constituido  un  nuevo  partido  político,  ni  exigir  de  los  ciuda- 
danos afiliados  a  los  partidos  tradicionales,  el  abandono  de  sus 
afecciones,  porque  no  había  llegado  la  hora  de  esas  resolucio- 
nes radicales,  ni  eran  esas  las  exigencias  de  aquellos  momentos. 
La  obra  que  nos  proponemos,  decía  entonces  el  Comité  eje- 
cutivo, no  es  sólo  del  momento;  es  una  obra  cuyos  frutos  reco- 
gerán tal  vez  otros;  pero  se  había  cumplido  siempre  un  deber 
superior,  no  encerrándose  los  afiliados  a  nuestro  credo,  ni  en 
un  egoísmo  estrecho,  ni  en  una  labor  oscura,  frente  a  los  males 
que  afectan  fundamentalmente  el  porvenir  de  la  República. 
La  obra  fué  lentamente  naciendo  y  adquiriendo  su  fisonomía 
propia,  a  medida  que  fueron  surgiendo  los  clubes  cívicos  sec- 
cionales y  que' los  católicos,  de  todos  los  campos,  se  fueron 
inscribiendo  en  sus  registros.  Entonces  fué  necesario  precisar 
y  concretar  los  rumbos  y  tendencias;  y  con  tal  motivo,  unáni- 
memente votada  por  el  Directorio,  apareció  la  circular  de  21 
de  abril  de  1910,  que  representa,  en  los  anales  del  civismo  ca- 
tólico, el  primer  programa  mínimo,  la  primera  modesta  bandera 
de  la  nueva  organización  política.  Ese  documento  decía  así: 
«Circular:  Aproximándose  el  período  de  la  lucha  electoral  en 
la  república,  el  Directorio  cree  llegado  el  momento  de  hacer 
públicamente  algunas  declaraciones  acerca  de  los  fines  que 
persigue  en  su  acción  cívica,  complementando  de  esa  suerte  sus 
anteriores  circulares.  Como  se  recordará,  a  raíz  de  las  elec- 
ciones generales  de  1907,  el  Directorio  resolvió  proceder  a  la 
organización  cívica  de  los  elementos  católicos  del  país,  dele- 
gando en  el  Comité  ejecutivo,  que  acababa  de  constituirse,  las 
más  amplias  facultades  para  llevarla  a  cabo.  Sometida  esa  ini- 
ciativa a  la  consideración  de  nuestro  inolvidable  Arzobispo 
Monseñor  Mariano  Soler,  este  dignísimo  Prelado  dirigió  a  la 
Unión  Católica  la  memorable  carta  de  16  de  diciembre  de  1907, 


84 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


que  guardamos  como  un  tesoro,  en  la  que  declaraba  que  "como 
Prelado  y  como  ciudadano,  bendecía  y  aplaudía  tan  viril  y 
trascendental  resolución",  considerando  que  "los  comicios,  así 
como  la  prensa,  eran  en  la  hora  presente,  la  gran  esperanza 
para  la  santa  causa".  Simultánemente,  el  Directorio  recibía  de 
casi  todos  los  lugares  y  centros  católicos  de  la  república,  las 
más  entusiastas  y  decididas  voces  de  adhesión,  consagrándose 
de  esa  manera,  como  en  un  espontáneo  plesbicito,  la  resolución 
acordada.  Contando  con  la  aprobación  del  Prelado  y  con  el 
estímulo  de  esas  adhesiones,  que  ofrecían  una  perspectiva  fe- 
cunda, la  Unión  Católica  entró  de  lleno  a  la  acción,  con  todos 
los  recursos  que  las  circunstancias  pusieron  a  su  alcance.  Sus 
primeras  atenciones  tuvieron  que  dedicarse  forzosamente  a  la 
propaganda.  La  organización  cívica  de  los  católicos  y  su  in- 
tervención en  el  movimiento  político  del  país,  constituía  una 
verdadera  novedad,  hasta  entonces,  en  el  escenario  nacional; 
de  suerte  que  era  necesario  comenzar  por  difundir  y  sembrar 
la  idea,  disponiéndose,  al  mismo  tiempo,  a  no  desperdiciar  el 
fruto,  a  medida  que  fuera  surgiendo.  Con  motivo  de  la  aper- 
tura de  los  Registros  Cívicos,  en  los  primeros  meses  de  cons- 
tituido el  Comité  ejecutivo,  fué  sometida  a  la  consideración  del 
Directorio,  y  aprobada,  la  primera  circular  de  2  de  mayo  de 
1908,  estimulando  a  los  católicos  a  inscribirse.  En  aquellos 
primeros  momentos  embrionarios,  en  que  la  organización  cívica 
era  más  un  generoso  propósito  que  un  hecho  palpable,  la  Unión 
Católica  perfiló,  sin  embargo,  su  tendencia,  declarando  que, 
con  la  resolución  adoptada,  se  proponía  conseguir  que  los  ca- 
tólicas actuaran  directamente  sobre  la  marcha  de  los  sucesos, 
interviniendo  en  el  movimiento  político  del  país,  y  manifes- 
tando al  mismo  tiempo,  que  "la  acción  de  nuestros  correligio- 
narios debía  tender  primordialmente  a  que  se  consagrase  de 
una  vez  la  verdad  del  sufragio,  por  medio  de  una  ley  propor- 
cional, a  fin  de  conseguir,  por  ese  medio,  una  representación 
legítima  y  privativa".  El  Directorio  no  pretendió,  ni  se  creyó 
con  facultades  para  dar  por  constituido  un  nuevo  partido  po- 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CÍVICA 


85 


lítico,  imponiendo  a  todos  los  católicos  que  se  agrupasen  en 
sus  filas  y  dejasen  de  militar  en  los  partidos  tradicionales.  Por 
eso  se  limitó  a  aplicar  a  nuestra  situación  los  consejos  e  ins- 
trucciones del  Soberano  Pontífice  a  otros  países  de  condición 
política  semejante,  tratando  de  que  todos  los  católicos  propen- 
dieran en  su  actuación  pública,  al  triunfo  de  sus  principios. 
Pero  aquel  generoso  propósito  del  Directorio,  no  tardó  en  con- 
vertirse en  una  viviente  realidad.  El  4  de  julio  del908,  un  im- 
portante núcleo  de  católicos  de  una  de  las  secciones  de  la  ca- 
pital, pidió  autorización  para  constitur  un  club  cívico  católico. 
El  Directorio  concedió  con  vivas  simpatías  la  autorización  soli- 
citada, y  surgió  entonces  el  primer  núcleo  del  organismo  que 
se  deseaba  formar.  Tras  este  primer  núcleo,  surgieron  espon- 
tánea y  sucesivamente  otros  núcleos,  en  la  misma  capital  y 
en  los  departamentos  de  Durazno,  Flores  y  Canelones,  tendién- 
dose así  lentamente,  la  red  de  nuestros  centros  de  actividad 
democrática.  Desde  ese  momento,  la  Unión  Católica  encontró 
sus  más  ricas  energías  en  proteger  y  vigorizar  esos  clubes  cí- 
vicos, en  cuyas  reuniones  y  asambleas,  y  poniéndose  en  con- 
tacto frecuente  con  todos  esos  elementos,  pudo  apreciarse  la 
espontaneidad  y  sinceridad  con  que  los  católicos  acudían  al 
llamado,  olvidando  unos  sus  divisas  tradicionales,  e  ingresando 
muchos  otros,  nacionales  y  extranjeros,  en  las  actividades  po- 
líticas, por  primera  vez  en  la  vida,  ante  el  solo  estímulo  de 
defender  su  religión  y  su  bandera.  Es  preciso  declararlo  con 
toda  justicia.  Los  frutos  de  esta  campaña,  han  sobrepasado  en 
mucho  a  las  presunciones  más  halagüeñas  de  los  primeros  ins- 
tantes; y  ese  resultado  se  ha  obtenido,  no  tanto  por  efecto  de 
la  labor  que  aún  puede  producir  mucho  más,  sino  por  la  ad- 
hesión espontánea  del  numeroso  elemento  católico,  alejado  en 
gran  parte  de  la  política,  falto  de  estímulos  para  actuar  con 
entusiasmo.  La  legislación  electoral,  que  sólo  concede  repre- 
sentación a  dos  partidos,  ha  sido  siempre  una  rémora  en  este 
sentido.  La  Unión  Católica  pesó  esa  dificultad,  y  no  vaciló,  no 
obstante,  en  emprender  su  marcha.  Pero  convencida  una  vez 


86 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


más,  de  la  eficacia  creciente  de  su  acción  se  presentó  al  Cuerpo 
Legislativo,  reclamando  una  amplia  reforma  de  las  leyes  vi- 
gentes, que  tarde  o  temprano  se  producirá,  porque  ese  vital 
problema  está  sobre  el  tapete,  y  no  podrá  resolverse  definitiva- 
mente mientras  no  se  dé  justa  satisfacción  a  esa  legítima  pre- 
tensión nacional.  En  su  primera  circular  afirmaba  la  Unión 
Católica  que.  la  obra  que  se  proponía  no  era  una  obra  del  mo- 
mento, sino  una  iniciativa  cuyos  frutos  era  preciso  recoger  len- 
tamente; que  su  principal  deseo  era  estimular  a  sus  correligio- 
narios "  al  cumplimiento  de  un  deber  superior,  no  encerrándose, 
ni  en  un  egoísmo  estrecho,  ni  en  una  labor  oscura,  frente  a  los 
males  que  afectan  fundamentalmente  el  porvenir  de  la  repú- 
blica". No  es,  pues,  el  éxito  inmediato  lo  que  ha  debido,  ni 
debe  halagarnos,  como  no  debe  desalentarnos  tampoco  el  cons- 
traste.  Una  causa  que  aporta  al  civismo  nacional  una  bandera 
superior  y  eterna  como  la  nuestra,  y  que  funda  su  fuerza  y 
virtud  y  fuerza  moral  de  cada  uno  de  los  numerosos  servido- 
res que  la  han  comprendido  y  la  han  abrazado  ya  con  entu- 
siasmo, puede  laborar  sin  descanso  y  esperar,  los  ojos  puestos 
en  la  serenidad  de  la  consciencia,  que  el  rocío  del  cielo  haga 
fructificar  y  bendiga  el  fruto  suspirado.  Todo  lo  que  puede  exi- 
girse al  Directorio,  en  tales  condiciones,  es  que  procediendo 
con  una  firmeza  y  discreción  insospechable  trate  de  impñmir 
a  esa  acción  patriótica  una  dirección  prudente  y  acertada,  pro- 
curando desenvolver  y  consolidar  la  tendencia  inicial,  a  medida 
que  las  circunstancias  lo  aconsejen,  para  que  esa  obra,  que  con- 
grega ya  gran  parte  de  nuestras  mejores  energías,  lejos  de 
detenerse,  siga  su  marcha  progresiva,  acortando  así  día  a  día, 
el  advenimiento  de  tiempos  más  seguros  y  prósperos  para  la 
religión  y  la  patria.  Debemos  estar  persuadidos,  cada  vez  más, 
de  que  con  esta  campaña  de  regeneración  política,  prestamos 
un  grandísimo  y  doble  servicio  a  nuestro  país.  El  programa  que 
nos  guía,  no  es  necesario  desenvolverlo,  porque  está  conden- 
sado  en  nuestro  sólo  nombre  de  católicos,  y  en  nuestra  firme 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CIVICA 


87 


resolución  de  propender,  por  los  medios  legítimos,  al  bien- 
estar moral  y  material  del  pueblo  de  la  República.  El  prin- 
cipio que  nos  congrega,  no  necesita  enmascararse  para  recla- 
mar un  puesto  en  el  campo  de  las  actividades  democráticas; 
porque,  como  ningún  otro,  puede  enorgullecerse,  a  justo  tí- 
tulo, no  sólo  de  haber  mecido  en  la  cuna  a  la  civilización 
del  mundo  cristiano,  sino  de  llevar  en  su  seno,  como  fecundi- 
dad perenne  e  inagotable,  la  savia  que  ha  de  nutrir  constan- 
temente todos  los  progresos  morales  y  materiales  de  las  socie- 
dades modernas.  A  la  corriente  anticristiana  que  se  ha  des- 
encadenado desde  la  altura,  contra  nuestros  ideales,  es  nece- 
sario oponer  la  valla  de  nuestra  actividad  y  de  nuestra  organiza- 
ción, en  todos  los  terrenos,  y  especialmente  en  el  del  sufra- 
gio, para  contrarrestar  los  ataques  que  se  nos  dirigen,  hiriendo 
nuestros  intereses  con  leyes  hostiles  y  contrarias  al  bien  moral 
y  material  que  deseamos  a  nuestra  patria.  La  indolencia,  que 
nqs  ha  traído  indefensos  al  punto  en  que  nos  encontramos, 
comienza  a  disiparse.  Ya  no  son  pocos  los  que  acuden  dis- 
puestos a  servir  con  entusiasmo  esta  causa,  nacional  por  ex- 
celencia, de  cuyo  desenvolvimiento  firme  y  constante,  sólo 
puede  esperar  la  República  frutos  de  paz,  de  orden  y  de  re- 
generación social  y  política.  A  la  luz  de  estas  consideraciones, 
incumbe  al  Directorio  exponer  ahora  sus  tendencias,  a  esta 
altura  de  nuestro  desenvolvimiento,  para  esclarecer  algunas 
dudas  que  podrían  perjudicar  a  la  noble  causa  que  defendemos, 
e  imprimir  rumbos  definidos  a  los  núcleos  que  la  acción  y  la 
propaganda  han  agrupado  a  su  alrededor;  sin  perjuicio  de  que 
estas  manifestaciones  puedan  ser  a  su  vez  complementadas 
mañana,  a  medida  que  las  circunstancias  lo  exijan.  Cum- 
pliendo pues,  con  ese  deber,  el  Directorio  viene  a  hacer,  des- 
pués de  maduro  estudio  y  consulta,  las  siguientes  declaraciones 
a  las  que  se  deberá  a  justar  fielmente  el  desarrollo  de  sus  acti- 
vidades cívicas. 

1)  El  Directorio  ratifica  y  conforma  la  obra  de  la  organi- 
zación cívica  de  los  católicos,  por  considerarla  una  gran  espe- 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


ranza  para  la  religión  y  la  patria,  y  entiende  que,  de  hecho,  la 
agrupación  de  ciudadanos  incorporados,  en  la  capital  y  en  al- 
gunos departamentos,  a  los  clubes  cívicos  de  la  Unión  Catóiica 
del  Uruguay,  constituye  un  organismo  político,  independiente 
de  cualquier  otro  partido,  y  suficientemente  definido,  para  que 
los  católicos  puedan  ejercer,  como  tales,  sus  derechos  y  actuar 
en  los  comicios,  en  defensa  de  sus  intereses  religiosos  y  socia- 
les. En  consecuencia,  los  que  se  alisten  en  las  filas  de  esta  or- 
ganización cívica,  no  podrán  actuar  simultáneamente  en  otro 
partido  y  deben  estar  dispuestos  a  secundar,  con  toda  disciplina, 
la  marcha  que  les  indiquen  nuestras  autoridades. 

II)  La  Unión  Católica,  como  organización  ciudadana,  re- 
clama para  sí  la  responsabilidad  exclusiva  de  todos  sus  actos. 
Su  organización,  de  carácter  exclusivamente  civil,  no  se  con- 
funda con  la  Iglesia,  formada  por  la  comunión  de  todos  los 
fieles,  de  cualquier  edad,  sexo  y  condición,  con  sus  Prelados  y 
el  Papa;  ni  siquiera  con  otros  organismos  de  carácter  religioso 
o  social  a  que  puedan  extender  sus  actividades  los  católicos. 

III)  La  Unión  Católica  declara  que  su  acción  se  desarro- 
llará dentro  del  orden  y  de  la  legalidad  constituida,  propen- 
diendo por  los  medios  legítimos  y  por  una  constante  propaganda 
a  que  todos  los  católicos,  de  acuerdo  con  las  instrucciones  rei- 
teradas del  Pontífice,  tomen  participación  activa  en  las  luchas 
pacíficas  del  comicio  para  defender,  de  esa  suerte,  sus  sagra- 
dos intereses. 

IV)  La  Unión  Católica,  mientras  no  se  modifique  el  ré- 
gimen electoral  vigente  y  dada  la  variedad  de  circunstancias  en 
que  se  encuentra  cada  departamento,  fija  esta  regla  de  con- 
ducta para  el  período  eleccionario:  si  las  circunstancias  permi- 
ten votar  una  lista  propia,  así  debe  hacerse;  si  esto  no  fuera 
posible,  ni  tampoco  se  pudiera  votar,  en  unión  con  otros  gru- 
pos, una  lista  mixta,  la  Unión  Católica  deberá  tender  en  el  co- 
micio, con  abnegación  y  disciplina,  al  triunfo  de  la  lista  que 
mejor  consulte  nuestros  intereses,  si  así  conviene,  lo  que  se 
determinará  en  cada  caso.  Después  de  todas  estas  claras  mani- 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CÍVICA 


89 


festaciones,  que  responden  a  las  necesidades  presentes,  el  Di- 
rectorio espera  merecer  de  todos  sus  afiliados  la  más  absoluta 
confianza,  y  cree  tener  el  derecho  de  exigirles  una  cooperación 
decidida,  sin  vacilaciones,  ni  temores,  porque  sólo  de  esa  ma- 
nera, nuestra  obra  servirá  a  la  causa.  Puesta  nuestra  con- 
fianza en  Dios,  que  bendecirá  nuestra  labor,  levantamos 
nuestros  corazones  de  ciudadanos  y  de  creyentes,  sin  otra  aspi- 
ración que  la  conciencia  de  haber  cumplido  nuestro  deber,  en 
estas  horas  solemnes  para  la  patria.  Montevideo,  octubre  21  de 
1910.  Joaquin  Secco  Illa,  presidente;  Luis  Pedro  Lenguas,  vice 
presidente;  Miguel  Perea,  Antonio  Harán  Carlos  Ferrés,  Adolfo 
Isasa,  vocales;  Elbio  Fernández,  secretario  ". 

Y  así  quedaron  establecidas,  antes  de  los  comicios,  bases 
fundamentales,  que  todavía  subsisten,  en  la  acción  cívica: 

1°  Su  independencia  frente  a  los  demás  partidos  — y  em- 
plearé la  palabra  del  día —  la  incompatibilidad  de  actuar  en  la 
acción  cívica  a  la  vez  en  otro  partido  distinto,  cualquiera  que 
él  sea. 

2°  La  acción  cívica,  asume  toda  la  responsabilidad  de  sus 
actos,  sin  pretender  confundir,  jamás,  con  ella,  los  intereses  y 
los  destinos  de  la  Iglesia  o  de  cualquier  otra  organización 
católica  de  destinos  y  de  fines  diferentes.  Ella  es  la  respon- 
sable de  sus  actuaciones. 

3°  La  acción  cívica  es  un  partido  de  orden  progresista  y 
legalista;  no  es  un  partido  revolucionario.  Por  consiguiente  re- 
pudia todo  otro  régimen  que  no  sea  el  progresivo  convenci- 
miento y  la  progresiva  educación  cívica  de  los  ciudadanos. 

49  La  acción  cívica  es  un  partido  desinteresado;  no  aspira 
incondicionalmente  a  los  puestos,  sino  al  bien  del  país.  Si 
puede  llevar  a  sus  elementos  para  que  defiendan  esos  intereses 
por  los  cuales  lucha,  es  su  objetivo  principal.  Pero  no  hará, 
jamás,  cuestión  de  sacrificar  al  puesto  los  intereses  generales 
que  pretende  conquistar. 


90  '      JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


Bases  fundamentales  que  la  Unión  Cívica  ha  seguido  fiel- 
mente y  seguirá,  seguramente,  en  todo  el  curso  de  su  vida. 

En  las  próximas  lecciones,  hablaremos  de  las  elecciones 
de  1910. 

He  terminado. 


( Prolongados  aplausos. ) 


CUARTA  CLASE 


UEDAMOS  EN  LA  ULTIMA  CLASE,  en  las  vísperas 
de  las  elecciones  de  diciembre  de  1910.  Ya  hicimos 
notar  que  el  conjunto  de  circunstancias  que  se  producían,  en 
esa  época,  para  la  acción  cívica  de  los  católicos,  no  podía  ser 
más  desfavorable.  Desde  luego,  recordamos  que,  a  principios 
de  año,  1910,  con  motivo  del  recrudecimiento  del  fervor  parti- 
dario, se  produjo  una  gran  campaña  preparando  las  elecciones 
de  ese  año,  favorecida  por  una  reforma  de  la  ley  electoral,  re- 
forma que  abrió  las  puertas  al  partido  de  la  minoría,  que  era 
el  Partido  Nacional,  pero  que  no  consagró  la  representación 
proporcional,  reiteradamente  solicitada  por  la  Unión  Católica. 

Ese  recrudecimiento  del  fervor  partidista,  repercutió  en  las 
filas  de  la  Unión  Católica,  en  la  acción  cívica  dentro  de  la  Unión 
Católica,  produciendo,  como  recordamos,  el  alejamiento  del  Co- 
mité, de  tres  ilustres  compatriotas,  que  se  separaron  de  la  ac- 
ción cívica  iniciada  en  1907,  para  actuar  en  un  comité  de  pro- 
paganda electoral  del  Partido  Nacional,  del  cual  ellos  nunca 
habían  creído  separarse.  Pero  como  la  Unión  Católica  tenía  ya 
organizados  sus  propios  organismos,  y  ya  había  anunciado  su 
propósito  de  concurrir  con  listas  propias  a  las  próximas  elec- 
ciones, la  situación  de  implicancia  — diremos  la  palabra  de  ac- 
tualidad—  se  produjo  en  una  forma  cruda,  y  la  solución  con- 
sistió en  el  retiro  de  esos  ilustres  amigos  y  correligionarios,  del 
Comité  Ejecutivo  de  la  Unión  Católica,  lo  que  no  dejó  de  pro- 
ducir, evidentemente,  una  intensa  conmoción  en  filas.  El  arras- 
tre que  por  su  prestigio,  por  sus  condiciones,  era  de  esperarse, 


94 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


se  produjo  inevitablemente,  y  muchos  elementos  de  las  filas, 
se  separaron  de  la  acción  patrocinada  por  la  Unión  Católica. 

A  pesar  de  ese  primer  contraste  del  año  de  elecciones,  la 
Unión  Católica  consideró  que  debía  seguir  adelante,  cum- 
pliendo los  propósitos  fundamentalmente  que  se  había  trazado 
desde  el  primer  instante.  Puede  considerarse  hoy,  a  lo  lejos, 
como  uno  de  los  momentos  críticos  en  esa  etapa  genésica  de  la 
acción  cívica,  porque  no  hubiera  sido  difícil  que  el  desaliento, 
amparándose  de  muchos,  hubiera  determinado  la  clausura  de 
todo  género  de  esfuerzos  en  favor  de  esa  alta  y  noble  idea. 

Otra  circunstancia  desfavorable  que  se  produjo,  en  ese  año 
de  elecciones,  fué  la  revuelta  de  noviembre,  de  Abelardo  Már- 
quez, de  la  que  también  hice  referencia  en  pocas  palabras,  re- 
mitiéndome al  hecho  histórico.  Hasta  ese  instante,  el  Partido 
Colorado  Independiente,  que  no  estaba  en  el  Gobierno  y  el  Par- 
tido Nacional  entonces  totalmente  integrado,  eran  decididos 
partidarios  de  la  concurrencia  a  las  urnas,  y  esa  opinión  gene- 
ralizada, se  notaba  no  solamente  en  los  órganos  partidarios,  sino 
en  órganos  neutrales,  por  ejemplo,  en  "El  Siglo",  que  hacía 
una  gran  campaña  en  el  sentido  de  la  concurrencia  a,  las 
urnas. 

Pero  en  el  mes  de  noviembre,  con  motivo  de  una  dispo- 
sición del  Presidente  Batlle,  de  colocar  un  cuerpo  de  las  fuerzas 
nacionales  en  el  departamento  de  Rivera,  el  feudo  — que  así  se 
le  llamaba  entonces —  de  Rivera,  se  consideró  lesionado  en  su 
jurisdicción  territorial,  y  Abelardo  Márquez  se  levantó  con  las 
fuerzas  de  que  disponía  provocando  un  conato  de  revolución. 
La  revolución,  o  el  conato  de  revolución,  mejor  dicho,  duró  muy 
poco  tiempo.  No  alcanzó  a  durar  quince  días.  Pero  el  tras- 
torno importante,  no  fué  en  el  orden  militar,  sino  en  el  orden 
cívico. 

A  raíz  de  sofocado  el  movimiento,  los  partidos  cambiaron 
de  actitud,  y  gran  parte  del  Partido  Colorado  que  se  llamaba 
"  autónomo  ",  declaró  su  abstención  y  la  totalidad  del  Partido 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


95 


Nacional,  venciendo  las  exhortaciones  de  su  Directorio,  se  de- 
claró también  por  la  abstención. 

Se  planteó  el  problema  en  el  Comité  de  la  Unión  Católica. 
Hasta  ese  momento,  como  era  lógico,  como  era  consecuencia 
inevitable  de  todos  los  antecedentes,  la  Unión  Católica  luchaba 
y  trabajaba  por  la  concurrencia  a  las  urnas.  Pero,  producido 
ese  cambio  de  frente  en  los  grandes  partidos  tradicionales,  ¿qué 
hacía  la  Unión  Católica? 

El  Directorio  estudió  el  problema  y  resolvió  mantener  su 
actitud  de  concurrir  a  las  urnas.  Los  hechos  que  habían  ocu- 
rrido, eran  completamente  ajenos  a  los  motivos  que  determi- 
naron su  organización,  y  aún  a  los  motivos  circunstanciales, 
puesto  que  no  dependían  de  ella.  Su  propósito  había  sido  or- 
ganizar una  fuerza  cívica  nueva,  una  fuerza  cívica  compuesta 
de  católicos.  Ni  el  principio  ni  el  hecho  de  la  revolución  o,  por 
mejor  decir,  conato  de  revolución,  de  noviembre,  había  afec- 
tado para  nada  a  los  componentes  de  esa  entidad  y,  por  con- 
secuencia, mantuvieron  su  concurrencia.  Después  de  consultar 
a  todos  los  clubes  cívicos,  a  todos  los  centros  cívicos  organi- 
zados, pasó  una  circular,  que  no  les  voy  a  leer  porque  es  muy 
extensa,  y  nos  llevaría  mucho  tiempo,  con  fecha  7  de  noviem- 
bre de  1910. 

Decidida  la  concurrencia  a  las  urnas,  la  comunicó  a  todo 
el  electorado,  precisando  los  rumbos,  y  con  la  aceptación  previa 
de  todos  los  organismos  cívicos  constituidos,  en  una  circular 
de  noviembre  26,  en  vísperas  electorales.  "  Ahora,  como  antes 
de  los  enunciados  sucesos  "  — decía —  "  los  cívicos  católicos  que 
comparezcan  a  las  urnas,  tienen  que  descontar  de  antemano  la 
concurrencia  inveterada  del  fraude  oficial,  elevado  al  rango  de 
eventos  previstos  y  normales  en  nuestras  prácticas  electorales, 
con  que  se  recompone  periódicamente  el  aparente  andamiaje 
republicano.  Ahora,  como  antes  de  la  última  y  breve  conmoción, 
.  saben  perfectamente  los  católicos,  y  todo-  el  país,  que  por  com- 
promisos impuestos  desde  el  poder,  tan  fieles  y  desdorosos 
antes,  como  después  de  su  documentación  escrita,  está  asegu- 


96 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


rado  el  triunfo  presidencial  del  señor  Batlle  y  Ordóñez,  de 
quien  siempre  nos  hemos  defendido  porque  es  la  encarnación 
de  injurias  y  violentas  persecuciones  contra  nuestra  causa.  Para 
concluir,  por  un  camino  progresivo,  con  todas  estas  anormali- 
dades; para  ponernos  en  condiciones  de  defender,  en  todo  lo  po- 
sible, nuestros  ideales,  que  encarnan  los  intereses  superiores  de 
la  sociedad;  para  tratar  de  modificar  el  ambiente  político  de 
nuestra  patria,  abriendo  otros  horizontes  y  otros  caminos  a  la 
expansión  de  la  actividad  ciudadana;  para  cumplir,  en  fin,  tam- 
bién nosotros,  con  el  deber  de  la  acción  que  nos  impone  nuestro 
patriotismo  y  nuestra  fe;  para  todo  ello  precisamente  es  que  nos 
hemos  constituido  y  organizado,  imprimiendo  a  la  Unión  Cató- 
lica el  carácter  de  una  entidad  política  activa  e  independiente. 
Cualesquiera  que  sean,  por  consiguiente,  las  condiciones  y  difi- 
cultades externas,  y  las  impresiones  sentimentales  del  am- 
biente en  que  va  a  desarrollarse  la  acción,  nuestra  conducta  no 
puede  obedecer  a  otros  móviles  que  a  los  dictados  serenos  de 
la  razón;  y  un  deber  de  consecuencia  con  nuestros  principios 
nos  obliga  a  llevar  a  término  los  propósitos  iniciales,  no  ha- 
biendo imposibilidad  material  ". 

Así,  con  esta  firmeza,  encaró  el  Comité  Ejecutivo  el  grave 
problema  de  la  concurrencia  a  las  urnas,  de  su  concurrencia 
al  primer  acto  electoral.  La  trascendencia  de  esa  determina- 
ción, sólo  ahora,  volviendo  los  ojos  al  pasado,  puede  apreciarse. 
Si  el  Comité  Ejecutivo  de  la  Unión  Católica,  en  1910,  pasadas 
las  dificultades,  algunas  de  ellas  extraordinarias,  las  enormes 
resistencias  a  vencer,  hubiera  vacilado  en  su  acción,  hubiera 
suspendido  la  concurrencia  a  las  urnas,  no  creo  aventurado 
decir  que  la  acción  cívica,  hoy,  no  existiría;  no  se  habría  pro- 
ducido el  Cuarto  Congreso;  no  se  habría  producido  la  creación 
de  la  Unión  Cívica,  cuya  prosperidad  hoy  podemos  apreciar. 

Es  por  eso  que  junto  ¡con  la  resolución  de  noviembre  de 
1907,  que  tantas  veces  hemos  mencionado  y  las  de  diciembre  de 
1910  — la  concurrencia  a  las  urnas  en  esa  época —  pueden  ser 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


97 


consideradas  como  las  dos  fechas  iniciales  de  la  acción  cívica 
católica. 

Resuelta  la  concurrencia  a  las  urnas,  había  que  pensar 
en  la  formación  de  listas.  Como  toda  esa  primera  etapa  que 
abarca  de  1907  a  1910,  fué  una  etapa  dentro  de  los  moldes  de  la 
Unión  Católica  —creación  no  especializada  para  la  acción  cí- 
vica—  no  existían  reglas  para  aplicarse  en  el  caso.  Fué  nece- 
sario pensar  en  el  organismo  que  debía  formar  las  listas.  A 
imitación  de  los  estatutos  de  los  partidos  tradicionales,  se  pensó 
en  congresob  olectorales,  no  previstos,  repito,  dentro  del  orga- 
nismo de  la  Unión  Católica.  Se  consultó  a  todos  los  organismos 
cívicos,  es  decir,  los  clubes  cívicos,  las  Comisiones  Departamen- 
tales, cuál  era  su  pensamiento,  y  por  las  resultancias  de  esa  es- 
pecie de  plesbicito  se  resolvió  crear  congresos  electorales  en 
cada  departamento.  Y  vean  ustedes  qué  espíritu  profundamente 
democrático  digno  de  recalcarse  en  la  hora,  ha  inspirado  siempre 
los  actos  políticos  de  la  acción  cívica.  Jamás  por  vía  autoritaria 
o  de  mando;  siempre  por  la  vía  natural  y  lógica,  de  una  previa 
consulta  y  de  un  asentimiento  expreso  de  sus  integrantes  y 
componentes.  Y,  efectivamente,  obtenido  ese  asentimiento  de 
todos  los  organismos,  se  convocaron  congresos  electores  en  tres 
departamentos,  que  era  donde  la  Unión  Católica  tenía  orga- 
nizados los  elementos  cívicamente:  en  Canelones,  Flores  y  Mon- 
tevideo. 

Voy  a  dar  una  ligera  reseña  de  esos  congresos. 

El  Congreso  de  Canelones,  se  reunió  el  16  de  octubre,  con 
representantes  de  todos  los  clubes  cívicos  del  departamento  de 
Canelones,  y,  como  consecuencia  de  la  reunión,  en  Asamblea 
plena,  proclamó  la  lista  que  integraban  como  primeros  titu- 
lares el  doctor  Elbio  Fernández  y  el  Presbítero  Marcial  Pérez, 
para  los  cargos  de  representantes,  y  que  completó  con  todos  los 
necesarios  para  llenar  los  cargos  de  la  Junta  Económica-Admi- 
nistrativa  y  de  la  Junta  Electoral,  que  eran  entonces  los  or- 
ganismos elegidos  en  cada  departamento. 


98 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


El  Congreso  de  Flores,  se  reunió  el  4  de  diciembre,  también 
con  delegados  de  todos  las  secciones  del  departamento,  y  pro- 
clamó titulares  al  doctor  Joaquín  Secco  Illa  y  al  doctor  Rafael 
Gallinal,  conjuntamente  con  todos  los  demás  cargos  departa- 
mentales y  electorales. 

El  Congreso  de  Montevideo,  tuvo  tres  sesiones,  en  los  días 
3,  7  y  8  de  diciembre,  y  proclamó  primer  titular  al  doctor  Juan 
Zorrilla  de  San  Martín,  segundo  al  doctor  Miguel  Perea,  ter- 
cero al  doctor  Luis  Pedro  Lenguas,  conjuntamente  con  los  otros 
cargos  elegibles.  El  primer  titular  para  representante  — doctor 
Zorrilla  de  San  Martín—  fué  votado  por  aclamación,  y  todos 
los  demás,  por  completa  unanimidad.  El  doctor  Zorrilla  de  San 
Martín  contestó  a  su  proclamación,  con  la  siguiente  carta,  digna 
de  ser  transcripta,  como  ha  sido,  en  este  libro  "  El  Civismo  Ca- 
tólico". Yo  les  ruego  que  la  lean,  y  en  este  momento,  me  limi- 
taré a  leer,  por  falta  de  tiempo,  el  párrafo  final. 

Dice  así: ...  "  Nada  más  simpático,  en  la  acción  política 
iniciada,  que  la  discreción  con  que  se  ha  mirado  la  actitud  de 
los  católicos  que  discrepan  con  nuestro  criterio  práctico.  La 
Unión  Católica  del  Uruguay  no  es  la  Iglesia  Católica.  Esta  es 
la  comunidad  de  todos  los  fieles  cristianos  cuya  cabeza  es  el 
Papa,  y  en  cuyo  seno  está  la  salvación;  aquélla  es  un  partido 
político  librado  a  la  controversia  de  los  hombres.  -Es,  pues,  el 
caso  de  aplicar,  como  se  ha  aplicado,  la  enseñanza  del  grande 
Obispo  de  Hipona:  "In  necesaius  unitas;  in  dubüs  libertas;  in 
ómnibus  charitas  ".  Unidad  en  lo  esencial;  libertad  en  lo  du- 
doso; caridad  en  todo.  Y  marchemos  —esto  es  lo  que  yo  les 
quería  leer—  hacia  adelante.  Vamos  a  las  urnas  los  que  de- 
bemos ir,  pocos  o  muchos.  Será  una  buena  acción,  una  noble 
acción.  El  día  llegará  en  que  todos  estaremos  unidos  también 
en  lo  dudoso,  a  la  sombra  de  la  libertad;  pero  yo  puedo  anunciar 
a  los  valientes  obreros  del  presente,  a  los  de  la  hora  prima,  a 
los  que  encienden  hoy  su  lámpara  en  las  tinieblas  matinales,  yo 
puedo  anunciarles  una  grande  alegría  para  cuando,  salido  el 
sol,  abracen,  en  la  viña  paterna,  a  los  buenos  obreros  de  la 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CÍVICA 


99 


hora  nona,  que  jamás  juzgaremos  culpables  por  haberse  des- 
orientado en  las  tinieblas.  Después  de  expresadas  estas  ideas, 
señor  Presidente,  que  la  proclamación  de  mi  candidatura  me 
hizo  juzgar  indispensables,  me  vuelvo  a  la  silenciosa  ciudad  de 
los  libros  en  que  habito  solo,  de  tiempo  atrás,  donde  espero  ser 
más  útil  a  mi  país  que  envuelto  en  el  torbellino.  Correligio- 
nario suyo  y  amigo  ex  todo  corde.  Juan  Zorrilla  de  San 
Martín  ". 

Y  llegó  la  jornada  esperada:  el  18  de  diciembre  de  1910. 
No  es  descriptible  las  muchísimas  emociones  que  en  muchos 
corazones  deben  haber  anidado  en  ese  día,  desde  la  primera 
hasta  la  última  hora. 

La  victoria,  no  era  el  premio  de  nuestro  esfuerzo;  requería 
mucho  más  que  el  esfuerzo  de  tres  años,  desde  el  7  hasta  el  10, 
y  el  esfuerzo  de  unos  pocos,  los  que  votaron  entonces,  para 
lograr  su  triunfo  definitivo.  Esa  victoria,  tenía  que  exigir  es- 
fuerzos permantes,  todavía  de  muchos  años,  para  los  católicos 
del  Uruguay. 

El  resultado  esquemático  en  cifras,  fué  el  siguiente,  y  se 
las  quiero  dar  comparativas,  para  que  no  crean  que  eran  tan 
desastrosas.  Los  votos  colorados  en  el  departamento  de  Mon- 
tevideo, fueron  7.800.  No  tantos  como  hoy.  En  proporción,  los 
votos  cívicos  fueron  351.  Los  votos  colorados  en  el  departa- 
mento de  Canelones,  fueron  2.500;  los  votos  de  la  Unión  Cató- 
lica, fueron  118.  Los  votos  colorados  en  el  departamento  de 
Flores,  fueron  267;  los  votos  de  la  Unión  Católica  fueron  88. 
Las  cifras  escuetas  y  aisladas,  nos  podrían  parecer  ri- 
diculas —  sería  la  expresión.  Podría  ser  lo  que  uno  de  los 
nuestros  calificó  "  un  gesto  quijotesco  de  un  grupo  de  católicos 
del  Uruguay  ".  No;  ya  ven  ustedes  que  si  en  la  misma  propor- 
ción hubiera  continuado  el  crecimiento,  la  Unión  Cívica  sería 
hoy  una  fuerza  considerable. 

Después  de  la  elección,  hubo  una  reunión,  excepcionalí- 
sima,  en  el  Club  Católico.  Todos  fueron  a  verter,  dentro  de 


100 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


aquellos  muros  ancianos,  el  caudal  de  sus  impresiones.  Voy  a 
leer  la  crónica  publicada  entonces  en  "  El  Bien  ". 

Decía  así:  "Para  cambiar  impresiones  y  recoger  enseñanzas 
y  para  estrecharse  las  manos  después  de  la  acción,  el  Directorio 
convocó  a  una  reunión  en  el  Club  Católico,  el  23  de  diciembre, 
a  los  vencidos.  La  concurrencia  excedió  toda  previsión,  estan- 
do la  sala  completamente  repleta.  Es  posible  anotar  como  dato 
importante,  que  se  llevó  a  cabo  la  reunión  más  numerosa  de 
cuantas  han  tenido  lugar  hasta  hoy;  lo  que  revela  el  persis- 
tente entusiasmo  de  los  correligionarios,  que  se  orientan  con 
nuevos  bríos  en  la  obra  de  «interés  común.  Abrió  el  acto  el 
Dr.  Secco  Illa,  con  un  vibrante  y  patriótico  discurso.  La  firmeza 
decidida  del  Comité  Ejecutivo,  sometida  a  la  invariable  norma 
de  acción  que  se  propuso,  fué  proclamada,  entre  aplausos,  por  el 
Presidente  de  la  Unión  Católica  del  Uruguay.  Dejó  constancia 
de  la  satisfacción  del  Comité  Ejecutivo  al  ver  cumplido  am- 
pliamente el  propósito  de  la  nueva  orientación,  declarada  desde 
1907,  y  alimentado  con  constancia  y  entusiasmo,  en  tres  años 
de  esfuerzo  y  organización  cívica.  Jamás  se  pensó  en  el  éxito: 
la  superioridad  de  la  obra -estaba  precisamente  en  no  contarlo 
entre  las  posibilidades  inmediatas.  Constituir  la  obra  cívica, 
era  más  valioso  que  obtener  bancas  en  las  Cámaras.  La  palabra 
franca,  levantada,  llena  de  sincera  firmeza  del  doctor  Secco 
Illa;  las  promesas  afirmadas  de  nueva  e  invariable  labor;  las 
declaraciones  de  confianza  en  la  obra  iniciada,  merecieron  de- 
cididos aplausos  de  la  concurrencia,  que  tributaba  con  ellos  una 
inequívoca  manifestación  de  adhesión  al  distinguido  orador. 
Luego  se  recogieron  las  opiniones  de  los  presentes  sobre  el 
movimiento  cívico.  Todos  abundaron  en  sensatas  considera- 
ciones, resultando  del  intercambio  de  opiniones  una  serie  de 
medidas  de  carácter  práctico,  que  condensó  al  fin  el  señor 
Presidente  del  Directorio.  El  acto  fué  clausurado  a  pedido  de 
la  concurrencia  por  el  doctor  Zorrilla  de  San  Martín.  El  orador 
improvisó  admirablemente.  Señaló  el  verdadero  éxito  con- 
sagrado por  las  urnas  del  domingo,  que  ha  sido  su  esperanza 


I 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CIVICA  101 


de  treinta  años  de  acción  católica  y  la  urgencia  de  llevar  a  la 
vida  pública  el  concurso  católico,  en  las  múltiples  esferas  de  la 
disciplina  cívica.  Una  interminable  salva  de  aplausos  coronó 
las  admirables  palabras  del  doctor  Zorrilla,  premio  invariable 
a  sus  párrafos  sinceros  y  elocuentes.  La  Asamblea  se  disolvió 
vivando  a  la  obra  cívica,  al  Prelado,  al  doctor  Secco  Illa  y  al 
doctor  Zorrilla  de  San  Martín  ". 

Y  así  terminó  aquella  jornada  memorable.  Las  palpita- 
ciones de  esa  jornada,  quedaron  flotando  en  el  ambiente  largo 
tiempo. 

Fuera  de  toda  resolución  oficial,  se  pronunciaban,  en  un 
sentido  o  en  otro,  opiniones  distintas.  Había  una  poderosa  ten- 
dencia en  el  sentido  de  dar  por  concluida  la  nueva  obra  que 
había  iniciado  el  catolicismo  en  el  Uruguay.  Esa  tendencia, 
inevitablemente  arraigada  en  los  partidos  tradicionales,  sub- 
siste y  subsistirá  toda  la  vida,  mientras  no  pueda  ser,  como  no 
debe  ser,  dogmática  la  adhesión  de  los  católicos  a  un  par- 
tido político  determinado.  También  influía  poderosamente  la 
enorme  dificultad  de  implantar,  y  no  tanto  ahora  como  era  en- 
tonces, la  idea  de  un  nuevo  partido  político  en  la  escena  cívica 
del  Uruguay.  La  gente  lo  creía  imposible;  miraban,  acaso, 
aquel  episodio,  como  una  aventura  más  o  menos  quijotesca, 
pero  que  no  tendría  constancia  suficiente  como  para  prosperar. 
Y  todo  ello,  contribuía  a  formar  ambiente  en  el  sentido  de  dar 
por  terminada  la  acción.  En  el  propio  Directorio  de  la  Unión 
Católica,  las  opiniones  estaban  divididas,  no  así  en  el  seno  del 
Comité  Ejecutivo,  cuyos  integrantes  resolvieron  firmemente 
perdurar  en  la  obra  y  en  el  esfuerzo.  Pero,  precisamente,  para 
completar  el  ambiente,  había  que  tomar  alguna  resolución. 
¿Cuál?  La  resolución  que  el  24  de  mayo  de  1911,  tomó  el  Direc- 
torio, y  que  fué  la  siguiente:  "  Procédase  a  la  organización  in- 
tegral de  la  acción  católica  en  los  terrenos  de  propaganda  social, 
cívica  y  económica;  a  cuyo  efecto  se  designa  a  los  señores  doc- 
tores Perea  y  Rius  para  que,  a  la  brevedad  posible,  presenten 


102  JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


un  plan  completo  de  dicha  reorganización;  debiendo  concre- 
tarse entre  tanto,  la  acción  del  Directorio,  exclusivamente,  a  lo 
que  demanden  las  necesidades  de  la  causa  en  la  hora  actual, 
quedando  en  suspenso  toda  otra  resolución  anterior  a  la  pre- 
sente; 2°  Mientras  no  se  determine  la  forma  definitiva  de  la 
organización  de  los  elementos  cívicos  católicos,  los  clubes  cí- 
vicos existentes  quedarán  bajo  la  dependencia  del  Comité  Eje- 
cutivo ". 

El  espíritu  transaccional  de  esta  resolución,  aparece  bien  de 
manifiesto.  Entre  la  tendencia  de  liquidar  completamente  la 
acción  entonces  iniciada  en  materia  electoral  y  la  otra  tenden- 
cia predominante  hasta  entonces,  surgió  esta  fórmula  de  tran- 
sacción. Se  suspendieron  los  trabajos  cívicos  del  Directorio, 
mientras  se  procedía  a  la  reorganización,  incluso,  de  la  acción 
cívica.  Entre  tanto,  todos  los  organismos  subsistirían  bajo  la 
dependencia  directa  del  Comité  Ejecutivo. 

Transacción  que,  si  se  quiere,  determinó  la  primer  victoria, 
porque  después  de  la  prueba,  después  de  pesadas  todas  las  ra- 
zones en  pro  y  en  contra,  de  contemplados  todos  los  sentidos  del 
movimiento,  en  un  sentido  o  en  otro,  favorable  u  hostil,  el  Di- 
rectorio determinó  que  se  procediera  a  la  forma  de  organiza- 
ción, entre  otras,  de  la  acción  cívica,  y  que  no  se  extinguieran 
los  organismos  existentes,  de  carácter  netamente  cívico,  de  la 
acción  católica. 

La  Comisión  designada,  compuesta  por  el  doctor  Perea  y 
por  el  doctor  Rius,  no  era  otra  cosa  que  la  representación  de  las 
dos  tendencias.  El  doctor  Perea,  representante  de  la  acción  po- 
lítica sostenida  por  el  Comité  Ejecutico,  el  doctor  Rius,  re- 
presentante de  los  católicos,  actuando  en  partidos  tradiciona- 
les, que  habían  permanecido  ajenos  a  ese  género  de  acción  po- 
lítica. Su  largo  informe,  concluyó  proponiendo  como  solución 
la  desaparición  de  la  vieja  Unión  Católica  — esa  de  que  tanto 
hemos  hablado  en  estas  clases —  creada  en  1889.  Su  disgrega- 
ción en  tres  uniones:  la  Unión  Social,  la  Unión  Económica  y  la 
Unión  Cívica,  molde  tomado  de  lo  que  entonces  estaba  en  el 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


103 


ambiente  porque,  en  Italia,  Su  Santidad  Pío  X  acababa  de  dar- 
les, a  los  católicos  italianos,  esa  forma  de  organización,  en  una 
reciente  Encíclica:  "  II  fermo  propósito  ". 

Era  famosa,  no  solamente  porque  dió  las  normas  para  Or- 
ganizar a  los  católicos  italianos,  sino,  sobre  todo,  porque  le- 
vantó en  parte  el  "nom-posumus"  de  los  tiempos  de  Pío  Nono, 
por  el  cual  los  católicos  italianos  no  podían  cooperar,  como  ta- 
les, en  la  organización  de  las  entidades  gubernativas  del  Estado 
italiano.  Pío  X  levantó  ese  veto;  suspendió  el  "  nom-posumus  " 
y  apareció  para  los  italianos  la  nueva  organización  de  las  tres 
uniones:  social,  económica  y  electoral. 

Nosotros  hemos  tenido  siempre  fortuna,  porque  hasta  en 
eso,  colocamos  nuestra  nueva  organización,  en  un  molde  ema- 
nado, nada  menos,  que  de  la  Sede  Pontificia. 

El  informe  de  los  doctores  Perea  y  Rius,,  fué  estudiado  por 
el  Directorio  de  la  Unión  Católica,  y  después  de  una  larga  dis- 
cusión, fué  definitivamente  aprobado.  Pero  como  el  Directorio 
de  la  Unión  Católica  no  tenía  autoridad  por  sí  para  declarar 
extinguida  la  Unión  Católica,  y  crear  nuevas  organizaciones 
laicas,  se  creyó  en  la  necesidad  de  establecerlo  en  un  nuevo 
Congreso,  y  pedirle  al  Prelado  que  autorizara  la  convocatoria 
del  Cuarto  Congreso  Católico.  En  una  nota  que  se  pasó,  en  el 
mes  de  octubre  de  1911,  se  pedía  dicha  autorización.  Monse- 
ñor Isasa,  que  gobernaba  entonces  la  provincia  eclesiástica  del 
Uruguay,  dió  la  autorización  correspondiente,  y  en  virtud  de 
ella,  el  Directorio  de  la  Unión  Católica  convocó  el  Cuarto  Con- 
greso Católico,  que  tuvo  lugar  en  los  días  5,  6,  7  y  8  de  noviem- 
bre de  1911. 

Las  actas  y  documentos  relativos  al  cuarto  Congreso  Ca- 
tólico, nunca  han  sido  publicados,  a  pesar  de  haber  sido  va- 
rias veces  intentado  el  hacerlo.  Yo  tengo  aquí,  no  el  original, 
que  debe  estar  en  los  archivos  de  la  vieja  Unión  Católica, 
pero  sí  una  copia  exacta  de  todos  los  antecedentes.  Aunque 
se  trate  de  un  documento  antiguo,  me  ha  parecido  siempre 
necesario  conocerlo  y  publicarlo.  Probablemente,  algún  día  se 


104 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


hará.  Es  muy  interesante,  porque  allí  se  vierte  el  estado  de 
espíritu  de  la  causa  católica,  no  de  la  acción  cívica,  sino  total, 
en  un  momento  determinado  de  nuestra  historia. 

A  ese  Congreso,  el  más  numeroso,  el  más  importante  de 
todos,  concurrió  la  representación  de  toda  la  causa  del  país, 
no  sólo  de  las  parroquias,  sino  de  todo  género  de  instituciones. 
Sus  asistentes,  llenaban  extraordinariamente  la  sala  del  Club 
Católico.  En  ese  Congreso,  se  trataron  interesantes  proyectos 
y  muy  serios  problemas.  A  nosotros  no  nos  interesa,  bajo  nues- 
tro aspecto,  sino  exclusivamente  el  de  la  Unión  Cívica. 

La  obra,  en  cierto  modo,  fuera  de  normas,  que  había  rea- 
lizado la  vieja  Unión  Católica  hasta  entonces,  fué  aclamada  y 
aprobada.  Y  nació,  con  el  voto  de  toda  la  causa  así  represen- 
tada, la  nueva  obra;  la  Unión  Cívica  del  Uruguay. 

La  Unión  Cívica,  pues,  no  representa  la  idea  de  un  grupo 
de  católicos  ciudadanos  que  un  buen  día  se  reúnen,  proclaman 
í  una  aspiración,  resuelven  prestarle  su  concurso  y  constituir  un 
núcleo  de  acción,  como  pueden,  con  toda  legitimidad,  hacerlo, 
y  así  podía  haber  sucedido.  La  Unión  Cívica,  nació  como  una 
obra  directamente  de  la  causa  católica,  desde  la  cuna  más  au- 
torizada, que  era  un  Congreso  general,  y  no  solamente  con  au- 
torización, sino  algo  más:  con  un  mandato  de  la  causa,  que  no 
puede  renunciar. 

Por  eso,  cuando  en  el  fervor  de  las  contiendas  electorales, 
aparece  algún  católico,  en  tal  o  cual  partido,  lleno  de  genero- 
sidad para  nuestra  causa  — lástima  que  sea  solamente  enton- 
ces— y  nos  achaca  que  usurpamos  la  representación  de  una 
causa,  es  y  sería  siempre  fácil  contestarle  y  mostrarle  cuál  es 
nuestra  patente  de  origen.  Lo  hacemos  como  un  mandato,  que 
nos  ha  dado  la  causa  por  su  representación  más  autorizada, 
que  fué  el  cuarto  Congreso.  Lo  hacemos  siguiendo  una  trayec- 
toria bien  ilustre,  de  gran  sacrificio,  iniciada  antes  del  cuarto 
Congreso,  que  manteníamos  a  pesar  de  haber  pasado  por  las 
más  dolorosas  e  ingratas  de  las  pruebas,  como  han  sido  las 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


105 


derrotas  sufridas.  Por  lo  menos,  si  no  merecemos  el  concurso, 
me  parece  que  la  obra  cívica  se  ha  granjeado,  muy  merecida- 
mente, el  respeto  y  la  admiración. 

— En  el  cuarto  Congreso,  la  Unión  Cívica  quedó  consti- 
tuida. Ahí  termina  su  primera  etapa. 

La  acción  cívica,  iniciada  como  una  nueva  acción  por  la 
Unión  Católica,  tan  lealmente  servida  desde  que  se  aprobó  la 
idea  hasta  que  se  puso  a  prueba,  en  los  años  que  hemos  exa- 
minado, quedó  completamente  consagrada  como  tal,  como  or- 
ganismo político  precisamente  declarado,  en  ese  cuarto  Con- 
greso, con  los  estatutos  que  él  mismo  le  votó.  Pero  estos  esta- 
tutos, verdaderos  estatutos,  verdadera  base  de  la  obra,  no  eran 
más  que  los  lincamientos  fundamentales  de  la  corporación  po- 
lítica que  entonces  se  creaba.  El  cuarto  Congreso  Católico,  le 
dió  también  a  la  Unión  Cívica,  su  primer  Directorio,  encar- 
gándole, a  él,  la  misión  de  establecer  su  carta  orgánica  y  la 
definición  de  su  programa  de  principios.  Esa  obra  es  poste- 
rior'al  cuarto  Congreso. 

En  uso  de  esas  propias  facultades,  la  Unión  Cívica,  en  el 
año  1912,  es  decir,  al  año  siguiente,  se  reunió  para  votar  su 
carta  orgánica  y  su  programa  de  principios,  en  su  primera 
Convención. 

Todo  esto,  será  objeto  de  análisis  en  la  próxima  clase:  es- 
tudio y  labor  preparatoria,  labor  de  la  Convención  de  la  Unión 
Cívica  de  1912. 

He  terminado. 

( Prolongados  aplausos .) 


QUINTA  CLASE 


J^N  LA  CLASE  ANTERIOR,  hicimos  referencia  al  IV  Con- 
^ — J  greso  Católico  de  1911,  y  anunciamos  que  en  la  clase  de  hoy, 
pasaríamos  a  tratar  los  trabajos  preliminares  a  la  Convención 
primera  de  la  Unión  Cívica,  de  1912.  Me  van  a  permitir  que 
altere  un  poco  el  programa,  volviendo  hacia  atrás,  es  decir,  al 
Congreso  Católico  de  1911.  Como  se  trata  de  un  acto  trascen- 
dental en  la  historia  de  la  causa  católica,  no  solamente  de  la 
Unión  Cívica,  y  sus  actas  no  han  sido  publicadas,  me  parece 
oportuno  hacerlas  conocer,  si  no  en  detalle,  por  lo  menos  en 
lo  sustancial,  con  motivo  de  estas  clases,  a  los  católicos  en  ge- 
neral . 

Debo  empezar  por  destacar  la  trascendencia  que  las  reso- 
luciones del  IV  Congreso  tuvieron  en  la  causa  católica.  En  lo 
que  se  refiere  a  nuestra  acción  cívica,  particularmente,  lasi  tie- 
nen de  una  manera  señalada. 

Cuando  después  del  tercer  Congreso  Católico  de  1900,  el 
Directorio  de  la  Unión  Católica  resolvió  iniciar  la  acción  cí- 
vica de  los  católicos,  lo  hizo  como  entidad  representativa,  la 
más  autorizada,  del  laicato  católico,  ya  que  en  el  seno  del  Di- 
rectorio de  la  Unión  Católica,  tenían  su  delegación  todas  las 
instituciones  católicas  de  cierta  importancia,  de  suerte  que  po- 
día considerarse  el  Senado  de  la  causa.  Pero  no  estaba  expre- 
samente prevista,  entonces,  en  los  estatutos  de  la  Unión  Cató- 
lica, la  acción  política.  La  acción  política  fluía  como  un  deri- 
vado lógico  de  otras  disposiciones,  como  una  tendencia  de  las 
manifestaciones  colectivas  del  laicato  católico;  pero  no  estaba 
prevista,  de  un  modo  expreso,  la  acción  política. 


110 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


Por  eso,  en  la  primera  etapa  de  que  tanto  hemos  hablado, 
de  1907  a  1910,  o  sea  desde  que  se  dictó  la  resolución  organi- 
zando cívicamente  al  laicato  católico,  hasta  las  primeras  elec- 
ciones a  que  éste  concurrió  con  lema  propio,  durante  esa  pri- 
mera etapa,  mucho  se  discutió  si  esa  actitud  era  legítima  o  no. 
Se  atribuía  hasta  a  un  abuso,  el  haberla  encauzado  en  el  sen- 
tido político.  Claro  está  que  objecciones  nunca  faltaban;  que 
muchas  de  ellas  no  estaban  inspiradas  tan  sólo  en  el  santo  celo 
de  la  legitimidad,  sino  en  otras  pasiones  que,  sobre  todo  en 
materia  electoral  y  política,  tan  conocidas  son  en  nuestro  país. 
De  todos  los  sectores  — no  me  referiré  exclusivamente  al  sector 
nacionalista —  aún  del  sector  colorado.  Habían  muchos  católi- 
cos nacionalistas,  acaso  en  su  mayoría,  por  su  figuración  y  por 
su  actuación  en  las  obras  de  la  causa,  que  parecían  imprimrle 
un  tinte  definidamente  partidario  — nacionalista —  a  esa  resis- 
tencia a  la  organización  cívica.  Pero  también  habían  otros,  de 
gran  representación  en  las  filas  coloradas,  que  igualmente  re- 
sistían la  iniciación  de  la  obra  cívica,  siempre  amparándose  en 
la  razón  de  que  la  Unión  Católica  no  se  había  creado  para  or- 
ganizar a  los  católicos  cívicamente. 

Repito  que  eso  resultaba  de  todos  los  antecedentes;  todas 
las  diversas  citas  que  yo  hice,  desde  el  primer  Congreso  de 
1889,  eran  bien  expresivas  en  ese  sentido;  que  la  vieja  Unión 
Católica  existía  para  organizar  a  los  católicos  aún  en  el  te- 
rreno político,  para  obrar  públicamente,  en  todos  los  aspectos 
de  su  acción  exterior,  en  defensa  de  la  religión.  "No  estaban 
limitados  ",  decíamos  nosotros;  "  no  están  expresados  concreta 
y  definidamente  ",  decían  ellos.  Y  esa  duda  siempre  existió. 

De  modo,  pues,  que  en  ese  primer  período,  en  esa  primera 
etapa,  de  1907  a  1910,  la  legitimidad  de  la  acción  cívica  era  dis- 
cutida. Claro  está  que  los  que  actuábamos  en  ella,  teníamos 
la  conciencia  totalmente  tranquila.  Primera  razón:  la  de  que 
había  sido  aprobada  y  consagrada  por  disposición  de  los  Pre- 
lados, que  habían  aplaudido,  y  hasta  impulsado  en  cierto  sen- 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


111 


tido,  ese  nuevo  plano  de  acción.  Segunda  razón:  que  nadie 
nabía  hecho  una  oposición  definida  y  formal,  sino,  acaso,  una 
mera  resistencia  pasiva  a  colaborar  en  ella,  como  efectivamente 
había  sucedido.  Por  eso  la  obra,  aunque  con  grandes  dificulta- 
des, se  llevó  adelante  hasta  el  período  electoral  de  1910. 

Pero  en  ese  instante,  los  resistentes  a  la  prosecución  de  la 
acción  cívica  entre  los  católicos,  se  encontraron  con  un  gran 
factor  de  colaboración,  que  fué  el  éxito  negativo  que  se  obtuvo 
en  aquellas  elecciones  a  que  me  he  referido.  Creó  esa  situa- 
ción, un  momento  crítico  para  la  prosecución  de  la  idea,  de 
cuyo  momento  podía  resultar  o  el  abandono  de  la  iniciativa  o 
la  consagración  definitiva.  Lealmente,  nos  pareció  que  el 
asunto  había  que  plantearlo  de  una  manera  clara.  Pero  que 
nadie  tenía  autoridad,  dentro  del  laicato,  si  no  un  Congreso, 
para  definirlo  de  una  vez. 

Entonces,  después  de  las  elecciones  de  diciembre  de  1910, 
comenzó  el  trabajo  de  elaboración  del  IV  Congreso  Católico,  - 
que  era  la  autoridad  máxima  de  nuestra  causa,  capaz  de  de- 
finir el  problema. 

Si  fastidiosos  y  enojosos  habían  sido  los  trabajos  de  la 
preparación  de  las  elecciones  de  1910,  no  puedo  decir  cosa  dis- 
tinta respecto  de  los  trabajos  de  preparación  del  IV  Congreso 
Católico. 

En  ese  período  que  transcurre  de  diciembre  de  1910  a  no- 
viembre de  1911  — un  año —  toda  la  actividad  se  concentró  en 
hacer  que  el  Congreso  Católico  — como  creíamos  de  nuestro 
deber —  consagrara  la  acción  cívica  de  una  manera  explícita  y 
formal . 

Para  ello,  el  Directorio  de  la  Unión  Católica,  con  el  con- 
curso de  todos  los  elementos  que  volvieron  a  concentrarse  en 
su  seno,  cesando  el  ausentismo  que  se  había  producido  en  los 
últimos  tiempos,  resolvió  estudiar  un  proyecto  de  resolución 
que  dió  lugar  a  larguísimos  debates  en  las  sesiones  del  Direc- 
torio, pero  mucho  más  acalorados  y  difíciles,  fuera  de  las  se- 


112 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


siones,  particularmente  entre  los  distintos  agentes,  de  una  o  de 
otra  idea. 

Al  fin  se  obtuvo  el  acuerdo,  acuerdo  que  consistió  en  ha- 
cer cesar  la  organización  antigua  de  la  Unión  Católica,  en 
donde  se  concentraban  elementos,  desde  luego,  de  todas  las 
tendencias  políticas,  y  que  por  esa  misma  razón  era  siempre 
una  fuente  de  discusión  y  discordia,  dividiéndola  o  desarticu- 
lándola, mejor  dicho,  en  tres  uniones  distintas:  la  Unión  So- 
cial, para  atender  la  labor  de  propaganda  e  ilustración;  la 
Unión  Económica,  para  concentrar  los  organismos  económicos 
creados;  y  la  Unión  Cívica,  a  la  que  la  Unión  Católica  naDia 
dedicado  intensamente  su  última  actividad. 

Ese  fué  el  triunfo,  porque  desde  ese  instante,  combinado 
el  proyecto,  desaparecían  todas  las  discusiones,  todas  las  dudas 
y  todos  los  pretextos  de  ilegitimidad  de  la  acción. 

Efectivamente,  el  proyecto  de  resolución  que  el  Directorio 
de  la  Unión  Católica  resolvió  presentar  al  IV  Congreso  Cató- 
lico, empezaba  por  decir:  "l.*?  Quedan  abrogados  los  estatutos 
de  la  Unión"  Católica;  2?.  Para  el  desarrollo  de  la  acción  fu- 
tura, los  elementos  católicos  se  distribuirán  en  tres  grandes 
entidades  autónomas  que  se  denominarán:  Unión  Social,  Unión 
Económica  y  Unión  Cívica,  las  que  se  regirán  por  los  estatutos 
que  el  Congreso  sancione.  " 

Como  ustedes  ven,  en  este  proyecto  de  resolución,  acep- 
tado por  la  Unión  Católica,  que  resolvió  someterlo  al  IV  Con- 
greso, quedó  eliminada  toda  discusión  sobre  si  la  acción  cívica 
de  los  católicos  era  legítima,  y  si  era  una  obra  de  la  causa. 

El  proyecto  contenía,  en  detalle,  los  estatutos  de  la  Unión 
Social,  los  estatutos  de  la  Unión  Económica,  y  los  estatutos  de 
la  Unión  Cívica,  estatutos  básicos,  podríamos  decir,  raíz,  semi- 
lla de  la  obra,  porque  no  contienen  mayores  detalles.  "Consti- 
tuyese —decían  los  estatutos—  la  Unión  Cívica  del  Uru- 
guay, que  tendrá  por  objeto  agrupar,  organizar  y  dirigir  a  to- 
dos los  católicos  que  bajo  su  dirección  quieran  ejercer  sus  de- 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CÍVICA  113 


rechos  políticos.  2.°  La  Unión  se  constituirá  con  las  asocia- 
ciones o  clubes  cívicos  que  secunden  sus  propósitos  y  se  so- 
metan a  su  dirección  y  con  las  personas  que  adhieran  a  ella. 
3.9  La  Unión  será  gobernada  por  un  Consejo  Directivo,  com- 
puesto de  cinco  miembros,  los  que  serán  elegidos  cada  tres  años 
en  la  forma  que  establezca  su  Carta  Orgánica.  4.9  En  el  acto 
de  la  elección  se  designará  el  Presidente,  y  cuatro  miembros 
que  se  distribuirán  entre  sí  los  cargos  de  l.er  vicepresidente, 
2.°  vicepresidente,  secretario  y  tesorero.  ( El  Presidente  será 
elegido  por  el  Congreso).  5°  El  Consejo  Directivo  de  la  Unión 
Cívica  del  Uruguay  tendrá  su  residencia  en  Montevideo.  6.9 
El  Consejo  Directivo  formará  la  Carta  Orgánica  de  la  Unión,  la 
que  será  sometida  a  la  aprobación  de  una  asamblea  de  dele- 
gados de  los  clubes  cívicos  adheridos.  7°  El  Consejo  Directivo 
formará  también  su  reglamento  interno  y  resolverá  los  casos 
no  previstos  en  estos  Estatutos.  8°  El  Consejo  Directivo  tiene 
amplia  capacidad  legal  para  adquirir  bienes  en  nombre  de  la 
Unión  Cívica  del  Uruguay  y  para  enajenarlos  o  gravarlos  en 
cualquier  forma.  El  presidente  y  el  secretario  suscribirán  en 
todos  los  casos  los  respectivos  contratos.  9.°  Los  presentes  Es- 
tatutos podrán  ser  reformados  por  una  Asamblea  de  delegados 
convocada  con  ese  objeto,  con  un  quorum  de  dos  tercios  de 
miembros  para  la  primera  citación  y  con  los  que  concurran 
para  la  segunda.  " 

Este  proyecto  fué  difundido  con  la  mayor  amplitud  posi- 
ble, dándose  a  conocer  a  todas  las  instituciones  de  la  capital  y 
del  interior,  que  tuvieran  cualquier  género  de  afinidad  con  la 
causa  católica.  Fué  sometido,  además,  directamente,  a  distin- 
tas personas  cuyo  consejo  y  cuya  opinión  podían  ser  tenidos 
en  cuenta.  Podemos  decir  que  vestido  de  la  máxima  autoridad 
posible,  pudo  ser  aprobado  y  sometido  al  IV  Congreso  Católico. 

En  definitiva,  la  idea  fué  sometida  a  la  aprobación  del  Pre- 
lado, que  era  entonces  Monseñor  Isasa,  pidiéndole  autorización 
para  convocar  al  IV  Congreso  Católico,  a  fin  de  someterle  el 
proyecto  de  organización  a  su  consideración.  Obtenida  la  auto- 


114 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


rización  correspondiente,  el  Directorio  formuló  el  programa 
del  Congreso  y  convocó  a  los  delegados.  Dos  delegados  por 
cada  entidad;  nunca  la  causa  católica  había  tenido  una  asam- 
blea de  tanta  importancia.  Trescientos  delegados;  no  simples 
concurrentes  a  una  reunión:  delegados,  dos  por  cada  entidad. 

Se  constituyó,  efectivamente,  el  Congreso  con  los  miem- 
bros natos,  que  eran  el  Comité  Ejecutivo  y  el  Directorio  de  la 
Unión  Católica;  con  los  representantes  del  Clero  Secular;  con 
los  representantes  de  las  comunidades  religiosas;  con  los  re- 
presentantes de  las  parroquias  de  la  capital;  con  los  represen- 
tantes de  las  parroquias  de  campaña;  con  los  representantes 
de  los  comités  parroquiales  de  Montevideo,  de  la  Unión  Cató- 
lica; con  los  comités  departamentales  de  campaña;  con  los  pe- 
riódicos católicos,  que  eran  entonces  "  El  Bien  ",  "  El  Amigo 
del  Obrero  ",  "  El  Demócrata  ",  "  La'Nueva  Idea  "  ( Trinidad  ), 
"  La  Epoca  "  (  San  José  ),  "  La  Reacción  "  (  Carmelo  )  y  "La 
Semana  Religiosa  "  ( Montevideo );  con  los  clubes  cívicos  de  la 
capital;  con  los  clubes  cívicos  de  la  campaña  y  con  todas  las 
demás  instituciones  piadosas,  como  la  Orden  Tercera,  las  Co- 
fradías, las  congregaciones;  con  los  representantes  de  todos  los 
Centros  de  Jóvenes  de  la  capital  y  centros  de  Jóvenes  de  cam- 
paña; con  los  de  algunas  otras  asociaciones  diversas,  como  el 
Club  Católico,  el  Directorio  de  la  Democracia  Cristiana,  el  Cen- 
tro Democrático  Cristiano  de  la  Unión,  el  Centro  Democrático 
Cristiano  del  Puerto,  la  Liga  Patriótica  Italiana,  la  Asociación 
León  XIII  y  el  Centro  Democrático  Cristiano  La  Joven  Guar- 
dia. No  quedó  ninguna  institución,  de  cualquier  especie  que 
fuera,  sin  representación  en  el  Congreso,  el  cual  inició  sus  se- 
siones el  día  5  de  noviembre  de  1911. 

Procedió  a  elegir  su  Mesa,  previo  nombramiento  de  la  Co- 
misión de  escrutinio,  que  quedó  constituida  en  la  forma 
siguiente:  Presidente  honorario,  Monseñor  Ricardo  Isasa;  Vices- 
Presidentes  honorarios  Monseñor  Pío  Stella  y  doctor  Juan 
Zorrilla  de  San  Martín;  Presidente,  doctor  Joaquín  Secco  Illa; 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


115 


Vicespresidentes,  doctores  Luis  Pedro  Lenguas,  Hipólito  Ga- 
llinal  y  Elbio  Fernández;  secretarios,  doctores  Hugo  Antuña, 
Víctor  Escardó  y  Anaya,  Gustavo  Gallinal  y  Rafael  Algorta 
Camuso;  Prosecretarios,  doctores  Juan  José  Fernández  Mas, 
Br.  Alfredo  Canzani  — todavía  no  era  doctor — ,  Pedro  Ipuche  y 
Constante  Facello  (hijo);  Inspectores  Raymundo  Zaffaroni, 
Santos  Brito,  Fernando  C.  Pía  y  Guillermo  Bernasconi. 

Lo  primero  que  se  hizo  en  la  primera  sesión,  fué  oír  la 
memoria  del  Directorio  de  la  Unión  Católica,  que  cesaba  en  su 
mandato.  Esa  memoria  nunca  se  ha  publicado,  por  más  que 
repetidas  veces  así  se  ha  resuelto.  No  es  fácil  publicarla,  por- 
que tiene  más  de  ochocientas  páginas. 

Leeré  el  extracto  del  índice,  para  que  se  den  cuenta,  en  el 
período  de  la  existencia  de  ese  Comité  Ejecutivo,  además  de  la 
acción  cívica,  de  todas  las  demás  materias  que  trató  la  Unión 
Católica.  Debo  advertir  que  no  es  de  extrañar,  porque  acababa 
de  iniciarse  en  el  país,  una  era  agitada  para  la  causa  católica,  . 
que  a  cada  paso  comprometía  problemas  de  interés.  El  índice 
es  el  siguiente:  el  primer  capítulo  está  dedicado  al  nombra- 
miento y  composición  del  Comité  Ejecutivo  y  del  Directorio; 
el  segundo,  a  las  adhesiones,  -felicitaciones  y  demostraciones 
recibidas;  el  tercero,  a  la  organización  interna  del  Directorio, 
que  comprende  dos  secciones:  la  secretaría  y  la  tesorería;  el 
cuarto,  la  Unión  Católica  y  los  comités  locales;  el  quinto,  la 
Unión  Católica  y  su  órgano  "  El  Bien  ";  el  sexto,  la  Unión  Ca- 
tólica y  la  Asociación  León  XIII,  que  era  la  propietaria  de  la 
imprenta  y  del  edificio  de  "  El  Bien  ";  y  así  sucesivamente,  la 
Unión  Católica  y  el  Jubileo  de  S.  S.  Pío  X;  la  Unión  Católica 
y  Monseñor  Soler;  la  UniónCatólica  y  la  Virgen  de  los  Treinta 
y  Tres;  la  Unión  Católica  y  la  Leyenda  Patria;  la  Unión  Cató- 
lica y  las  procesiones  de  Corpus-Christi;  la  Unión  Católica  y 
las  escuelas  religiosas;  la  Unión  Católica  y  las  obras  sociales; 
la  Unión  Católica  y  la  defensa  de  la  Iglesia,  que  comprende,  a 
su  vez,  tres  partes:  la  primera,  los  trabajos  respecto  al  Censo 


116 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


Nacional  de  1908;  la  segunda,  las  manifestaciones  de  adhesión 
a  la  autoridad  eclesiástica  con  motivo  de  la  hostilidad  de  los 
poderes  públicos;  y  la  tercera,  los  trabajos  en  defensa  de  la 
propiedad  de  los  templos  de  la  Iglesia  nacional.  Esto,  porque 
hubo  un  conato  — es  historia  antigua —  de  declarar  de  propie- 
dad nacional  los  templos,  con  motivo  de  una  equivocada  ges- 
tión — me  permito  calificarla  así —  iniciada  por  la  Curia  ante 
el  Gobierno,  pidiéndole  que  costeara  las  veredas  de  la  Cate- 
dral, que  acababan  de  hacerse.  El  Gobierno  dictó  un  decreto, 
diciendo  que  como  era  propiedad  pública,  iba  a  pagar  las  ve- 
redas, y  ante  ese  decreto,  con  el  fin  de  que  no  las  pagaran 
— las  veredas —  se  inició  una  contribución  de  veinte  centési- 
mos  por  persona,  para  costearlas.  Podemos  ver  en  "El  Bien-' 
durante  semanas  enteras,  la  lista  de  todo  el  pueblo  uruguayo 
que  contribuyó;  listas  de  veinte  personas,  dando  un  centésimo 
cada  una.  Y  se  pagaron  las  veredas,  y  el  sobrante  se  dedicó 
a  dotar  de  dos  linotipos  a  "El  Bien",  ya  que  nos  había  ayu- 
dado tanto  en  la  campaña. 

Todos  estos  capítulos  darían  de  por  sí  para  una  larga  his- 
toria. Yo  me  limito  a  leerles  el  índice. 

La  segunda  parte  de  la  memoria,  es  ese  libro  amarillo  que, 
bajo  el  título  de  "  El  Civismo  Católico  ",  ustedes  conocen.  Esa 
es  la  segunda  parte  de  la  memoria  presentada  al  IV  Congreso 
Católico,  por  el  Directorio  de  la  Unión  Católica,  en  donde  se 
detallan  todos  los  actos  iniciales  de  nuestros  trabajos,  en  el 
propósito  de  hacer  marchar  la  idea  de  la  organización. 

Para  considerar  el  proyecto  que  el  Directorio  de  la  Unión 
Católica  sometía  al  IV  Congreso  Católico,  se  nombró  una  Co- 
misión informante  que  quedó  compuesta  así:  Antonio  J.  Rius 
y  doctor  Miguel  Perea;  Rdo.  P.  José  Ilusa,  Rdo.  P.  Ricardo  Pit- 
tini,  Pbro.  Marcial  Pérez,  doctor  Lorenzo  Losada,  Pbro.  Joa- 
quín Arrospide,  doctor  Víctor  Escardó  y  Anaya,  doctor  Jacinto 
Casaravilla,  doctor  Alejandro  Gallinal,  doctor  Hugo  Antuña  y 
Pbro.  Fernando  Damiani. 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CIVICA 


117 


Yo  quiero  hacer  notar  el  gran  espíritu  con  que  se  proce- 
dió en  ese  Congreso,  porque  basta  leer  la  lista  de  miembros 
que  componían  esta  Comisión  informante,  que  debía  dar  su 
informe  al  Congreso,  sobre  el  proyecto  presentado,  para  adi- 
vinar que  no  había  ni  el  más  ligero  propósito  de  asegurar  un 
informe  favorable,  ya  que  la  Comisión  estaba  compuesta  por 
personas  que,  de  antemano,  sabíamos  que  no  habían  partici- 
pado en  la  acción  cívica  que  el  Directorio  había  desarrollado. 

Pero  es  de  advertir  que  en  el  Congreso,  salvo  muy  peque- 
ñas discrepancias  que  anotaré  de  paso,  como  recuerdo,  hubo 
una  gran  amplitud,  una  gran  cordialidad  entre  los  católicos,  y 
yo  me  animaría  a  afirmar  que  había  entonces  un  gran  respeto 
por  la  importancia  de  la  idea  de  la  organización  cívica,  y  na- 
die se  animó  a  contrariarla  abiertamente. 

La  Comisión  informante  presentó  su  informe,  que  suscri- 
bían todos  sus  miembros.  No  crean  que  en  ese  Congreso  se 
procedió  canónicamente  — lo  digo  en  sentido  figurado —  por- 
que fueron  discutidos  uno  por  uno  y  largamente  todos  los  ar- 
tículos, con  largos  debates,  entre  los  cuales  nos  interesa  en  este 
momento  recordar,  sólo  dos  aspectos:  la  composición  del  co- 
mité central  y  la  cuestión  cívica. 

Sobre  las  tres  uniones,  y  como  nexo  entre  ellas,  el  pro- 
yecto organizaba  un  Comité  Central.  Ese  Comité  Central  se 
integraba  con  los  Presidentes  de  las  tres  uniones  y  dos  miem- 
bros más,  elegidos  por  todos  los  Consejos  de  las  uniones,  en 
asamblea,  de  manera  de  formar  cinco  miembros  del  Comité 
Central.  Ese  era  el  proyecto. 

Cuando  esa  parte  fué  sometida  a  la  deliberación  del  Con- 
greso, provocó  larguísimo  debate,  orientado  en  el  sentido  de 
que  todos  querían  tener  un  representante  en  el  Comité  Cen- 
tral, es  decir,  volver  a  la  organización  del  viejo  Directorio  de 
la  Unión  Católica.  Esos  postulados,  no  tuvieron  mayor  anda- 
miento, como  por  ejemplo,  el  que  formuló  la  Democracia  Cris- 
tiana, con  toda  razón  y  con  perfectos  fundamentos.  Pero  otros 


118 


V 

JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


causaron  gran  sensación,  como  el  de  la  juventud  católica,  que 
entonces  gozaba  de  una  era  de  gran  prosperidad,  con  centros 
en  casi  todas  las  parroquias  y  en  casi  todos  los  colegios  de  la 
capital  y  del  interior,  con  una  federación  próspera,  con  un  pres- 
tigio, por  sus  iniciativas  y  por  su  actividad,  enorme.  Fué  muy 
defendida  en  el  Congreso,  por  el  representante  que  tenía  — no 
se  olviden  que  cada  instituto  tenía  dos  representantes —  que 
era  el  doctor  Miranda,  apoyado  calurosamente  por  el  Padre 
Pittini,  que  en  esa  época  era  un  poco  el  alma  del  movimiento 
juvenil.  Ese  debate  es  interesantísimo,  porque,  además  de  las 
reflexiones  de  carácter  puramente  argumental,  están  los  re- 
cuerdos históricos,  que  no  deben  olvidarse  en  la  reseña  de 
la  causa. 

En  definitiva,  el  Congreso  resolvió  dejar  al  Comité,  como 
se  había  propuesto,  integrado  por  los  tres  miembros,  Presiden- 
tes de  las  respectivas  uniones,  y  dos  miembros  más  elegidos 
en  asamblea,  en  la  forma  que  acabo  de  mencionar.  Pero  no 
dejaron  de  constituir  una  preocupación  seria  para  el  Congreso, 
las  funciones  que  se  le  atribuían  al  Comité  general,  porque 
bajo  el  pretexto  de  que  debía  velar  por  la  organización  y  para 
dirimir  los  conflictos  que  se  produjeran  entre  las  Uniones,  ha- 
bía un  título  de  intervención,  incluso  para  actuar  en  la  obra 
netamente  cívica.  Eso  no  se  documentó  por  escrito  en  el  Con- 
greso, pero  hubieron  compromisos  de  honor,  formales  y  solem- 
nes, de  que  ninguna  de  esas  disposiciones  servirían  para  coar- 
tar en  su  acción  la  autonomía  declarada  que  debía  tener  en  el 
futuro  la  Unión  Cívica. 

Los  artículos  del  proyecto  de  estatutos  de  la  Unión  Cívica 
que  yo  he  leído  antes,  fueron  suscritos  tal  cual,  sin  ninguna 
variante,  por  la  Comisión  informante. 

Se  procedió,  como  digo,  a  la  consideración  y  discusión,  ar- 
tículo por  artículo,  del  proyecto;  fué  aprobado  el  que  declaraba 
que  quedaban  abrogados  los  estatutos  de  la  Unión  Católica; 
fué  aprobada,  la  creación  de  la  Unión  Cívica  y  fueron  aproba- 
dos los  estatutos,  en  detalle,  de  la  Unión  Cívica. 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CIVICA 


119 


Debo  recordar,  simplemente  a  título  ilustrativo,  la  oposi- 
ción categórica  que  en  el  Congreso  hizo,  en  nombre  de  un 
grupo  de  congresales,  el  señor  Turena,  no  José  Pedro,  el  doctor 
Pedro  Turena,  con  la  franqueza  que  le  es  característica,  y  te- 
nía razón.  "  Solicito  del  distinguido  miembro  informante  una 
pequeña  aclaración  con  respecto  a  la  acción  cívica  ",  dijo.  Y 
con  el  pretexto  de  la  aclaración,  hubo  un  largo  discurso,  opo- 
niéndose categóricamente  a  la  creación  de  la  Unión  Cívica 
como  partido  católico.  No  fué  el  único.  Un  venerable  colega, 
el  doctor  Pedralves,  a  quien,  tal  vez,  alguno  de  ustedes  haya 
conocido,  Decano  de  los  abogados  del  Uruguay,  también  se 
opuso,  recordando  las  palabras  de  Jesús,  de  que  su  reino  no 
era  de  este  mundo. 

— Hubieron  otras  voces,  en  cambio,  nacionalistas,  que  no 
nos  habían  acompañado,  que  se  habían  opuesto  a  la  Unión  Cí- 
vica, sobre  todo  en  sus,  últimos  momentos,  en  vísperas  electo- 
rales, y  que  con  toda  lealtad  declararon  que  ellos  no  acompa- 
ñarían, como  los  doctores  Ponce  de  León,  (  Vicente  y  Luis ),  a 
la  Unión  Cívica,  por  creer  que  era  un  error,  pero  que  respe- 
taban y  aplaudían  a  los  compatriotas  de  suficiente  coraje  que, 
sin  querer  actuar  en  la  canalización  política  ordenada  por  los 
partidos  tradicionales,  quisieran  actuar,  decidida  y  definida- 
mente,  en  las  filas  de  un  nuevo  partido,  como  la  Unión  Cívica. 

En  definitiva,  los  estatutos  fueron  aprobados  por  gran  ma- 
ría  del  Congreso,  y  se  procedió  a  la  elección  de  los  respectivos 
Consejos.  Aprobados  los  estatutos,  había  que  elegir  cinco  miem- 
bros del  Consejo  de  la  Uni('»n  Social,  del  Consejo  de  la  Unión 
Económica  y  del  de  la  Unión  Cívica,  que  los  mismos  estatutos 
preveían.  Esto  se  hizo,  naturalmente,  por  una  elección,  para 
lo  cual,  también  se  nombró  la  respectiva  Comisión  de  escruti- 
nio, la  cual  produjo  su  informe.  Uno  de  los  signos  gráficos  del 
ambiente  que  tenía  la  organización  cívica  en  el  Congreso,  fué 
el  resultado  de  la  elección. 

Cuando,  como  Presidente  del  Congreso  — dijo  la  crónica — 
me  tocó  declarar  que  habían  sido  aprobados  los  estatutos  de  la 


120 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


Unión  Social,  "  grandes  aplausos  ";  los  estatutos  de  la  Unión 
Económica,  "  grandes  aplausos  ";  los  estatutos  de  la  Unión  Cí- 
vica "  clamorosa  ovación  en  el  seno  del  Congreso  ".  Y  al  pro- 
cederse  a  la  proclamación  de  los  electos,  por  la  Unión  Social, 
que  fueron,  para  Presidente,  el  doctor  Rius,  y  para  miembros 
del  Consejo,  los  doctores  Antuña,  Quagliotti,  Escardó  y  Anaya, 
Vicente  Novoa  y  Vicente  Ponce  de  León;  por  la  Unión  Econó- 
mica, fué  proclamado  el  doctor  Perea  y  miembros  del  Consejo, 
Casara  villa,  Zaffaroni,  Alejandro  Gallinal  y  Cayota;  por  la 
Unión  Cívica,  me  tocó  aceptar  el  cargo  de  Presidente,  y  para 
miembros  del  Consejo,  resultaron  electos  los  doctores  Ferrés, 
Fernández,  Harán  y  Adolfo  Isasa.  Los  nombramientos  — vuelve 
a  recalcarlo  el  acta —  fueron  recibidos  con  grandes  aplausos,  y 
repetida  la  clamorosa  ovación  al  constituirse  el  Consejo  de  la 
Unión  Cívica. 

En  la  sesión  de  clausura,  a  cada  uno  de  los  Presidentes  le 
tocó  definir  los  rumbos  del  organismo  que  quedaba  en  su  re- 
presentación. Yo  no  voy  a  leer  ni  el  principio  ni  el  medio:  voy 
a  leer  el  final  con  que  se  recibió  mi  declaración,  en  nombre  de 
la  nueva  Unión  Cívica,  que  recién  en  ese  momento,  propia- 
mente, quedaba  constituida.  La  concurrencia  se  puso  de  pie 
para  aclamarla.  Así  fué  recibida  la  definitiva  sanción  por  el 
gran  Senado  de  la  causa,  que  era  el  IV  Congreso. 

Pero  no  sería  completa  esta  vista  retrospectiva,  del  verda- 
dero momento  de  origen  de  la  Unión  Cívica,  si  yo  no  recordara 
las  palabras  — lo  que  sucedió  al  principio  sucedía  de  nuevo 
ahora —  con  que  fué  recibida  por  el  Prelado. 

En  las  primeras  clases  he  hablado  de  la  carta  de  Monseñor 
Soler,  por  la  cual  aceptaba  y  aplaudía  la  resolución  del  Direc- 
torio de  proceder  a  la  organización  cívica  de  los  católicos,  carta 
memorable,  que  es  un  tesoro.  En  el  IV  Congreso,  creada,  vo- 
tada y  constituida,  podríamos  decir,  la  Unión  Cívica,  Monseñor 
Isasa,  cuyo  recuerdo  deberíamos  tener  permanentemente  pre- 
sente, porque  fué,  sin  duda,  la  columna  más  eficaz  para  alen- 
tar a  los  que  trabajábamos  por  la  implantación  del  civismo  ca- 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CIVICA 


121 


tólico  en  el  país,  con  una  valentía  sin  igual  y  con  una  decisión 
incuestionable,  en  su  discurso  final  dijo  entre  otras  cosas: 
"La  acción  católica  se  presenta,  pues,  por  la  nueva  orga- 
nización, distribuida  en  tres  grandes  ramificaciones:  la  Unión 
Social,  la  Unión  Económica,  la  Unión  Cívica.  "  Más  adelante 
agregaba:  "  La  parte  económica  ocupa  el  segundo  lugar  en  el 
organismo  de  la  acción  católica  que  acabáis  de  sancionar.  Esta 
segunda  sección  viene  a  entender  una  necesidad  muy  impor- 
tante de  los  tiempos  actuales;  y  como  ya  tenéis  adelantada  la 
experiencia  con  las  diversas  instituciones  de  los  Círculos  Cató- 
licos de  Obreros,  Caja  Obrera,  Cajas  Rurales,  etc.,  no  os  será 
difícil  prestar  importantes  servicios  en  esta  materia,  sobre  todo 
a  los  obreros.  Yo  os  felicito  al  pensar  que  tendréis  decididos 
colaboradores  en  los  intrépidos  Demócratas  Cristianos. "  Y 
agregaba:  "  Ahora,  viniendo  a  la  parte  cívica,  me  ocuparé  de 
ella  con  alguna  detención,  ya  para  inculcarlos  al  deber  que  os 
concierne,  ya  para  desvanecer  algunos  prejuicios  que  existen 
acerca  de  este  punto,  especialmente  por  lo  que  se  refiere 
al  clero.  Esta  Unión  tiene  el  gran  cometido  de  dirigir  los  tra- 
bajos electorales,  llamando  en  torno  suyo  y  estimulando  a  to- 
dos los  hombres  de  buena  voluntad,  a  todos  los  ciudadanos  que 
deseen  el  bien  público,  para  que  concurran  a  las  urnas  a  depo- 
sitar su  voto  a  fin  de  llevar  al  Cuerpo  Legislativo  ciudadanos 
que  defiendan  y  hagan  triunfar  los  derechos  más  sagrados  e 
importantes  de  la  sociedad.  "  Continúa  desarrollando  el  pen- 
samiento, y  dice  más  adelante:  "  Pasemos  ahora  a  destruir  los 
prejuicios  de  que  hablamos.  Yo  no  sé  como  entienden  algunos 
la  Religión  con  respecto  a  la  política.  Parece  que  quisieran 
considerar  separadas  la  una  de  la  otra,  cuando  no  es  así,  pues 
como  dice  el  ilustre  marqués  de  Valdegamas,  "no  hay  cuestión 
política  en  que  no  entre  una  verdad  religiosa.  "  Sin  duda  por 
esa  especie  de  entredicho  o  desvinculación,  que  ven  entre  una 
y  otra,  hay  quienes,  llevados  por  un  puritanismo  y  de  un  celo 
mal  entendido,  y  tal  vez  por  escrúpulos  farisaicos,  quisieran 
aconsejarnos  que  los  sacerdotes  no  debieran  mezclarse  en  la 


122 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


% 

política,  ni  concurrir  a  depositar  su  voto  en  las  urnas,  sino 
quedarse  en  las  iglesias  y  en  las  sacritías,  callándose  en  todo  y 
conformándose  con  todos  los  errores  y  avances  de  la  impiedad. 
Ah!  esto  no  puede  ser  así,  mil  veces  no!  Así  sólo  lo  entienden 
nuestros  enemigos,  por  la  cuenta  que  les  trae  en  quedarse  so- 
los en  el  gobierno  de  los  pueblos  sin  que  nadie  los  moleste, 
para  poder  así  molestar  y  abatir  a  la  Iglesia  y  los  católicos. 
Pero  no  así  lo  entiende  la  Iglesia  ni  los  Pontífices,  ni  los  cató- 
licos ilustrados.  Nadie  tiene  más  obligación  que  los  Obispos  y 
los  sacerdotes  de  cuidar  de  la  integridad  de  la  fe,  predicar 
oportuna  e  importunadamente,  argüir,  reprender  e  increpar  a 
los  soberbios  contradictores,  preservar  la  grey  que  les  ha  sido 
confiada  del  veneno  del  error  y  del  vicio,  defender  la  sana 
doctrina  y  todos  los  derechos  de  la  Iglesia,  como  lo  mandó  Jesu- 
cristo a  los  Apótoles.  " 

Y  así,  en  su  largo  discurso,  insiste  y  recomienda,  intensa  y 
decididamente,  la  obra  política  de  los  católicos,  a  quienes 
exhorta  de  la  siguiente  manera:  "  Debemos  ocuparnos  de  ha- 
cer política  cristiana  para  defender  los  derechos  sagrados  de  la 
Religión".  Y  más  adelante:  "La  Santa  Sede  recomienda  en- 
carecidamente a  los  Obispos  y  sacerdotes  juntamente  que  a  los 
católicos  seglares,  que  trabajen  con  el  fin  de  llevar  a  las  Cá- 
maras al  mayor  número  de  representantes  católicos,  para  que 
pueda  haber  allí  quienes  defiendan  la  buena  causa.  Es  un  de- 
ber, pues,  sagrado,  el  ocuparse  de  la  política.  " 

Y  concluyó  su  larga  exposición  de  clausura  el  Obispo  Dio- 
cesano, en  aquel  Congreso,  recomendando:  "  Estad  firmes  en 
los  propósitos.  Estad  firmes  en  la  fe  y  adictos  sinceramente  a 
la  autoridad  de  la  Iglesia,  y  que  la  caridad  resplandezca  en  to- 
das vuestras  obras.  Intransigentes  en  cuanto  a  la  doctrina,  se- 
réis tolerantes  y  caritativos  con  las  personas  y  sus  opiniones.  " 

De  esta  manera  quedó  definitivamente  consagrada,  al 
abrigo  de  todas  las  discrepancias  y  de  todas  las  discusiones,  la 
legitimidad  de  la  acción  política  de  los  católicos  en  las  filas  de 
la  Unión  Cívica. 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CIVICA 


123 


No  nos  da  el  tiempo  en  la  clase  de  hoy  — puesto  que  ya 
son  las  20  horas —  para  estudiar  el  complemento  indispensable, 
que  son  los  primeros  pasos  de  la  Unión  Cívica  propiamente  di- 
cha, la  actuación  de  su  Consejo,  la  preparación  de  su  programa 
y  de  su  carta  orgánica,  cosa  a  la  que  se  dedicó  de  inmediato 
y  que  presentó  a  la  Convención  del  año  subsiguiente,  o  sea  del 
12,  en  agosto,  en  la  que  fueron  aprobados. 

Ese  nuevo  período  lo  estudiaremos  en  la  próxima  clase. 

He  terminado.  ' 

( Prolongados  aplausos. ) 


SEXTA  CLASE 


<^)OTADA  LA  CREACION  DE  LA  UNION  CIVICA  en  el 
' — '  Cuarto  Congreso  que  le  dió  sus  estatutos  básicos  — según 
lo  hemos  visto  en  la  última  clase —  el  Consejo  Directivo  nom- 
brado en  aquel  Congreso,  procedió  a  constituirse,  discerniendo 
los  cargos,  además  del  Presidente,  que  ya  había  sido  nombrado 
en  el  propio  Congreso,  en  la  siguiente  forma:  Vicepresidente, 
el  doctor  Antonio  Harán;  Vicepresidente  2°,  el  doctor  Carlos 
Ferrés;  Tesorero,  el  señor  Adolfo  Isasa  y  Secretario,  el  doctor 
Elbio  Fernández,  quedando  así  instalada  la  autoridad  de  la 
nueva  entidad  que  se  había  formado. 

Esta  se  puso  de  inmediato  a  desempeñar  tres  tareas  prin- 
cipales; primera,  la  reorganización  de  los  centros  cívicos;  se- 
gunda, la  sanción  de  la  Carta  Orgánica;  tercera,  la  sanción  de 
su  Programa  de  Principios. 

La  reorganización  de  los  centros  cívicos:  porque,  como  us- 
tedes recordarán,  desde  las  elecciones  de  diciembre  de  1910, 
hasta  el  Congreso  de  noviembre  d  1911,  por  resolución  del  Di- 
rectorio, mientras  se  daba  tiempo  para  proyectar  la  nueva  orga- 
nización, los  trabajos  de  organización  cívica  quedaron  suspen- 
didos y  las  entidades  ya  existentes  bajo  la  dependencia  directa 
del  Comité  Ejecutivo.  Ese  breve  espacio  de  tiempo,  natural- 
mente había  contribuido  a  hacer  descansar  los  núcleos  cívicos 
existentes,  ya  constituidos,  y  era  lógico  que  la  primera  tarea 
del  Consejo  nuevo  de  la  Unión  Cívica,  consistiera,  precisamente, 
en  reorganizarlos  y  darles  vida.  Desde  luego,  hubo  clubes  que 
lo  hicieron  espontáneamente,  reorganizando  sus  autoridades; 
en  cambio,  como  el  ritmo  de  reorganización  no  era  bastante 
acelerado,  el  Consejo  Directivo  se  vió  en  la  obligación  de 


128 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


nombrar  Comisiones  de  propaganda,  aquí,  en  Montevideo,  y 
en  otros  departamentos.  Todo  ese  tiempo  fué  necesario  es- 
perar, para  poder  citar  a  la  Convención  de  la  Unión  Cívica. 

He  aquí  porque,,  a  pesar  de  haberse  celebrado  el  Cuarto 
Congreso  creando  la  Unión  Cívica  en  noviembre  de  1911,  la 
Convención  recién  fué  citada  para  agosto  de  1912.  No  hubo, 
pues,  ni  demora  ni  omisión  de  especie  alguna,  sino  el  empleo 
de  tiempo,  realmente  indispensable,  para  poder  presentar  las 
filas  de  la  Unión  Cívica  en  debida  forma. 

En  el  primer  momento  de  la  constitución  o  instalación  del 
primer  Consejo  Directivo,  se  produjo  una  incidencia  que,  aun- 
que de  detalle,  es  uno  de  los  tantos  antecedentes  que  conviene 
no  olvidar  cuando  se  habla  de  las  dificultades  con  que  en  todo 
tiempo  ha  luchado  siempre  nuestra  obra.  Ya  recordarán  us- 
tedes, porque  de  ello  hemos  hablado,  la  desintegración  del  Co- 
mité Ejecutivo  de  la  Unión  Católica,  en  el  año  1910,  que  pro- 
vocó el  retiro  de  tres  ilustres  y  autorizados  correligionarios  que 
en  un  principio  nos  habían  acompañado  en  la  organización  y 
que,  cuando  en  el  año  electoral  se  agudizaron  los  problemas 
partidarios  o  partidistas,  entendieron  que  nunca  se  habían  se- 
parado del  suyo,  del  propio,  del  que  tenían  antes,  y  que  po- 
drían actuar  a  la  vez,  en  la  organización  cívica  y  en  la  orga- 
nización partidista.  Como  la  Unión  Católica  no  participó  de 
ese  modo  de  pensar,  demostrando  su  propósito,  ya  entonces 
bien  claro,  de  formar  una  entidad  totalmente  independiente, 
esos  tres  correligionarios  tuvieron  que  retirarse  del  Comité 
Ejecutivo. 

Bien.  Por  una  rara  coincidencia,  a  raíz  del  Congreso  Ca- 
tólico y  de  la  instalación  del  primer  consejo  Directivo  de  la 
Unión  Cívica  se  reprodujo  un  problema  semejante. 

Además  de  las  tres  uniones,  el  Congreso  Católico  había 
creado  un  organismo  especial  que  se  llamaba  Comtié  Central, 
cuyas  funciones  no  habían  sido  claramente  definidas.  Enten- 
dieron algunos  que  tenía  determinadas  facultades  que  otros  no 
le  concedían,  ni  le  atribuían.  El  hecho  es  que  presidió  el  primer 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CÍVICA 


129 


Comité  Central  uno  de  los  correligionarios  que  se  habían  reti- 
rado del  Comité  Ejecutivo  de  la  Unión  Católica,  en  aquella 
anterior  oportunidad,  cuyas  opiniones  respecto  de  la  acción 
cívica  no  eran  del  todo  favorables,  de  suerte  que  así  que  co- 
menzó a  actuar  el  Comité  Central,  se  produjo  el  primer  roza- 
miento con  la  Unión  Cívica. 

Me  tocó  de  nuevo  enfrentar  el  problema.  Entonces,  re- 
nuncié a  la  Presidencia  de  la  Unión  Cívica,  más  que  por  ceder 
el  campo  libre,  como  un  medio  táctico  para  que  se  aclarara 
la  duda,  para  que  se  resolviera  la  dificultad.  Y,  efectivamente, 
así  sucedió,  porque  en  virtud  de  esa  renuncia  — dice  el  acta 
de  30  de  noviembre  de  1911 —  el  doctor  Casaravilla,  Presidente 
del  Comité  Central,  me  declaró  categóricamente  que  mientras 
desempeñara  dicho  cargo,  se  abstendría  de  toda  participación 
activa  en  la  política  de  los  partidos  tradicionales.  Y  agrega 
el  actá:  ". .  .y  que  al  mismo  tiempo  consideraba  como  un  deber 
que  ese  mismo  cargo  le  imponía,  el  propender  desde  la  Pre- 
sidencia del  Comité  Central  al  progreso  de  las  tres  uniones, 
Social,  Económico  y  Cívica.  En  virtud  de  esta  manifestaciones 
— dije —  me  complazco  en  acceder  al  pedido  del  Consejo  Di- 
rectivo y  retiro  mi  renuncia  del  cargo  de  Presidente". 

Por  segunda  vez,  pues,  quedó  eliminado  todo  conflicto  con 
los  elementos  de  los  partidos  tradicionales  que  hasta  ese  ins- 
tante, por  lo  menos,  predominaban  en  las  filas  católicas.  Esa 
declaración,  que  constó  asentada  y  documentada  en  las  actas 
del  Comité  Central,  como  lo  está  en  las  actas  del  Consejo  Di- 
rectivo de  la  Unión  Cívica,  forma  una  tradición  que  ninguno 
se  ha  atrevido  ya,  después  de  eso,  a  romper  ni  a  alterar. 

La  segunda  de  las  tareas,  como  decía,  del  Consejo  Direc- 
tivo después  de  su  instalación,  fué  el  dictar  la  Carta  Orgánica. 
La  Unión  Católica,  en  su  actividad  cívica,  ya  lo  hemos  dicho, 
no  tenía  un  reglamento  especial.  Toda  la  actividad  se  desen- 
volvía sobre  la  base  de  los  Estatutos  de  la  Unión  Católica,  que 
si  bien  preveían,  en  principio,  la  acción  política,  no  habían 
previsto  los  organismos  correspondientes,  adecuados  a  las  dis- 


130 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


posiciones  legales,  que  podían  dirigir  y  encaminar  esa  acción. 
La  Unión  Católica,  pues,  se  vió  obligada,  entoces,  a  darles,  a 
los  clubes  cívicos,  un  reglamento  provisional.  Estudió  una  re- 
glamentación general  de  la  acción  cívica,  por  mí  propuesta, 
pero  no  llegó  definitivamente  a  sancionarla. 

La  Unión  Cívica,  ya  constituida,  no  podía  dejar  de  tener, 
como  es  lógico,  una  Carta  Orgánica,  y  esa  fué,  como  digo,  una 
de  las  tareas  inmediatas  que  emprendió  y  abordó  el  Consejo 
Directivo.  Aquí  tengo  el  Reglamento  provisorio  de  los  clubes 
cívicos  de  la  Unión  Católica  del  Uruguay.  No  tengo  actual- 
mente mayor  interés  en  referirme  a  él,  porque,  por  otra  parte, 
está  casi  reproducido  en  la  Carta  Orgánica.  Tengo  también  aquí 
el  proyecto  de  Carta  Orgánica  de  la  Unión  Cívica  Popular,  que 
presenté  al  Directorio  de  la  vieja  Unión  Católica,  y  que  tomó 
como  base  el  nuevo  Consejo  Directivo  de  la  Unión  Cívic^  para 
crear  su  propia  Carta  Orgánica.  Aquí  están  las  actas  del  Con- 
sejo Directivo,  en  las  que  se  hace  referencia  a  esos  antecedentes. 

No  voy  a  leerlas  detenidamente,  pero  en  todas  las  sesio- 
nes consecutivas  de  los  meses  de  enero  y  febrero  de  1912,  el 
Consejo  Directivo  se  ocupó  del  estudio  de  la  Carta  Orgánica, 
detalladamente,  y  en  definitiva  aprobó  mi  proyecto  con  pocas 
variantes.  Ese  proyecto  fué  sometido  después  a  la  Convención 
de  agosto  de  1912. 

Cosa  similar  pasó  con  la  tercera  tarea  que  emprendió  el 
Consejo  Directivo,  o  sea  el  Programa  de  Principios.  En  sesión 
de  6  de  mayo,  después  de  terminado  el  estudio  de  la  Carta 
Orgánica,  el  Consejo  Directivo,  según  dice  el  acta,  cambió  ideas 
sobre  la  conveniencia  de  redactar  un  programa  político  de  la 
Unión  Cívica  del  Uruguay,  y  se  resolvió  continuar  con  esta 
cuestión,  en  las  reuniones  sucesivas,  como  se  hizo,  efectiva- 
mente, según  consta  en  actas.  En  sesión  de  agosto  19,  casi  en 
vísperas  de  la  Convención,  se  consideró  el  proyecto  de  Pro- 
grama de  Principios,  presentado  por  el  Presidente,  y  que  sería 
sometido  a  la  consideración  de  la  Convención.  Dicho  proyecto 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


131 


fué  aprobado  en  general,  y  se  resolvió  discutirlo  en  particular 
en  la  sesión  siguiente,  como  así  se  hizo. 

Como  ya  los  trabajos  estaban  casi  prontos,  el  Consejo  re- 
solvió convocar  para  el  25  de  agosto  del  año  1912,  la  Conven- 
ción, que  a  su  vez  tuvo  que  preparar,  previa  consulta  con  todos 
los  organismos  cívicos.  No  resolvió  por  sí  la  manera  de  inte- 
grar la  Convención;  consultó  a  todos  los  organismos,  cómo,  a 
su  juicio,  debía  integrarse  la  Convención;  y  oídas  las  opiniones, 
resolvió  citar  los  correspondientes  delegados  e  integrar  la  Con- 
vención que  se  reunió  — la  primera  de  la  Unión  Cívica —  en 
agosto  de  1912. 

Aquí  están  las  actas  de  la  Convención:  concurrencia  nu- 
merosa, delegaciones  completas  de  todas  las  entidades;  se  pro- 
cedió a  constituir  la  Mesa  de  la  Convención,  designándose 
Presidente  al  doctor  Miguel  Perea,  Primer  Vice  al  doctor  Luis 
Pedro  Lenguas,  segundo  Vice  a  Don  Bernardo  Arias  y  Migues, 
venerable  patriarca  de  Migues,  en  representación  de  Canelo- 
nes; tercer  Vice  a  Don  Evaristo  Fernández,  ilustre  correligio- 
nario de  Flores,  en  representación  de  ese  departamento;  Se- 
cretarios, Bachiller  José  Miranda,  Bachiller  Alfredo  Canzani, 
Don  Salvador  Morales  Herrera  y  Don  Arturo  G.  Rafuls.  Y  se 
entró  de  inmediato  a  estudiar  la  Carta  Orgánica  y  el  Programa 
de  Principios. 

En  el  acta  constan  detenidamente  las  minuciosas  discusiones 
que  se  produjeron  sobre  muchas  disposiciones  de  la  Carta 
Orgánica.  Ya,  para  nosotros,  hoy  no  tienen  mayor  trascen- 
dencia, más  que  como  el  recuerdo,  porque  la  Carta  Orgánica, 
a  su  vez,  ha  sido  sucesivamente  modificada  en  varias  oportuni- 
dades, con  motivo  de  las  necesidades  y  el  desarrollo  creciente 
que  nuestros  organismos  políticos  han  adquirido.  Lo  mismo 
ocurrió  con  el  Programa  de  Principios.  Como  simple  antece- 
dente histórico:  aquí  está  el  original,  de  mi  puño  y  letra,  que 
sirvió  para  la  impresión  de  este  folleto  que  también  tengo 
aquí,  editado  inmediatamente  de  reunida  la  Convención,  por 


132 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


el  Consejo  Directivo,  y  que  contiene  la  Carta  Orgánica  y  el 
Manifiesto-Programa  de  la  Unión  Cívica. 

Nuestra  acción  política  no  había  tenido,  hasta  entonces, 
— así,  unificado  y  en  conjunto —  la  declaración  de  sus  postu- 
lados cívicos;  sus  declaraciones  eran  parciales  y  breves,  la 
mayor  parte  de  ellas  ocasionales  y  oportunistas.  Había  insis- 
tido especialmente  en  la  necesidad  de  la  reforma  de  las  leyes 
electorales,  porque  era  la  condición  vital  de  nuestra  acción 
política. 

Ya  hemos  dicho  que  cuando  se  dictó  la  resolución  de  no- 
viembre de  1907,  por  la  Unión  Católica,  resolviendo  organizar 
cívicamente  a  los  católicos,  no  existía  absoluta  posibilidad  legal 
de  obtener  representación,  porque  las  leyes  sólo  admitían  la 
representación  de  la  mayoría  y  de  una  minoría,  y  esos  cargos 
eran  totalmente  absorbidos  por  los  partidos  tradicionales. 
Nuestra  primera  manifestación,  pues,  en  el  sentido  de  aspira- 
ciones políticas,  fué  siempre  la  de  obtener  la  reforma  de  las 
leyes  electorales. 

Creada  la  Unión  Cívica,  pareció,  como  ustedes  han  visto, 
indispensable,  además  de  su  Carta  Orgánica  formal,  obtener 
también  su  declaración  o  Programa  de  Principios,  y  así  se  hizo. 

Desde  entonces  — es  digno  de  anotarse —  fué  el  primer 
grupo  político  del  país  que  tuvo  escrito  y  publicado  su  pro- 
grama total  de  principios.  Esa  gloria  le  corresponde  a  la 
Unión  Cívica  . 

Vamos  a  pasar  ligera  revista  a  nuestro  Programa  de  Prin- 
cipios, tan  antiguo,  más  antiguo  que  el  de  otros  partidos,  que 
no  lo  tuvieron  antes,  y  que  bajo  ciertos  aspectos  es  tan  amplio 
que  todavía  hoy  cubre  casi  todos  los  postulados  actuales  de 
nuestra  causa.  Ya  lo  preveía  el  Manifiesto-Programa,  cuando 
decía:  "No  tiene  el  intento  de  concentrar  en  este  documemo, 
en  forma  inalterable  y  definida,  la  resolución  de  todos  los 
problemas  que  puede  presentar  el  país  en  el  desenvolvimiento 
de  sus  actividades  cívicas,  sociales  y  económicas;  puesto  que 
todos  esos  problemas,  en  la  amplitud  de  sus  detalles  y  proyec- 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


133 


ciones,  tienen  aspectos  de  una  diversidad  constante,  de  tal 
suerte  que  escapan  a  las  previsiones  más  iluminadas.  A  los 
partidos  políticos  sólo  puede  y  debe  exigírseles,  la  definición 
precisa  y  clara  de  sus  conceptos  y  tendencias  fundamentales; 
de  aquellos  principios  que  constituyen  la  razón  de  ser  y  la 
esencia  de  sus  anhelos  y  propósitos,  sirviéndoles  de  rasgos  ca- 
racterísticos y  propios  para  diferenciarlos  de  los  otros  partidos; 
de  aquel  programa,  en  fin,  que  constituye  como  el  patrimonio 
común  e  inalienable  de  todos  sus  afiliados,  respetando  en  cada 
uno  de  ellos  la  libertad  discrecional  de  criterio  en  lo  secun- 
dario, propicia  a  las  investigaciones  personales  que  empujan 
a  las  colectividades  de  conquista  en  conquista  hacia  el  pro- 
greso, sin  mengua  del  ideal  superior  que  las  congrega". 

Y  así  ha  ocurrido  con  la  Unión  Cívica,  siempre  fiel  a  su 
programa,  dando  amplio  margen  al  talento,  a  la  iniciativa  de 
cada  uno  de  sus  componentes  y  afiliados,  en  el  orden  privado 
como  en  el  orden  de  la  propaganda,  o  como  en  el  orden  par- 
lamentario, que  no  choca  ni  destruye  jamás  sus  características 
fundamentales,  pero  que  va  empujando  la  labor  de  la  Unión 
Cívica,  de  progreso  en  progreso,  rodeándola  de  consideración 
y  de  prestigio. 

El  Programa  de  Principios  de  la  Unión  Cívica,  se  divide 
en  varios  aspectos.  Hay,  desde  luego,  tres  declaraciones  fun- 
damentales que  la  Unión  Cívica  tiene  particular  interés  en 
formular.  Dicen  así:  "Su  actividad  responderá  naturalmente  a 
la  defensa  de  los  intereses  católicos  por  los  medios  que  la  pro- 
paganda y  la  acción  pongan  a  su  alcance;  pero  sus  fines  no 
se  concentrarán  solamente  a  ello,  porque  en  el  desarrollo  inte- 
gral de  sus  energías,  tenderá  a  suscitar  todas  las  iniciativas  y 
a  multiplicar  todos  los  mejoramientos  que  procuren  el  bien- 
estar general  de  los  habitantes  de  la  República".  En  estos 
breves  conceptos,  la  Unión  Cívica  define  una  de  sus  caracte- 
rísticas. Su  razón  de  ser,  desde  que  se  fundó,  fué  la  defensa 
ciudadana  de  los  intereses  católicos  en  el  país.  Ello  es,  todavía, 
lo  que  dará  nervio,  razón  de  ser  diferencial  y  propia,  y  vigor 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


para  todas  sus  actividades;  pero  sería  un  error  creer  que  la 
Unión  Cívica  es  un  partido  católico.  Primero,  porque  este  con- 
cepto no  es  exacto.  El  catolicismo  está  representado  en  el 
mundo,  por  la  Iglesia,  y  la  Iglesia  no  está  afiliada,  definida  y 
exclusivamente,  a  ningún  partido  político.  Nosotros  defendemos 
esos  intereses  sin  pretender  absorber  su  representación  exclu- 
siva ni  pretender,  por  ese  motivo,  rechazar  a  los  que  desde 
otras  tiendas  luchen  por  los  mismos  ideales.  Pero,  de  cualquier 
modo,  la  Unión  Cívica,  ante  todo  y  sobre  todo,  tiene  una  misión 
social,  y  en  el  orden  político  también,  que  será  la  de  defender 
la  influencia  católica  en  el  país.  Y  por  ella  pospone  otros  inte- 
reses, y  por  ella  lucha  en  primer  término,  y  por  ella  se  juega 
por  entero. 

— Si  en  algún  caso  en  que  estuviera  comprometido  uno 
de  esos  problemas,  la  Unión  Cívica  silenciara  su  actitud  ante 
la  opinión  pública,  ante  la  responsabilidad  histórica,  y,  más 
que  nada,  ante  la  propia  conciencia,  la  Unión  Cívica  cometería 

una  traición. 

El  segundo  concepto  fundamental  es  el  concepto  de  Patria. 
"La  Unión  Cívica  velará  por  la  integridad  del  concepto  de 
Patria  y  rechazará  toda  solicitación  contra  el  sentimiento  de 
la  nacionalidad,  ateniéndose  en  ambas  cuestiones,  al  voto  cons- 
tante del  pueblo  oriental,  manifestado  reiteradamente  desde 
los  primeros  días  de  la  emancipación".  Parece  un  poco  su- 
perflua  esta  declaración  que,  desde  luego,  hay  que  encararla 
en  la  época  en  que  fué  dictada,  cuando  los  comienzos  de  la 
idea  socialista,  de  la  socialización  de  los  conceptos  de  la  nación, 
tendían  a  destruir  un  poco  el  sentimiento  vivo  de  Patria;  pero 
se  mantiene  en  todas  las  épocas,  como  contestación  a  lo  que 
es  desgraciadamente  un  mal,  una  gangrena  en  nuestro  país, 
que  es  el  sentimiento  partidista.  Al  sentimiento  partidista 
crudo,  exagerado,  predominante,  inconsciente,  la  Unión  Cívica 
opone  categóricamente,  el  concepto  integral  de  Patria,  recha- 
zando siempre  esas  solicitaciones  que  hacen  que  en  la  realidad 
de  las  cosas  aparezcan  nuestros  propios  compatriotas  guiados 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CIVICA 


135 


más  por  un  interés  partidista  que  por  un  verdadero  interés 
nacional.  El  concepto  de  religión,  el  concepto  de  Patria,  el 
cívico  debe  tenerlos  profundamente  implantados  en  lo  más 
íntimo  de  su  corazón. 

La  tercera  declaración  fundamental,  es  el  concepto  de 
orden,  de  democracia.  Ya  hoy  no  parece  tan  necesario  hablar 
de  esto.  Cuando  la  Unión  Cívica  se  creó,  en  esa  época,  todavía 
mucha  gente  se  acordaba  de  las  revoluciones,  como  medio  de 
perfeccionar  el  orden  civil  o  legal.  La  Unión  Cívica  siempre 
fué  anti-revolucionaria;  no  sólo  lo  probó  con  sus  declaraciones, 
sino  que  lo  comprobó  con  sus  hechos.  Al  concurrir,  en  1910,  a 
las  elecciones  de  ese  año,  a  pesar  de  todas  las  circunstancias 
desfavorables  que  la  rodeaban,  la  Unión  Cívica  no  hacía  otra 
cosa  que  demostrar  con  actos,  lo  que  había  proclamado  con 
palabras:  su  fe  en  el  orden  democrático,  su  fe  en  el  valor  de 
los  derechos  ciudadanos,  fe  en  la  educación  cívica,  regida  por 
principios  y  no  por  odios.  Y  desde  entonces,  siempre  lo  ha 
tenido  en  cuenta  y  siempre  lo  ha  cumplido. 

Recuerdo,  por  ejemplo,  que  cuando  se  produjo  el  golpe 
de  Estado,  el  país  fué  convocado  a  dos  cosas:  a  actuar,  con 
apariencia  legislativa,  desde  la  Asamblea  Deliberante  y  a 
actuar  con  realidad-  electoral  desde  la  Convención  Constitu- 
yente. Como  la  Asamblea  Deliberante  era  un  simulacro  de 
Democracia,  la  Unión  Cívica  no  la  aceptó;  como  la  Asamblea 
Constituyente  era  el  ejercicio,  con  mayores  o  menores  garan- 
tías — que  esas  no  son  condiciones  del  derecho  electoral  de  los 
ciudadanos—  la  Unión  Cívica,  contra  la  opinión  de  todos  los 
anti-marzistas  de  la  época,  concurrió  a  las  urnas.  En  uso  de 
su  derecho,  irrenunciable  derecho  para  el  ciudadano,  llevó  si; 
representación  y  actuó  en  la  forma  en  que  podía  hacerlo,  hasta 
donde  llegaba  la  eficiencia  de  su  acción  y  su  derecho,  pero 
actuó  con  entera  dignidad. 

El  concepto,  pues,  de  orden  democrático,  está  impreso  en 
todas  las  líneas  de  la  Unión  Cívica.  Cuando  digan  a  algún 
cívico  que  no  es  demócrata,  podrá  contestar  en  dos  palabras: 


136 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


"¿Quién  más  demócrata  que  el  cívico?"  "¿El  miembro  de  los 
partidos  tradicionales?".  "¿El  miembro  de  los  partidos  tradi- 
cionales, que  recoge  una  larga  historia  compuesta  de  sangre, 
de  revoluciones,  de  trampas  electorales,  de  leyes  inicuas,  de 
limitaciones?".  "¿Por  ejemplo,  hoy  en  día,  los  sectores  que  se 
oponen  a  la  reforma  de  la  ley  de  lemas,  cuando  la  ley  de  lemas 
es  la  negación  de  la  democracia,  porque  obliga  a  todos  los 
electores  del  país  a  votar  una  lista  completa,  para  cargos  de 
naturaleza  distinta,  nacionales  y  municipales,  ejecutivos  y  le- 
gislativos, y  suma  a  una  lista,  a  la  mayoría,  los  votos  de  todos 
los  demás  ciudadanos?".   "¿Eso  es  democracia?" 

Cuando  la  Unión  Cívica  hace  una  afirmación,  sea  de  orden 
político,  sea  de  cualquier  naturaleza,  está  estrictamente  en  el 
orden  democrático,  y  lo  que  proclama  lo  cumple.  No  va  a  una 
Asamblea  Deliberante;  va,  cualesquiera  sean  las  circunstancias, 
a  una  Asamblea  Nacional  Constituyente.  Nuestros  mayores  vo- 
taban a  veces  con  peligro  de  sus  vidas;  nosotros  no  podemos 
admitir  que  sólo  haya  derecho  a  votar  cuando  la  seguridad 
nos  la  den  en  un  plato,  porque  si  es  necesario  la  conquista- 
remos aún  a  expensas  de  nuestra  sangre.  Las  elecciones  de 
enero  del  75,  en  que  la  ciudadanía  selecta  votó  contra  los  aten- 
tados y  las  amenazas  de  la  fuerza,  rindiendo  preciosas  vidas 
en  homenaje  a  su  dignidad,  pueden  ser  ejemplo. 

Sobre  la  base  de  estos  tres  postulados  fundamentales  — la 
Religión,  la  Pttria,  el  orden  democrático —  la  Unión  Cívica  ha 
constituido  el  trípode  con  que  sostiene,  y  espero  sostendrá  siem- 
pre, su  vida  política. 

El  programa  de  1912,  este  programa  de  que  estamos  con- 
versando, fué  hecho  antes  de  la  reforma  constitucional.  Por 
eso,  en  el  capítulo  de  la  estructura  gubernativa,  ha  sido  total- 
mente modificado.  Con  arreglo  a  la  vieja  Constitución  de  1830, 
existía  el  Presidente,  existían  las  dos  Cámaras,  existían  las 
Juntas  Económico-Administrativas,  — Gobierno  ejecutivo,  legis- 
lativo y  municipal — .  Todo  eso  hjt  sido  cambiado,  no  porque  haya 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


137 


cambiado  nuestro  juicio  con  respecto  a  la  situación  que  con- 
templó, sino  porque  han  cambiado  las  situaciones. 

Cuando  se  reformaron  esas  entidades,  suprimiendo  la  Pre- 
sidencia de  la  República,  dividiéndola  en  un  Ejecutivo  bicéfalo 
— Presidencia  y  Consejo  Nacional  de  Administración — ;  cuando 
se  cambiaron  las  organizaciones  municipales,  creando  los  Con- 
sejos Departamentales  y  las  Asambleas  Representativas,  lo 
único  que  pudo  hacer  la  Unión  Cívica  fué  rechazar  las  modi- 
ficaciones que  no  se  ajustaban  a  su  programa,  como  así  lo  hizo 
en  la  Constituyente  de  1916.  Pero  esas  cosas  mutables,  cam- 
biantes, son  por  su  naturaleza  inestables  y,  por  consiguente, 
esas  partes  del  programa  incorporadas  a  un  organismo  polí- 
tico, nunca  podrán  ser  inmutables,  inmodificables,  porque 
tendrán  que  ajustarse  siempre  a  las  respectivas  organizaciones 
constitucionales.  Si  hoy,  por  ejemplo,  con  arreglo  a  la  última 
reforma  del  año  1934,  hubiera  que  declarar  de  nuevo  los  prin- 
cipios de  la  Unión  Cívica,  tendría  que  volver,  no  a  la  orga- 
nización bicéfala  del  Ejecutivo,  sino  a  la  organización  uniper- 
sonal, y  a  la  organización  sui  géneris,  que  tampoco  es  la  de 
1830,  que  era  puramente  presidencialista,  sino  a  una  organi- 
zación mixta,  de  presidencialismo  y  parlamentarismo  con  ten- 
dencias en  los  hechos,  más  pronunciadas  hacia  el  parlamenta- 
rismo que  al  presidencialismo,  dado  que,  en  los  hechos,  como 
digo,  actúa  en  muchas  cosas  el  Consejo  de  Ministros  más  que 
«1  propio  Presidente  personalmente. 

Pero  prescindiendo  de  ese  capítulo  de  la  estructura  gu- 
bernativa, el  programa  de  la  Unión  Cívica  encaraba  la  solu- 
ción de  casi  todos  los  problemas  que  se  plantearon  después, 
que  se  plantean  hoy  en  día  y  los  que  tal  vez  puedan  plan- 
tearse, por  lo  menos  en  su  esencia,  en  el  futuro. 

Yo  no  voy  a  ser  detallista  en  esta  materia,  porque  deseo 
concluir  hoy  con  el  examen  del  programa,  limitándome,  natu- 
ralmente, en  esta  materia,  a  pedirles  que  vean  si  pueden  ob- 
tener — si  les  interesa —  este  folleto  pequeño  donde  está  el 
Manifiesto  -  Programa  a  que  me  refiero,  creo  que  está  ago- 


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JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


tado,  pero  sería  interesante  leerlo,  para  ver  la  consecuencia, 
siempre,  permanente,  constante,  con  que  la  Unión  Cívica  ha 
sido  fiel  a  las  declaraciones  contenidas  en  este  manifiesto. 

En  un  capítulo  especial,  por  ejemplo,  que  voy  a  leer,  hay 
este  resumen,  que  hice  yo  para  una  serie  de  conferencias  que 
di  hace  muchos  años,  sobre  el  programa  de  la  Unión  Cívica. 
Dice  así:  "Concepto  de  la  acción  del  gobierno;  fórmula  de  la 
verdadera  democracia;  la  sociedad  y  el  Estado;  el  individua- 
lismo, el  socialismo,  verdadera  misión  del  poder;  límites  de  la 
acción  gubernativa,  los  derechos  del  individuo,  los  derechos 
domésticos,  los  derechos  de  la  Iglesia;  el  Estado  y  la  enseñanza, 
libertad  de  enseñanza,  la  enseñanza  religosa,  la  enseñanza  pro- 
fesional; el  Estado  y  la  beneficencia,  la  acción  privada,  la 
acción  municipal,  concepto  de  la  misión  del  Estado;  el  Estado  - 
y  la  legislación,  el  derecho  y  la  moral,  elevada  misión  de  la 
ley,  los  códigos;  la  familia,  carácter  del  matrimonio,  uno  e  in- 
disoluble, los  efectos  civiles,  los  derechos  y  deberes  que  en- 
gendra entre  los  esposos,  entre  padres  e  hijos". 

Todos  estos  problemas  están  detallados  en  el  curso  del 
manifiesto. 

En  el  otro  aspecto,  en  el  orden  económico:  "Su  importancia 
para  el  bien  común,  el  Estado  y  el  bienestar  general ;  libertad 
de  comercio  e  industria,  el  derecho  de  propiedad,  el  dominio 
industrial  del  Estado,  los  monopolios;  el  capital  y  el  trabajo, 
la  sociología  católica,  el  contrato  de  trabajo  y  la  legislación 
protectora  de  los  obreros,  soluciones;  reforma  del  régimen  tri- 
butario, el  impuesto  a  la  renta,  los  actuales  impuestos  públi- 
cos, aplicación  del  sistema  "degresivo"  para  favorecer  a  las 
clases  menos  pudientes,  supresión  de  los  impuestos  de  consamo 
a  los  artículos  de  primera  necesidad;  los  arbitrios  municiuales, 
reducción  del  costo  de  los  servicios  de  luz,  agua  e  higiene, 
mejoramiento  de  las  ciudades;  la  campaña;  caminos,  puentes, 
puertos,  empresas  de  navegación  y  transporte,  seguridad  de 
las  personas  y  bienes,  fomento  ganadero  y  agrícola". 


HISTORIA  DE  LA  UNION  CIVICA 


139 


Y,  por  fin,  en  el  orden  financiero:  "Seria  revisión  del  Pre- 
supuesto, aplicación  racional  y  útil  de  los  recursos,  organiza- 
ción del  crédito  público;  reducción  del  funcionarismo,  ley  ge- 
neral de  sueldos,  retiro  por  enfermedad  o  vejez,  inamovilidad 
de  los  empleados,  organización  del  ejército  y  la  armada,  la 
guardia  nacional,  instrucción  obligatoria,  servicio  volunímio, 
escalafón  y  retiro,  reducción  del  presupuesto  militar". 

En  el  orden  internacional:  "Reglamentación  de  la  carrera 
diplomática,  tratados  de  arbitraje  amplio  y  de  amistad,  de  de- 
recho internacional  privado,  de  navegación  y  comercio". 

Constantemente  aparecen  aspectos  contenidos  en  este  pro- 
grama. El  servicio  militar,  por  ejemplo,  de  que  tanto  se  ha 
hablado,  y  en  el  que  no  se  pueden  unificar  opiniones  actual- 
mente en  el  seno  de  la  Convención  cívica.  Dice  nuestro  pro- 
grama: "En  lo  que  se  refiere  al  ejército  y  la  armada,  la  Unión 
Cívica  considera  necesario  su  mantenimiento,  sin  perjuicio  de 
la  obligación  de  todo  ciudadano  de  constituir  la  guardia  na- 
cional cuando  lo  requieran  las  circunstancias.  No  cree  llegado 
el  momento  de  establecer  el  servicio  militar  obligatorio,  pues 
no  lo  imponen  aún  las  exigencias  de  la  defensa  nacional,  que 
pesan  sobre  otros  Estados  en  condiciones  tan  onerosas  coto 
poco  envidiables.  El  servicio  militar  obligatorio,  por  otra  parte, 
si  ha  de  ser  proficuo,  impone  la  necesidad  de  sustraer  al  tra- 
bajo urbano  y  rural,  un  gran  número  de  brazos,  por  tiempo 
determinado,  en  la  edad  en  que  es  más  conveniente  la  labor 
tranquila  y  continuada.  Pero  el  ejército  y  la  armada  deben 
ser  seriamente  reorganizados,  desde  luego,  reduciendo  aquel 
a  las  justas  necesidades  públicas  y  haciendo  de  él  la  fuerza 
armada  del  país  y  no  de  un  partido  político.  Su  composición 
debe  hacerse  extrictamente  con  hombres  voluntarios  o  con- 
tratados, para  lo  cual  será  indispensable  la  mayoría  de  edai, 
no  permitiéndose  el  ingreso  en  el  ejército  y  la  armada  sino 
por  simple  soldado  o  alumno  de  la  respectiva  escuela  militar 
o  naval,  y  manteniéndose  siempre,  en  todo  su  rigor,  la  jerar- 
quía militar,  particularmente  con  relación  al  ascenso.  El  otor- 


140 


JOAQUÍN  SECCO  ILLA 


gamiento  de  grados  y  de  empleos  debe  sujetarse  estrictamente 
a  las  leyes  y  no  debe  convertirse  jamás  en  un  medio  de  re- 
partir prebendas  y  recompensar  favores,  sino  en  un  justo  estí- 
mulo al  mérito,  al  valor  y  a  la  ciencia.  Es  un  deber  de  pa- 
triotismo propender  a  la  elevación  moral  e  intelectual  de  la 
clase  militar,  porque  si  la  sociedad  confiere  privilegios  e  in- 
signias de  mando,  a  pesar  de  su  organización  democrática,  es 
al  sólo  título  de  poder  exigirle,  en  una  forma  más  imperativa, 
el  respeto  a  la  Constitución  y  a  las  leyes,  la  defensa  de  la 
integridad  e  independencia  de  la  nación,  la  tutela  del  honor, 
del  orden  y  de  la  soberanía  de  la  República". 

Ya  en  1912,  en  el  programa  de  la  Unión  Cívica,  pues,  se 
preveía  ese  problema  que  ha  sido  candente,  y  todavía  lo  es, 
en  nuestro  país,  dándole  la  respectiva  resolución. 

En  lo  que  se  refiere  a  los  problemas  sociales,  también 
el  programa  de  la  Unión  Cívica  estudia  las  causas  y  las  solu- 
ciones correspondientes: 

"Entre  los  grandes  problemas  que  las  modalidades  de  la 
¿poca  contemporánea  han  hecho  surgir,  se  encuentra,  sin  duda, 
el  de  las  relaciones  y  antítesis  creadas  entre  los  dos  factores 
más  importantes  de  la  producción:  el  capital  y  el  trabajo.  Este 
problema  por  excelencia,  llamado  hoy  en  día  cuestión  social, 
es  el  fruto  de  una  escuela  que,  al  echar  por  tierra  todo  el  an- 
tiguo orden  de  cosas,  ha  puesto  frente  a  frente  el  egoísmo,  la 
ambición,  el  culto  del  dios  éxito,  por  una  parte,  y  por  la  otra, 
la  cruel  necesidad  desamparada  de  satisfacer  las  exigencias  de 
la  vida.  Es  el  desequilibrio  en  la  posesión  de  la  riqueza  sur- 
gido de  la  libertad  ilimitada  y  de  la  pasividad  del  Estado. 
Urge  ponerle  remedio,  aun  cuando  en  nuestro  país  no  se  hayan 
pronunciado  todavía  todas  las  consecuencias  del  conflicto.  Si 
existe  alguna  materia  en  que  la  acción  de  los  gobiernos  no 
debe  ser  represiva,  sino  preventiva,  ésta  es  la  primera  de  todas 
ellas.  Pero  para  prevenir  y  resolver  ese  problema  es  necesario 
abordar  su  solución  en  su  conjunto  y  no  en  uno  de  sus  aspectos 
por  separado.  No  todos  los  que  ejercitan  su  trabajo,  como  factor 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CIVICA 


141 


económico,  trabajan  por  su  cuenta,  con  i  nstrumentos  de  su 
propiedad  y  elaborando  productos  que  a  él  sólo  pertenecen. 
Al  contrario,  la  mayor  parte  se  encuentra  en  situación  dis- 
tinta: ofrecen  su  trabajo  a  otra  persona,  para  la  consecución 
de  los  productos  que  ésta  adquiere,  en  cambio  de  una  remu- 
neración determinada.  Eso,  que  se  llama  contrato  de  trabajo, 
constituye  el  aspecto  más  importante  de  la  cuestión  social,  pero 
no  el  único.  Este  contrato  reclama  una  legislación  justiciera, 
por  la  que  pugnará  vivamente  la  Unión  Cívica,  para  mejorar 
la  situación  de  los  trabajadores.  La  ley  debe  asegurarles  el 
descanso  dominical"  (todo  esto  no  existía  entonces);  "la  limi- 
tación de  la  jornada  de  trabajo;  la  rigurosa  prohibición  del 
trabajo  en  los  mismos  a  los  menores  y  a  las  mujeres  próximas 
al  parto  o  con  hijos  menores;  la  responsabilidad  de  la  empresa 
o  patrón  en  los  casos  de  accidente  en  el  trabajo;  la  reglamen- 
tación del  trabajo  a  domicilio;  la  inembargabilidad  de  los 
sueldos,  instrumentos  de  trabajo  y  también  de  la  casa  del  tra- 
bajador; el  reconocimiento  del  derecho  de  huelga;  la  persona- 
lidad civil  para  los  sindicatos  profesionales  y  agrícolas;  la  for- 
mación de  barrios  económicos  para  obreros;  la  exoneración  y 
alivio  de  ciertas  cargas  fiscales  y  municipales;  la  constitución 
de  comités  de  conciliación  y  arbitraje  para  dirimir  las  dife- 
rencias recíprocas  y  fijar  sus  derechos;  y  sobre  todo,  la  difu- 
sión y  desarrollo  de  la  asociación  privada,  cooperativas  de  pro- 
ducción, crédito  y  consumo;  mutualidades  contra  la  enferme- 
dad, accidentes,  vejez,  falta  de  trabajo;  seguros  de  vida,  de 
propiedades,  de  cosechas,  de  productos  en  general;  cajas  desti- 
nadas a  fomentar  el  ahorro,  y  otros  organismos  análogos,  a 
todos  los  cuales  debe  estimular  y  favorecer  la  ley  con  exen- 
ciones y  privilegios.  Pero  todo  esto,  no  resolverá,  por  sí  sólo, 
la  cuestión  social,  porque  ésta,  obsérvese  bien,  radica  princi- 
palmente en  la  viciosa  distribución  y  circulación  actual  de  las 
riquezas,  y  afecta,  por  tanto,  no  sólo  a  los  que  arriendan  sus 
servicios  penosos  en  beneficio  de  otro,  sino  también  a  muchos 
de  los  que  trabajan  por  cuenta  propia,  en  el  mundo  de  las 


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pequeñas  actividades  productoras.  Mientras  el  conjunto  de  los 
factores  de  orden  moral,  político  y  económico  que  han  pro- 
ducido y  mantienen  la  cuestión  social,  no  se  modifiquen,  ésta 
no  desaparecerá  por  completo.  Entre  tanto,  debe  precipitarse 
su  resolución  por  medio  de  una  reforma  general  del  régimen 
tributario,  inspirada  en  el  propósito  capital  de  mejorar  las 
condiciones  de  vida  de  las  clases  sociales  menos  acomodadas. 
He  ahí  un  capítulo  fundamental  en  la  acción  de  la  Unión  Cí- 
vica: la  periódica  revisión  de  todas  las  leyes  de  impuestos  para 
que  se  cumplan  constantemente  en  ellas  los  principios  racio- 
nales de  la  justicia  distributiva;  pues  siendo  los  impuestos  el 
tributo  con  que  los  particulares  concurren  a  los  fines  comunes 
que  debe  realizar  el  Estado,  es  de  justicia  que  la  contribución 
se  reparta  en  proporción  al  haber  de  cada  uno.  La  base  ideal 
del  impuesto  sería  el  haber  líquido  del  particular,  tal  como 
se  realizaba  en  los  antiguos  diezmos,  que  los  estímulos  de  la 
conciencia  obligaban  a  cumplir  con  fidelidad.  La  fijación  ac- 
tual de  un  tributo  calcado  en  esa  base,  sería  hoy  de  difícil  eje- 
cución. El  actual  impuesto  de  contribución  inmobiliaria,  no 
debe  convertirse  en  un  motivo  de  exacción  y  violencia  para 
los  propietarios  y  debe  aplicarse,  según  el  sistema  «degresivo», 
es  decir,  concediendo  una  desgravación  parcial,  y  aun  total, 
cuando  el  haber  no  alcance  a  una  cifra  determinada  de  riqueza, 
que  es  el  medio  de  no  destruir  el  relativo  bienestar  de  las 
clases  inferiores.  Por  la  misma  razón  deben  modificarse  los 
impuestos  que  tienen  por  base  los  gastos,  gravando  los  de  su- 
perfluidad y  de  lujo,  pero  reduciéndolos  totalmente,  en  los 
consumos  de  primera  necesidad.  La  reforma  en  ese  sentido, 
de  las  contribuciones  aduaneras  e  impuestos  internos,  es  una 
necesidad  impostergable,  como  el  medio  más  eficiente  de  aba- 
ratar el  costo  de  la  vida  y  subsistencia  para  el  pueblo". 

He  querido  leerles  esto,  porque  quien  pasa  su  vista  sobre  loa 
años  transcurridos  en  la  acción  de  la  Unión  Cívica,  a  veces 
comete  con  ella  una  injusticia.   Sin  duda,  en  todos  los  pro- 


HISTORIA  DE  LA  UNIÓN  CÍVICA 


143 


blemas  en  que  la  Unión  Cívica  pueda  haber  sido  llamada  a 
resolver  y  a  actuar,  hay  un  orden  inevitablemente  jerárquico. 

Hoy  vivimos,  ya,  gracias  a  Dios,  en  un  período  en  que  el 
problema  legislativo,  desde  el  punto  de  vista  religioso,  ofrece 
una  agradable  calma,  bajo  el  imperio  de  una  feliz  libertad. 
Lógico  es,  pues,  que  el  motivo  fundamental,  originario  de  nues- 
tra acción  política,  no  insista  siempre  sobre  ese  tema,  y  que 
tengamos  desahogo  suficiente  como  para  abordar  otros  proble- 
mas, igualmente  fundamentales  para  la  sociedad,  como  son  los 
que  se  refieren  al  orden  social.  Pero  en  aquel  momento,  era 
nuestra  razón  de  ser  fundamental  y  era  nuestra  necesidad 
apremiante.  La  Unión  Cívica  no  hubiera  existido,  no  hubiera 
nacido  siquiera,  y,  desde  luego,  no  hubiera  perdurado,  si  hu- 
biese abandonado  aquella  preocupación  fundamental  impuesta 
imperiosamente  por  las  circunstancias. 

Cuando  vemos  ponderar,  por  muchos  espíritus,  el  ambiente 
de  paz  y  de  libertad  religiosa  en  que*  vivimos,  podríamos  re- 
petir, aunque  en  este  caso  con  las  manos  limpias:  "Todos,  en 
esa  paz  y  en  esa  libertad,  hemos  puesto  nuestras  manos".  Eran 
épocas  oscuras,  épocas  dolorosas,  inciertas,  en  donde  uno  lo 
único  que  sabía  que  podía  entregar  en  obsequio  a  su  conciencia 
era  la  lucha.  Felizmente,  ha  pasado  la  noche,  ha  brillado  la 
aurora;  la  lucha  ha  cesado.  Sepamos  gozar  ahora  las  libertades 
conquistadas  para  obtener  en  beneficio  de  nuestra  Patria,  todos 
los  demás  beneficios  que  en  el  programa  de  la  Unión  Cívica 
están,  contenidos. 

He  terminado. 

(Prolongados  aplausos). 

Versión  taquigráfica  de  Daniel  Beibeder 


INDICE 

Pág. 


Sumario    7 

Palabras  pronunciadas  por  el  Dr.  Alfredo  Canzani  .  13 

Prólogo    17 

Primera  Clase    25 

Segunda  Clase    47 

Tercera  Clase    65 

Cuarta  Clase    91 

Quinta  Clase    107 

Sexta  Clase    125 


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